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[Once meses sin aportar nada es demasiada vaguería. Quizá lo dejé porque lo que leo no suele estar en las mesas de novedades. ¿Qué importa?, me he dicho esta mañana. Esto es algo íntimo. Todo lo más, para curiosos].

lunes, 31 de enero de 2011

día 1995. Doctorow. El primer Gran Objeto de las Colecciones Langley


Después de lo que conté ayer, hubo una redada violenta de la Policía. Estos dos extractos, separados por un párrafo que no transcribo, de las páginas 78 y 79, dan una buena idea de los personajes.

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En los días posteriores a la redada policial, la casa se nos antojaba un espacio inmenso y reverberante. Después de haber vaciado los salones para el último baile, no habíamos encontrado aún el momento de desenrollar las alfombras, subir los muebles y ponerlo todo en su sitio. Se oía el eco de nuestros pasos, como si estuviéramos en una caverna o una cripta. [...]

Aunque por supuesto en su momento no fui consciente de ello, esa época marcó el inicio de nuestro abandono del mundo exterior. No fue solo la redada y la mala opinión de nuestros vecinos ante nuestros bailes, claro que no. Los dos habíamos fracasado en nuestras relaciones con las mujeres, una especie que ahora en mi cabeza pertenecía bien al cielo, como mi querida e inalcanzable alumna de piano Mary Elizabeth Riordan, o bien al infierno, como sin duda era el caso de Julia, esa ladrona embaucadora. Aún albergaba la esperanza de encontrar alguien a quien amar, pero sentía, como nunca antes, que mi invidencia era una deformidad física capaz de ahuyentar a una mujer agraciada igual que una joroba en la espalda o una pierna lisiada. Mi imagen de mí mismo como ser defectuoso me inducía a pensar que el aislamiento era el camino más sensato para eludir el dolor, la pesadumbre y la humillación. No es que éste fuera mi estado de ánimo permanente; con el tiempo saldría del desaliento para descubrir a mi verdadero amor –como tú bien debes saber, mi querida Jacqueline–, pero lo que yo había perdido entonces era el vigor mental que proviene de la felicidad natural de saberse vivo.
Langley había reconvertido su amargura de posguerra en una vida del espíritu iconoclasta desde hacía tiempo. Al igual que con la brillante idea de los bailes, en adelante procedería a la ejecución plena y desinhibida de cualquier plan o fantasía que se le ocurriese.
¿He mencionado lo grande que era ahora el comedor? Un voluminoso rectángulo de techo alto que siempre había dado una sensación de oquedad, incluso en los tiempos anteriores a los bailes, con su alfombre persa, sus tapices y aparadores y apliques en forma de antorcha, sus lámparas de pie y su mesa de estilo imperio con dieciocho sillas. La verdad es que nunca me gustó el comedor, quizá porque no tenía ventanas y estaba situado en el lado norte de la casa, el más frío. Al parecer, Langley tenía esa misma sensación, porque fue allí en el comedor donde decidió instalar el automóvil Ford Modelo T.

E.L. Doctorow, Homer y Langley; traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla; ediciones Miscelánea; primera edición de abril de 2010.

domingo, 30 de enero de 2011

día 1996. Doctorow. El carácter de Langley y su opinión de la policía

Langley lleva las finanzas de los dos hermanos. Por una parte, gasta en su coleccionismo; por otra trata de buscar entradas de dinero. Ha organizado un baile para un día a la semana en el salón grande, con té y galletas y copita de jerez a 25 centavos. La cosa funciona, hasta que se presenta un policía diciendo que es ilegal, pero que como son gente respetable podría hacer la vista gorda si hicieran una contribución semanal de 15%, no menos de 10 dólares, a su Liga de Beneficiarios de la Policía. Langley parece aceptar, pero habla de los gastos generales y le dice que no podrían ser más de 5 dólares. A partir de aquí copio (de las páginas 72 y 73).

*****

Oiga, señor Coller, si por mí fuera, le diría “trato hecho”. Pero yo también tengo mis gastos generales.
¿Que son...?
Mi sargento en la comisaría.
Ah, ya, me dijo Langley, ahí quería yo llegar.
Me hermano hablaba ahora con voz más áspera. Yo sabía que estaba jugando con aquel individuo. Pensé que me habría gustado llevarlo aparte y analizar la cuestión, pero él había puesto la directa. ¿De verdad pensaba, preguntó al agente, de verdad pensaba que los Collyer cederían a un sablazo del departamento de policía? Eso en mi idioma se llama extorsión. Así que si aquí hay alguien que está violando la ley, es usted.
El policía trató de interrumpirlo.
Se ha equivocado de puerta, agente, dijo Langley. Es usted un ladrón, ni más ni menos, usted y su sargento. Puedo respetar la delincuencia verdadera y audaz, pero no la corrupción taimada y lloriqueante de la gente de su calaña. Lo denunciaría a sus superiores si ellos no fueran de esa misma casta de pedigüeños miserables. Y ahora salga de nuestra propiedad, caballero. ¡Largo, largo de aquí!
El policía dijo: Tiene usted la lengua afilada, señor Coller. Pero si eso es lo que quiere, ya nos veremos.
Cuando el policía se dio media vuelta y bajó por la escalinata, Langley profirió a voz en cuello algo que no repetiré aquí y cerró de un portazo.
A causa del esfuerzo, Langley tuvo uno de sus ataques de tos. Resultaba angustioso oír esa tos estertórea, bronca, salida de los mismísimos pulmones. Fui a buscarle un vaso de agua a la cocina.
Cuando se calmó, le dije: Esa perorata no ha estado nada mal, Langley. Tenía cierta musicalidad,
He afirmado que ese hombre era una deshonra para el uniforme. Ahí me he equivocado. El uniforme es una deshonra.
El policía ha dicho que ya nos veríamos. ¿A qué se habrá referido?
¿Qué más da? Los policías son maleantes con placa. Cuando no están embolsándose un soborno, se dedican a moler a palos a la gente. Cuando se aburren, le pegan un tiro a alguien. Este es su país, Homer. Y para su mayor gloria, yo me he abrasado los pulmones.

E.L. Doctorow, Homer y Langley; traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla; ediciones Miscelánea; primera edición de abril de 2010.

sábado, 29 de enero de 2011

día 1997. Homer y Langley, las dos primeras páginas y la ceguera del primero

Desde que leí las dos primeras páginas, supe que este libro me iba a meter muy dentro de la historia, o la historia muy dentro de mí, buscando conexiones por improbable que pudiera parecer que existieran.

Soy Homer, el hermano ciego. No perdí la vista de golpe, fue como en el cine: un fundido lento. Cuando me dijeron lo que ocurría, me interesó medirlo; entonces tenía menos de veinte años y todo me despertaba curiosidad. Lo que hice ese invierno en particular fue situarme a cierta distancia del lago de Central Park, y ver qué veía y qué no veía conforme los días iban pasando. Las casas de Central Park West fueron lo primero en desaparecer: se oscurecieron como si disolvieran en el cielo oscuro hasta que dejé de distinguirlas;; luego empezaron a perder su forma los árboles y al final, esto ya en las postrimerías de la estación, quizás a últimos de febrero de este invierno tan frío, ya solo veía las siluetas espectrales de los patinadores flotar ante mí sobre un campo de hielo, y el hielo blanco, esa última luz, pasó a ser primero gris y después totalmente negro, y perdí la vista por completo, aunque sí oía con toda claridad el chis chas de las cuchillas sobre el hielo, un sonido muy gratificante, un sonido suave aunque plenamente intencionado, de un tono más grave del que cabría esperar en las cuchillas de los patines, quizás porque tañían  el contrabajo resonante del agua bajo el hielo, chis chas, chis chas. Oía a alguien deslizarse rápidamente en una dirección, y de pronto el viraje rematado con un largo chaaasc en el momento de detenerse el patinador, y de pronto me echaba a reír por el regocijo que me producía esa habilidad del patinador para detenerse en seco, para deslizarse con sus chis chas y parar de pronto con su chaaasc.
Naturalmente aquello también me entristeció, pero fue una suerte que me ocurriese entonces, en plena juventud, cuando, sin noción de estar convirtiéndome en un inválido, pasé a aprovechar en mi mente otras aptitudes, como un oído extraordinario, que desarrollé hasta niveles de alerta casi visuales. Langley me decía que tenía el oído de un murciélago, e intentó demostrar la proposición, ya que le gustaba someterlo todo a examen. Yo conocía bien nuestra casa, por supuesto, la conocía de arriba abajo, sus cuatro plantas, y podía desplazarme por todas las habitaciones y subir y bajar por la escalera sin la menor vacilación, sabiendo de memoria dónde estaba todo. Me conocía la sala de diario, el gabinete de nuestro padre, la sala de estar de nuestra madre, el comedor con sus dieciocho sillas y la larga mesa de nogal, la despensa y la cocina, el gran salón, los dormitorios; recordaba el número de peldaños alfombrados entre las plantas, ni siquiera tenía que sujetarme a la barandilla; cualquiera que no me conocieses no se habría dado cuenta al verme de que se me había apagado la vista. Pero Langley sostenía que sólo si no intervenía la memoria tendríamos la verdadera demostración de mi capacidad auditiva, así que cambió las cosas un poco de sitio, me llevó a la sala de música, donde previamente había arrastrado el piano de cola a un rincón distinto y había puesto en medio de la sala el biombo japonés, con su dibujo de unas garzas en el agua, y para no quedarse corto me dio varias vueltas en el umbral de la puerta hasta anular por entero mi sentido de la orientación, y no pude menos que reírme porque, mira por dónde, rodeé el biombo y me senté ante el piano tal como si supiera dónde lo había puesto Langley, como así era: yo oía las superficies, y le dije a Langley: Un murciélago silba, eso hace, pero yo ni he tenido que silbar, ¿a que no? Langley no salía de su asombro;  Langley es el mayor, me lleva dos años, y siempre he procurado impresionarlo como fuera. Para entonces él ya estudiaba primero de carrera, en Columbia. ¿Cómo lo haces?, preguntó. Esto tiene interés científico. Contesté: Siento las formas por el aire que desplazan, o siento el calor de las cosas, y por más vueltas que me des, incluso hasta marearme, te diré dónde el aire está lleno de algo sólido.
Y también hubo otras compensaciones. Tuve profesores particulares para mi educación y además, claro, seguí asistiendo sin problemas al Conservatorio de Música del West End, donde estudiaba ya antes de la incidencia. Gracias a ese talento para el piano, mi ceguera resultaba aceptable en sociedad. Con los años, la gente empezó a hablar de mi galantería, y desde luego atraía a las chicas.

E.L. Doctorow, Homer y Langley; traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla; ediciones Miscelánea; primera edición de abril de 2010.

viernes, 28 de enero de 2011

día 1998. Homer y Langley de Doctorow. La historia real según la Wiki

Estoy leyendo el libro de Doctorow y, para que se entiendan los extractos que ponga, lo mejor es conocer la historia real que copio de Wikipedia. A partir de ahí, todo lo que escribe el maestro americano cobra un sentido en el que lo real ya no importa. Un gran libro que consigue que te importe la historia de esos dos hermanos. Que el que narra la historia, Homer, sea ciego como lo fue Homero, obliga a un punto de “vista” que permite un desarrollo excepcional.

Los Collyer, Homer y Langley, fueron dos hermanos norteamericanos que se hicieron famosos por su carácter excéntrico y el acaparamiento compulsivo de objetos desechados.
Nacieron y vivieron en Nueva York desde finales del siglo XIX hasta mediados de la década de los 40 del siglo XX. Hijos de una familia acomodada, recibieron una sólida formación universitaria (derecho e ingeniería) y no se les conoció ocupación alguna mientras.
Su historia es de las más increíbles que se puedan relatar. Acumuladores compulsivos, llegaron a juntar casi 200 toneladas de diverso material en su casa de 4 pisos en el cruce entre la Quinta Avenida y la calle 128 en Harlem, Manhattan.
Cuando la policía entró el 21 de marzo de 1947, previamente avisada por los vecinos acerca de que los hermanos no daban señales de vida desde hacía bastante tiempo, no pudo franquear la puerta de entrada al encontrarse con enormes pilas de periódicos que la taponaban literalmente desde el suelo hasta el techo. Solicitada la ayuda de los bomberos de Nueva York, éstos también fracasaron al intentar acceder a la vivienda a través de las ventanas pues también se encontraban absolutamente bloqueadas por ingentes y compactas montañas de papel y otros objetos. No hubo más remedio que realizar un agujero en la azotea del edificio para, por fin, lograr introducirse en la vivienda de los hermanos.
Después de sólo seis horas de atravesar angostísimos pasadizos a través de todo tipo de objetos inimaginables, se tuvo la inmensa suerte de localizar el cuerpo sin vida de uno de los hermanos, Homer, sentado en una silla. Efectivamente fue "suerte" encontrar en "sólo seis horas" el cuerpo de Homer porque a pesar de que decenas de bomberos y policías trabajaron a destajo, no se pudo encontrar el cuerpo del otro hermano, Langley, hasta 18 días después (8 de abril de 1947). Hubo para ello que remover y retirar 136 toneladas de material diverso. Lo curioso de todo es que el cadáver del segundo hermano apareció a escasos metros del primero, lo que da una idea del infierno en que se había convertido aquella casa.
El cadáver del segundo hermano apareció en gran parte comido por las ratas y bajo una cantidad ingente de miles de libros, periódicos y otros objetos de todo tipo. Falleció aplastado por un derrumbe mientras intentaba acceder al rincón de la casa en donde se hallaba su hermano Homer para darle de comer pues éste era paralítico además de ciego. Nunca llegó, pues murió aplastado por el camino. Su hermano Homer, como la autopsia posterior reveló, falleció de hambre y sed en una lenta e interminable agonía.
Solo la enumeración de los objetos que se encontraron enterrados entre miles de otros objetos en esa casa es fascinante (10 pianos de cola, coches, maquinas de rayos X, centenares de miles de periódicos, decenas de miles de libros, miles y miles de discos....)
Los hermanos acumularon todos los periódicos emitidos en la Ciudad de Nueva York durante aproximadamente 3 décadas y media. Si tenemos en cuenta de que en dicha ciudad existían unos quince periódicos diarios, multiplíquese 15 X 365 X 35 y se obtendrá una cifra aproximada acerca de lo que estamos hablando. Langley fue en una ocasión preguntado acerca de esa inexplicable manía de acumular periódicos. Contestó que los guardaba para que su hermano, ciego, los leyese cuando recuperase la vista y así se pusiese al día. Langley creía firmemente que Homer recuperaría la vista y a tal efecto suministraba a su hermano unas 100 naranjas a la semana pues creía en ello como procedimiento infalible para lograrlo. Esta no es más que una de las decenas de extravagancias que adornaban a los hermanos.
E. L Doctorow. Homer y Langley. Su historia en Wikipedia.

jueves, 27 de enero de 2011

día 1999. Luis Alberto de Cuenca escribe sobre Ezra Pound

Una amiga me envía este artículo reciente sobre Pound, de gran interés.


EZRA POUND, EL HOMERO DEL SIGLO XXI

"Después de leer a Pound y a Gimferrer supe que lo que me proponían era lo que yo quería decir en mis versos"

LUIS ALBERTO DE CUENCA

Sin Ezra Pound (1885-1972) la poesía del siglo XX hubiese padecido de atrofia muscular. Habría crecido hasta un cierto punto, más o menos mediano, dándonos la sensación de que algo había cambiado con la modernidad, pero no lo suficiente como para demostrar fehacientemente la realidad incontestable de una nueva escritura que convierte el fragmentum en la razón de ser de la poíesis, al modo en que han llegado hasta nuestros días los restos de la lírica griega arcaica merced a los vaivenes de la Historia.
Descubrí en plena adolescencia la poesía de Pound gracias a una edición bilingüe de los Pisan Cantos en inglés y en italiano que compré en Florencia en una librería de la Via Cavour allá por los últimos años 60 del siglo pasado. El traductor, introductor y anotador italiano era Alfredo Rizzardi. Para mí, hubo un antes y un después de la lectura de ese libro. Por aquel entonces cayeron también en mis manos Arde el mar y La muerte en Beverly Hills de Pedro Gimferrer en las primeras ediciones de El Bardo, y supe que quería escribir poesía porque aquello que Pound y Gimferrer me proponían en sus versos era precisamente lo que yo quería decir en los míos, balbucientes aún, pero llenos del “ruido y de la furia”, de la convicción que me prestaban las muchas complicidades que bullían en mi interior desde el asombrado y asombroso contacto con mis modelos. La poética de Ezra Pound tuvo mucho que ver con la gestación de ese personalísimo universo lírico que asomaba en las páginas de los primeros libros de Gimferrer. Para mí es imposible evocar a Ezra sin referirme a Pedro, y viceversa.
En mi primer libro, Los retratos (1971), había una cita de Pound (canto LXXVIII, al comienzo) que presidía el poemario: “Cassandra, tus ojos son como tigres, / en ellos no hay nada escrito.” Desde hace cuarenta años, la belleza es para mí como los ojos de la Casandra de Pound, vacía de palabras y de significados, pero con esas rayas que embellecen la piel de los tigres y que remiten al lenguaje simbólico de los comienzos, presente en las abstracciones indescifrables de Cantabria o de la Dordoña, justo cuando el chamán arroja al fuego los frutos escogidos del otoño para ganarse el corazón de la Gran Diosa.
De la importancia de Pound en mi vida, y no sólo en mi vida de escritor, hablan por sí solos los párrafos anteriores. Sólo puedo pensar en otro autor que me haya marcado tan decisivamente como el poeta de Idaho: William Shakespeare. Leer sus obras completas entre los doce y los catorce años supuso para mí otra revelación, pero la lectura del viejo Will no me dio acceso a la creación literaria, como la de Pound, sino que se limitó a sembrar de irresolubles dudas el territorio de mi confortable Weltanschauung juvenil, convirtiéndome en un adulto desesperado, que es lo que sigo siendo al día de hoy, camino de la senectud. Me he referido a algunos loci sacri bibliográficos en mi itinerario poundiano, omitiendo, por mor de la brevedad, las ediciones originales en inglés. Quiero añadir a las obras citadas la traducción de los poemas breves a cargo de Jesús Munárriz y Jenaro Talens (Hiperión, 2000) y los tres volúmenes hasta ahora aparecidos de los Cantares completos que Javier Coy ha ido publicando en la colección “Letras Universales” de Cátedra. Basta con libros como éstos para disfrutar en profundidad del Homero del siglo XX en su butaca favorita.

Luis Alberto de Cuenca, Ezra Pound, el Homero del siglo XXI. Revista Mercurio, Número 127, enero de 2011

miércoles, 26 de enero de 2011

día 1200. Cuentos de Gustav Meyrink


Hace años compré muchos de los libros de esta hermosa colección creada por Franco Maria Ricci y Borges. No los leí todos y me ha parecido un buen momento para enmendarlo. De Gustav Meyrink solo había leído El Golem. Copio, como en todos estos datos, de la Wiki: «ofrece una visión simbólica de este personaje legendario del folklore judío, que a su juicio encarna la potencia oculta (monstruosa e informe por estar aún 'dormida') que anida en el inconsciente de todos los hombres, y en especial en el de los judíos del ghetto de Praga». Dice Borges en el prólogo que mientras algunos autores de literatura fantástica optaron por la ciencia, como Wells, otros, como este, lo hicieron por la magia. La Wiki aclara que iba a suicidarse con 24 años cuando alguien echó por debajo de la puerta un folleto titulado La vida postrera, y que «asombrado por aquella coincidencia, Meyrink se interesó por los fenómenos ocultos y las tradiciones esotéricas, que tienen una importante presencia en sus obras».

El libro contiene tres relatos: J.H. Oberbeit visita el país de los devoradores del tiempo, que es una metáfora de la reencarnación del budismo o el hinduismo mientras exista el deseo (en este caso, por nuestros dobles en ese país, que se alimentan de nuestros deseos y nos impiden morir verdaderamente; El cardenal Napellus, casi otra historia de Dorian Gray, pero aquí quien vive y se queda con la vida es una planta azulada, el Aconitus napellus;  y Los cuatro hermanos de la luna. Un documento, una explicación de la Grn Guerra como el cumplimiento del vaticinio de que las máquinas se harían con la Tierra. Divertidos textos con temas que entonces debieron ser oscuras propuestas filosóficas. Imagino a las damas y caballeros conmoviéndose en sus casas de campo. La gracia, lo que los convierte en una lectura deliciosa, es el lenguaje.

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Si por alguna extraña circunstancia llegara a suceder que esta narración cayera bajo los ojos de los dos amigos de mi difunto patrón, el maestro Peter Wortzigh (muerto y enterrado en Wernstein del Inn en 1914, año del estallido de la gran guerra), es decir los dos ilustrísimos doctores Chrysophoron Zagräus y Sacrobosco Haselmayer, apodado “el Trasquilado Rojo” por su rostro; ruego a estos señores quieran considerar que no es el placer del chismorreo, ni la necia indiscreción, que me han movido a revelar algo, que quizá los mismos señores han tenido en secreto toda una vida: tanto más que un viejo de setenta años como soy, ha superado desde hace mucho la edad de estas pueriles necedades. Antes bien, motivos de orden espiritual son la base de esta decisión, tras la que pesa, fundamentalmente, una opresiva angustia sobre mi corazón; la de convertirme un día, cuando mi cuerpo haya dejado de existir... en una máquina (los señores sabrán seguramente lo que quiero decir).
Gustav Meyrink, El cardenal Napellus; traducción de María Esther Vázquez. Colección La biblioteca de Babel de Editorial Siruela; segunda edición corregida, mayo de 1987.


martes, 25 de enero de 2011

día 1201. Paul Auster inventa la Novela-Ikea

Todas las Navidades, una cuñada me regala el último de Auster; termino leyéndolo y prometiéndome que nunca más; pero al año siguiente vuelvo a picar. Le sigo desde El palacio de la luna, he sido testigo de la repetición de temas, del más de lo mismo, cada vez más descarado, pero creo que esta vez se ha pasado. El del año que viene no lo volveré a leer... hasta que lo lea. Es mucho lo que me ha dado para no devolvérselo dedicándole esas 6 u 8 horas.

Reconozco que desde el capítulo dedicado a Morris Heller, hacia la mitad, se enmienda bastante de lo que voy a contar: como si siguiera teniendo la capacidad de meterse como “novelista” en un personaje neoyorquino de su edad. Pero en el resto predomina otra cosa: no crea atmósfera, sino que relata en frases breves una acción tras otra que no pertenece a la narración.

Es como si estuviera contando a un Editor el argumento de una novela. Pero no es la novela.

Es como las acotaciones al guión de una película. Pero no existe el guión.

Es como las acotaciones teatrales de un texto teatral. Pero no existe el texto.

¡Ya está! Es como lo que hace Ikea. Tú ves una mesa con unas sillas que te gustan, las compras y no necesitas un transporte en el que quepa el volumen de los muebles, porque te los van a dar en unas cajas planas, junto con una o dos llaves y unos tornillos, así como un pequeño manual de instrucciones. En tu casa, montas la mesa comedor y las sillas: reconviertes lo plano y despiezado en muebles de verdad.

Pues lo mismo: no has comprado una novela que haya “recreado” una o varias historias. Lo que has comprado es un Manual de Instrucciones para reconvertirlo en novela. Si te apetece y tienes tiempo, claro está. Además, 270 páginas de instrucciones dan para muchas noveles y varios miles de páginas. Justo lo que no ha querido hacer Auster, pasando el encargo al sufrido lector.

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Observando a Harold Russell, el tercer protagonista masculino junto con March y Andrews, el actor no profesional que perdió las manos en la guerra, se pone a pensar en su abuelo Stan, el marido de Caroline, hermana de su abuela, el manco de tupidas cejas Stan Fitzpatrick, veterano del Desembarco de Normandía, empinando el codo en fiestas familiares, contando chistes verdes a los hermanos de Alice en el porche de la casa de sus abuelos, uno de los muchos que nunca lograron recobrar la compostura después de la guerra, el hombre con treinta y siete trabajos distintos, el querido tío Stan, muerto hace ya diez años, y las historias que su abuela le ha contado últimamente de cómo solía zurrar un poco a Caroline, a la ya fallecida Caroline, de cómo la sacudía de tal manera que un día perdió dos dientes y luego están sus dos abuelos, aún vivos, uno apagándose y el otro lúcido, que combatieron en el Pacífico y Europa cuando eran muy jóvenes que parecían niños, y aunque ha intentado preguntar al abuelo lúcido, Bill Bergstrom, marido de la abuela que aún vive, nunca le dice mucho...

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Dado que estos personajes no vuelven a aparecer, que lo único que saca de aquí es la coincidencia con la tesis de la película que destripa (lo de personajes destripando películas no es ya un tema nuevo en Auster), que de los otros personajes del mismo nivel nada dice de sus familiares, me parece que todo esto es paja, es lo que se inventa un escritor para ambientarse él y deja fuera (las nueve décimas partes ocultas del iceberg); dado que la supuesta novela está repleta de párrafos así: paja, gasto innecesario, no ensamblados en la novela, que no crean atmósfera ni ayudan a la narración, que solo sirven para que lector se invente cientos de novelas más:

¿Alguien conoce personalmente a este hombre? ¿Puede hacer el favor de decirle que no es necesario sacar una novela al año? ¿Que puede dar conferencias y además tiene dinero suficiente para dedicarse a vivir? ¿Que viviendo, puede darse el caso de que le crezca dentro una historia de verdad, y en ese caso se puede encerrar 3 años a escribirla? ¿Y que si no se le vuelve a ocurrir una historia, es mejor que no vaya cayendo más bajo con cada novela anual; que ya ha dado muchísimo a la Historia de la Literatura y lo que hace ahora es restar en lugar de sumar?

¿Alguien le puede decir a este hombre que los que le hemos leído casi todo estamos ya un poco hartos?


Paul Auster. Sunset Park; traducción de Benito Gómez Ibáñez. Colección Panorama de narrativas, Editorial Anagrama.


lunes, 24 de enero de 2011

día 1202. Los Once de Michon y María Teresa Gallego en el Quadern Catalunya de El País

En el día 1204 hablaba de este libro y de esta traductora y encuentro hoy un artículo que escribió Jordi Jovet para el cuaderno de Cataluña de El País el 21 de octubre de 2010. La negrita del párrafo se la he añadido yo. Más abajo, un vínculo al artículo entero.

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Hem fet aquest excurs només per donar a entendre que, si en alguna literatura del continent és lògic que perdurin aquestes formes de solipsisme estètic, o, simplement, d'esteticisme, és a les lletres franceses. Pierre Michon, autor celebrat, i amb molta de raó, pel llibre Vides minúscules, ofereix ara als lectors en català i en castellà una obreta d'enorme categoria estètica, com un prodigi de la llengua, anomenat Els Onze: en català a Club Editor; en castellà a Editorial Anagrama, tots dos calents, el segon en una traducció que admira per la seva gran qualitat, a càrrec de Maria Teresa Gallego: quasi Cervantes o Quevedo en estat pur.
ARTÍCULO AQUÍ

Jordi Llovet, Art per l'art, El País, Quadern Catalunya, 21/10/2010

domingo, 23 de enero de 2011

día 1203. Ezra Pound en el St. Elizabeth


Ezra Pound en 1958

A mediados de 1945, el periodista Norbert Miller llamó a la redacción del Herald Tribune en París, para hablar con Halderman, Feature-Editor, sobre la situación de Pound. Meses después, el editor Sr. Laughlin se puso en contacto con el abogado Julien Cornell para que se encargara de la defensa del poeta. Si no hacían algo, en cualquier momento lo podrían condenar sumariamente a muerte. De lo que hicieron, se produjo el debate judicial, para intentar que no se le considerase responsable de sus actos. Conseguido el objetivo, fue enviado a un psiquiátrico muy duro, del que lo trasladaron al St. Elizabeth, un lugar agradable donde fue recuperando las libertades de leer, escribir y recibir visita largo tiempo. Era el año 1946 y estuvo privado de libertad hasta 1958. Cuando salió, se fue a Italia con su mujer. Fue entrevistado en Venecia, a petición del periodista Norbert Fishman, del Estudio III de de la CBS de Nueva York por el poeta beat judío Allen Ginsberg, “el escritor que mayor veneración le profesa entre los jóvenes autores”.



Allen  Ginsberg: Encontré a Ezra Pound sentado en la placita de enfrente de su pensión, un Pound silencioso, exasperado, más bien taciturno. No conseguí más respuestas a mi preguntas que el incansable movimiento de sus manos. Intenté con mucho cuidado quebrar aquel silencio mortal abrazándole; sí, lo confieso, besándole respetuosamente la frente, mientras le decía:
Para mí, como para muchísimos jóvenes poetas, usted ha sido un estímulo inestimable, no solo por su obra sino también por su concepción de la poesía según la cual sin cosas no existirían ideas. El estilo de sus poemas ha influido directamente y con gran precisión sobre mi propia concepción de la escritura.
Todo esto que le cuento, ¿tiene algún interés para usted?

Un gran silencio, seguido de un murmullo muy entrecortado, una voz maltrecha por la edad...
Ezra Pound: Sí, pero mis poemas, por su parte, carecen de cualquier interés. A los 70 años me he dado cuenta de que mi vida no ha sido una quimera, sino una imbecilidad.
Allen Ginsberg: Eso no quita que su obra, ese conjunto artístico de palabras y frases, me ha proporcionado el impulso necesario para mi propia evolución.
Ezra Pound: Puro revoltijo.
Allen Ginsberg: ¿A qué se refiere, a usted, a sus Cantos o a mí?
Ezra Pound: A mi obra. Estúpida y pedante de cabo a rabo. Pero mi mayor error fue mi antisemitismo, ese estúpido prejuicio pequeño burgués.
Allen Ginsberg: Me alegra oírle decir esto. En cualquier caso, usted nos ha enseñado el camino. Cuanto más leo, más me convenzo de que sus poemas son la mayor obra lírica de nuestros tiempos. Y respecto a sus declaraciones sobre política y economía, usted tenía razón. Cada día se ve más claro en Vietnam. Usted fue el primero que nos enseñó a quién beneficia la guerra.
¿Me permite que le bendiga y que le lea un poema?
Ezra Pound: Sí.


Fritz J. Raddatz, El proceso de Ezra Pound; revista Quimera, nº 49, mayo de 1985. Traducción de Juanjo Fernández




sábado, 22 de enero de 2011

día 1204. Pierre Michon es un Grande

Si me preguntaran qué me llevaría a una isla desierta, respondería que a Pierre Michon. Podría soportar las durezas del día solo por la esperanza de que por la noche me contara una historia. Investiga, juega, crea, pone ante tus ojos unos objetos y ves el paisaje entero, se entromete en el texto, opina, da sentido. Solo le falta darte un besito de buenas noches en la frente y arroparte.

Cuando terminas de leer un libro suyo, sigue palpitándote dentro. No olvidas que lo releerás, siempre lo hago con los suyos. Este, Los Once, ha sido novedad. Partiendo de un pintor que se ha inventado (quién supiera mucho de pintores para saber de quiénes ha ido tomando las moléculas) y de un cuadro que no existe, pero está en el Louvre, el narrador le cuenta a alguien que no aparece ni dice nada la historia del pintor, con sus antecedentes familiares, del cuadro que le encargan (un cuadro-trampa) y de los Once que componían el Comité de Salvación, que gobernó Francia sin ser los gobernantes, entre 1973 y 1974. Robespierre el incomentable.

Como muestra de su escritura, he dudado entre dos párrafos largos, uno en el que hace una breve mención de los Once, y otro en el que hablando del padre del pintor, cuenta el renacimiento de la humanidad que significaron los escritores de las Luces. He optado por este.

He leído, y releído, todo lo de Michon en español. Uno de ellos, en una editorial pequeña. De los cinco de Anagrama, salvo el primero, Vidas minúsculas, todos traducidos por María Teresa Gallego Urrutia. Me voy a permitir decir que es la mejor traductora del francés que tenemos. Los dos otros traductores de Michon son buenos, pero María Teresa es excepcional: parece una transustanciación de Michon al castellano. No de otro modo se puede entender ese lenguaje en el párrafo que copio. Que me perdone Pierre, pero leyendo estas traducciones me da miedo a veces que el original no esté a su altura.

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Ya está usted al tanto: el padre, aquel joven poeta de Iglesia, se sacudió para casarse la tutela de la Iglesia, como sucedía con frecuencia a la sazón: para casarse, porque la muchacha era guapa y rica; y porque, como él no era de esos clérigos con beneficio eclesiástico y partícula nobiliaria, que eran por entonces los amos del mundo y, consecuentemente, de las mujeres, sino un lemosín extraviado bajo el hábito y con un buen paso en lo referido a la fortuna, pero sin más, para gozar de una muchacha tenía que casarse con ella. Así que para casarse dejó plantada a la Iglesia; pero también para ejercer a tiempo completo el oficio de hombre o, más bien, eso que era, en la mente bizantina de un lemosín disfrazado, oficio de hombre. Las letras, caballero. Porque era la época en que la creencia literaria estaba empezando a desbancar a la otra creencia, a la grande y antigua, a dejarla limitada a su limitado momento histórico y a su limitado espacio, el reinado de Tiberio, los olivares del Jordán, y a asegurar que era en el espacio que le era propio, las páginas de las novelas y los pies forzados anacreónticos, donde lo universal se dignaba aparecerse. Dios cambiaba de nido, como si dijéramos. Y François Corentin fue uno de los primeros en caer en la cuenta; quiero decir que pertenecía a las primeras generaciones de hombres que cayeron en la cuenta, no con el intelecto, no, ni por malicia o cálculo, sino con el corazón, que cree que no calcula, por más que fueran sus arrebatos más calculadores que el sentido común iletrado de mil comerciantes en vinos, viejos y bribones. Se contaba François Corentin entre esos escritores que estaban empezando a decir, y seguramente a pensar, que el escritor valía para algo, que no era lo que hasta entonces había creído; que no era esa superfluidad exquisita para uso de los Grandes, esa frivolidad sonora, galante, épica, para que se la sacara un rey de la manga y la exhibiera ante jóvenes más o menos vestidas, en Saint-Cyr o en el Parque de los Ciervos; que no era un castrado ni un saltimbanqui; que no era un objeto hermoso engarzado en la corona de los príncipes; que no era una mujerzuela, ni un chambelán del verbo, ni un comisionado de festejos; nada de todo lo dicho, sino una inteligencia, un aglomerado potente de sensibilidad y de razón que había que incorporar a la masa humana para que fermentase; un multiplicador del hombre, igual que las retortas lo son del oro y los alambiques del vino; una máquina poderosa para incrementar la dicha de los hombres. Ese empujoncito tiene por nombre los escritores de las Luces, usted lo ha dicho, caballero. Y es cierto que estaban del lado de la luz, incluso y sobre todo si tenían la dolorosa certidumbre de ser un topo que asoma la nariz desde el patio de un sótano, pues, fueren cuales fueren la ilusión o la impostura fundadora, el trucaje para meter a Dios en el nido que le estaban preparando sus páginas, el apetito lemosín que los mantenía en pie, fueron, a su modo, la sal de la tierra. A su modo fueron esa levadura que querían ser: porque ese apetito lemosín habían conseguido transmutarlo en lo hondo de sí mismos, como por arte de magia, pero de forma muy verídica, en generosidad.
A eso perteneció, pues, Corentin: a las Luces, a la sal de la tierra, a ese gran apetito convertido en apetito de dar. Y, para salirse de la Iglesia, para abrazar a Suzanne, alegó de buena fe eso que se estaba empezando a llamar laicamente una vocación. La palabra, en este mundo, y muy en particular la palabra escrita, lo aplastaba: por eso abrazó un estado en el que el poder de la palabra fuera más eficaz, más absoluto, quizá, que en los de pedagogo o clérigo a los que lo destinaban: el de hombre de letras. Y los hombres de letras eran de París. Así que no bien gozó de la muchacha, no bien la gratificó con ese hijo, con ese tesoro de bucles rubios que baja corriendo la escalinata, se fue a donde lo llamaba su estado, a París.


Pierre Michon, Los Once. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Colección Panorama de narrativas de Anagrama

viernes, 21 de enero de 2011

día 1205. El debate judicial sobre el asunto Ezra Pound, intervenciones de Robert Frost, Enest Hemingway, William Carlos Williams y T.S. Eliot

Aunque quede largo, estas 4 intervenciones ayudan mucho a situar a Pound como personaje y escritor.

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Robert Frost: Desde 1908, Ezra Pound se marchó de América. A partir de entonces, contando 23 años, se convirtió en el ministro sin cartera, el descubridor y promotor de la gran literatura europea. Siendo secretario de William Butler Yeats, en 1913 descubrió a James Joyce: en aquel caso, a través de un poema juvenil y sus primeras tentativas de prosa; a raíz de este encuentro nació una amistad que duró decenas de años; solo gracias a la mediación de Pound fue posible que se publicara la gran novela Ulysses. Al mantener una infatigable correspondencia con editores e incontables pequeñas revistas literarias –a las que asesoraba e incluso, si era preciso, financiaba-, se esforzó por hacer publicar esta novela, ocupándose también de que Joyce cobrara derechos de autor y de que la crítica le prestara atención. Fue Pound quien escribió los primeros grandes ensayos sobre Joyce: hizo lo mismo  con D.H. Lawrence, Wyndham Lewis y T.S Eliot; es más, a los consejos literarios de Pound y a su depuración estilística debemos la obra maestra del propio Eliot, The Waste Land. El gran escritor ruso Isaac Babel ha calificado a Pound como personaje ejemplar. Ernest Hemingway ha declarado que había “aprendido Pound más que de nadie en el mundo, que de él había aprendido cómo se debía escribir y cómo no se debía”. Pound proclamó los méritos de los Tr´picos de Henry Miller cuando nadie, en aquel tiempo, se atrevía a incluirlos en la literatura. Una considerable correspondencia da fe de la amistad que le unió con Cocteau y Louis Aragon.

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El secretario: Sr. Hemingway, se le ruega que diga su nombre y profesión.
Ernest Hemingway: Puede usted irse al carajo con sus formulismos, amigo. Soy Ernest Hemingway y Ezra Pound es amigo mío. Con eso basta. Tampoco he entendido ni una puñetera palabra de todas esas eruditas chorradas y chocheces que se acaban de soltar sobre sexo, fascismo y élites.
El presidente: Sr. Hemingway, lo lamento pero...
Ernest Hemingway: ¡No me interrumpa! Me trae sin cuidado lo que usted pueda lamentar. Yo, lo que lamento es la manera como se trata aquí a Ezra Pound. Seré sincero: quiero sacarle de aquí y voy a contar dos o tres cosas sobre él. Ezra Pound y yo siempre hemos estado muy unidos... El estudio en el que vivía con su mujer, Dorothy, en París, era tan modesto como señorial era el de Gertrude Stein. A su propia actividad poética no dedicaba más que la quinta parte de su tiempo... El restante lo dedicaba a mejorar la situación material de sus amigos y las condiciones de su traajo artístico. Les defendía cuando eran atacados. Les ayudaba a publicar en revistas, los sacaba de chirona. Les prestaba dinero, vendía sus cuadros, organizaba conciertos. Convencía a los editores para que les publicaran sus libros. Y cuando ellos creían hallarse a las puertas de la muerte, se quedaba con ellos toda la noche y era testigo de su testamento. Les pagaba las facturas del hospital y les disuadía del suicidio. Y, en pago a todo ello, sólo algunos de ellos renunciaban a darle una puñalada por la espalda a la primera ocasión.
¡Vean, señores, el tipo tan extraordinario que era! Y de lo que la matasanos esa ha contado, sus rollos sobre cerebro y cojones, todo eso me la suda. ¿Loco? ¿Y qué? ¡Claro que está loco!... como mínimo desde 1933.

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Sr. Williams, ¿conoce usted a Ezra Pound desde la época en que ambos estudiaban juntos?
William Carlos Williams: Exacto. Nunca explicar nada, esa era su divisa. Era fiel a ella y siguió siéndolo cuando, más adelante, se puso a escribir poemas. Lisa y llanamente, él vivía en más altas esferas que los demás habitantes del planeta, en esferas fuera de lo común. Hasta creo que se trata de un rasgo de su personalidad... que ha terminado por causar su perdición. Intentó hacerse sitio en el firmamento. Y, con un poco más de fortuna en lo financiero, lo habría conseguido. Desde aquella época, pero también luego en Londres, se entregó en cuerpo y alma a la vida bohemia de los artistas, adoptando sus poses extravagantes y toda su característica parafernalia: aretes turcos, chaquetas de terciopelo y melena flamígera. De cuando en cuando, él y yo discutíamos acerca de cuál debía ser el objetivo que debía perseguir un poeta: ¿el caviar o el pan? Yo estaba a favor del pan, Ezra a favor del caviar. Creía vivir una vida de poeta de hoy, y por ello entendía un tren de vida que solo muy pocos de los que actualmente nos dedicamos a esta noble actividad  nos atreveríamos a llevar.

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T.S. Eliot: Es sobradamente conocida la estrecha relación que me une a Ezra Pound, y quizá sea más apropiado que me permitan ceñirme a un único aspecto de su personalidad, o sea, sus incesantes esfuerzos por sustituir el mundo real por su contrario, el mundo de la pura forma: estos esfuerzos fueron los que gestaron su obra. A medida que cobraba cuerpo este segundo mundo se volvía una necesidad vital para él poder encontrar compañeros que tomaran en serio sus pretensiones elitistas y que incluso las compartieran. La opción existencial que escogió, por su cuenta y riesgo, de hecho no era más que la elección de un “personaje”, o, dicho de otro modo, de una “máscara”. Es decir, había optado por existir para los otros, en lugar de existir “en sí”. Seguramente, ustedes ya sabrán que uno de sus principales conjuntos de poemas lleva el título de Personae-máscaras. Llegamos aquí a lo más hondo de las razones que le hicieron dedicarse en cuerpo y alma a los escritores y artistas contemporáneos, quienes “normalmente” hubieran sido sus rivales. En él era costumbre el implorarles; les pedía que escribieran bien, les obligaba a ello si era preciso, hasta tal punto que a veces daba la impresión de alguien que intentaba explicar a un sordomudo que su casa estaba ardiendo. Pero esto no era solo consecuencia de su talante de pedagogo: también se debía a su ardiente deseo no solo de escribir bien él mismo, sino de además vivir rodeado de mentes con un poder creativo que igualara el suyo. Señoras y señores, muchas gracias por prestarme atención.
Fritz J. Raddatz, El proceso de Ezra Pound; revista Quimera, nº 49, mayo de 1985. Traducción de Juanjo Fernández

jueves, 20 de enero de 2011

día 1206. El debate judicial sobre el asunto Ezra Pound, sus intervenciones

Ha empezado el debate judicial para dilucidar si su estado permite juzgarlo:


... El Sr. Pound está sentado ante ustedes. Le ruego, Sr. Pound, que se levante y mire al jurado. Díganos su identidad, por favor.
Ezra Pound, con voz a la vez hostil y desganada: No soy nadie., mi nombre es nadie.

Rober Frost hace un alegato sobre la importancia de Pound en la literatura. Al terminar, se producen las declaraciones siguientes:



El presidente: Muchas gracias, Sr. Frost. Y ahora, una pregunta que formulo al Sr. Pound. ¿Tiene algo que añadir a lo que acaba de declarar Robert Frost?

Ezra Pound (recitando uno de sus poemas):
y un olor de menta bajo los toldos de las tiendas
sobre todo después de la lluvia
y un buey blanco en el camino a Pisa
como encarándose con la torre,
carneros negros en el campo de maniobras y los días de lluvia, nubes
sobre las montañas, como bajo las garitas.
Una lagartija me tenía en vilo
las aves del campo detestan el pan blanco
4 gigantes en 4 esquinas
tres hombres jóvenes  ante la puerta
y han cavado una zanja a mi alrededor
para que la humedad no roa mis huesos...

Tras un momento de silencio, el presidente con una tosecilla de compromiso: ¡Ejem!... hum. Bueno. Y bien.. Deseo ahora solicitar la presencia de...

El poema recitado era sin duda sobre sus condiciones. Los 4 gigantes son las torres de vigilancia, los tres hombres jóvenes son los guardianes que evitan todo contacto.

Fritz J. Raddatz, El proceso de Ezra Pound; revista Quimera, nº 49, mayo de 1985. Traducción de Juanjo Fernández


miércoles, 19 de enero de 2011

día 1207. El debate judicial sobre el asunto Ezra Pound: sus condiciones de encarcelamiento

El 2 de mayo de 1945, Ezra Pound fue detenido por partisanos en su casa de las afueras de Roma, por su colaboración radiofónica con Mussolini. Traspasado a las fuerzas norteamericanas, fue tratado con tal dureza que muchos intelectuales se horrorizaron y trataron de aliviar su condición. El intelectual alemán F.J. Raddatz cuenta esto en un guión radiofónico sobre ese debate judicial (previo a decidir si se le juzgaba o se le consideraba loco) que la revista Quimera publicó en mayo de 1985, en su número 49. Esta curiosidad me viene de mi lectura actual de Personnae, los libros de Pound anteriores a Los Cantos. Transcribo hoy la parte relativa a las condiciones en que se le detuvo en el campo disciplinario.


Le ruego responda a esta pregunta, Sr. Allen: ¿fue usted testigo del trato recibido por el Sr. Pound en el campo disciplinario del ejército, en Pisa?
Robert R. Allen: Sí. Pound fue encerrado aparte de los otros prisioneros, dentro de una jaula de acero construida especialmente para él en el patio de la prisión. Él desconocía si su destino era pudrirse en esa jaula o salir de ella para ser ahorcado por traición.... A ninguno de los demás prisioneros les estaba permitido acercársele o hablarle, ni siquiera decirle una sola palabra. No contentos con privar a Pound de cualquier contacto humano, le negaron también cualquier lectura que pudiera servir de consuelo a su agitado espíritu. Para matar el tiempo solo contaba con un texto de Confucio, en chino, que iba traduciendo: esto era todo cuanto disponía para alejar sus pensamientos tenebrosos, sus inquietudes, sus angustias.
Pero sus sufrimientos no se limitaban a estas torturas mentales. Estábamos entonces en pleno verano y el sol italiano caía a plomo: el recalentado pavimento del patio de la prisión se calentaba hasta lo insoportable. Por las inmediaciones pasaba una concurrida carretera militar y Pound estaba permanentemente expuesto al ruido y el polvo, careciendo de protección. Mientras los demás presos eran trasladados bajo la tiendas para protegerlos del soy el polvo, Pound permanecía abandonado a la intemperie, de tal manera que ni uno solo de sus gestos escapara a la vigilancia de los guardianes. Los demás detenidos podían salir de sus celdas para la comida y las sesiones de ejercicio físico, pero Pound no. También estaba privado de la ayuda que comporta, en cierto modo, la vida en colectividad. Estaba solo.
Tampoco la noche le aportaba el descanso y el sueño necesarios tras semejantes jornadas de sufrimiento bajo un implacable sol tropical: unos reflectores apuntaban a la jaula y, durante toda la noche, su cegadora luz hacía arder sus pobres ojos inyectados en sangre. En esa jaula de barrotes de acero, ni un solo mueble. Pound dormía sobre el suelo de asfalto, envuelto en mantas, calcinado por el sol, empapado por las lluvias.


Fritz J. Raddatz, El proceso de Ezra Pound; revista Quimera, nº 49, mayo de 1985. Traducción de Juanjo Fernández

martes, 18 de enero de 2011

día 1208. La credibilidad de la escritura de Amélie Nothomb: el caballo de la niña Amélie

Leer esta novela es como cuando ibas de niño al cine y te lo creías todo. Comprabas la historia entera. El personaje es una niña de entre 5 y 8 años, la narradora es una escritora adulta: las vemos a las dos, sabemos que lo que dice la niña depende lingüísticamente de la adulta, que la niña no podía elaborar ese lenguaje, pero sabemos que lo que dice la niña es la verdad. Lo sentimos. Todo es (magníficamente) creíble, probablemente porque subyace una verdad psicológica compartida con el lector.

Veamos el ejemplo del caballo. La novela empieza así:

A galope tendido de mi caballo, cabalgaba entre los ventiladores.

Tenía siete años. Nada resultaba más agradable que sentir aquel exceso de aire en el cerebro. Cuanto más silbaba la velocidad, más entraba el oxígeno en el cerebro.

Aunque se puede pensar que la hija del embajador belga en Pekín “podría” tener un caballo, no lo es que con 7 años galopara en su caballo por la ciudad. No importa, hay tanta verdad en ese caballo que lo aceptamos como tal, y en él pasa montada una parte no despreciable de la novela. Como lector no dudo: funciona como un caballo y ¡es! un caballo. La niña se ha enamorado de la hija del embajador italiano y quiere reclamar su atención:

--Tengo un caballo.
--Me miró con una expresión incrédula. Yo no cabía en mí de gozo.
--¿Un caballo de peluche?
--Un caballo sobre el que galopo a todas partes.
--Un caballo aquí, en San Li Tun? ¿Y dónde está?
Su curiosidad me encantó. Corrí a los establos y volví al lomo de mi montura.
Con una sola mirada, mi bien amada se hizo cargo de la situación. Se encogió de hombros y, con una indiferencia absoluta, sin siquiera concederme la limosna de una broma, dijo:
--Eso no es un caballo, es una bici.
--Es un caballo –dije sin perder la calma.

Dos páginas después, la narradora adulta, con un lenguaje elaborado, expresa la voluntad y el deseo puros de la niña protagonista:

Elena es ciega. Este caballo es un caballo. Desde el momento en que existe liberación por la velocidad y el viento, existe el caballo. No llamo caballo a lo que tiene cuatro patas y produce cagajón, sino a lo que maldice el suelo y me aleja de él, a lo que me levanta y me obliga a no caer, a lo que me pisotearía hasta la muerte si cediera a la tentación del fango, a lo que me hace bailar el corazón y relinchar el estómago, a lo que me transporta a una velocidad tan frenética que tengo que cerrar los párpados con fuerza, ya que la luz más pura nunca deslumbrará tanto como la bofetada del aire.

Y ya puedo segur leyendo que cabalga, porque no soy ciego, como su bienamada Elena, y sé que es un caballo.

Amélie Nothomb, El sabotaje amoroso; traducción de Sergi Pamies. Editorial Anagrama.

lunes, 17 de enero de 2011

día 1209. La Escuela Francesa de Pekín de Amélie Nothomb

Hija del embajador belga en Japón entre los 3 y los 5 años, de los 5 a los 8 vivió en Pekín, donde fue trasladado su padre. El libro en que lo cuenta es genial por muchos aspectos, tiene una visión de la niñez que coincide plenamente con la mía. He escrito sobre ella, lo he hablado en comentarios. La lógica de su niñez es implacable y absolutamente certera. Este extracto trata de la escuela de los hijos de diplomáticos,  encerrados en un gueto diplomático separado del de ingleses y estadounidenses, por una parte, y del de los soviéticos por otra; y lo cuenta de manera extraordinaria. Pongo ahora dos páginas dedicadas a esa escuela. Hay que tener en cuenta, cuando se refiere a la guerra, que en el gueto diplomático los niños habían decidido que la guerra se acabó en falso y la reeditaron, con los alemanes como el enemigo. Dedicaban a esa guerra todas sus energías y juegos.

*****

En septiembre, empezó la escuela.
Para mí, no se trataba de nada nuevo. Para Elena, fue la primera vez.
Pero la pequeña Escuela Francesa de Pekín no tenía mucho que ver con la enseñanza.
A nosotros, niños de todas las edades –con la excepción de los anglófonos y los germanófilos-, nos habría sorprendido sobremanera si nos hubiera sido revelado que frecuentábamos aquel establecimiento con el objetivo de aprender.
No lo habíamos notado.
Para mí, la escuela era una enorme fábrica de avioncitos de papel.
Hasta el extremo de que los profesores nos ayudaban a construirlos. Tenían sus motivos: al no ser ni profesores ni maestros, era más o menos lo único que podían hacer.
Aquella buena gente, benévola, había aterrizado en China por accidente, ya que podemos calificar de accidente una suma tan importante de ilusiones y de decepciones subsiguientes.
De hecho, aparte de los diplomáticos y de los sinólogos, todos los extranjeros que residían en China en aquella época estaban allí  por aquellas mismas razones “accidentales”.
Y como algo tenían que acabar haciendo aquellos infelices  una vez allí, iban a “enseñar” en la pequeña Escuela Francesa de Pekín.
Fue mi primera escuela. Allí fue donde seguí los tres años reputados más importantes. No obstante, por más que sondeo mi memoria, creo que no aprendí absolutamente nada, salvo a fabricar avioncitos de papel.
No era grave. Sabía leer desde los cuatro años, escribir desde los cinco años, y atarme los cordones de los zapatos desde la prehistoria. No tenía, pues, nada que aprender.
A los profesores se les asignaba una tarea sobrehumana: impedir que los niños se mataran entre sí. Y lo conseguían. Así pues, hay que felicitar a aquella gente admirable y hacerse cargo de que, en semejantes condiciones, enseñar el alfabeto habría constituido un lujo descabellado para idealistas de fin de siglo.
Para nosotros, niños de todas las nacionalidades, la enseñanza no era más que una mera prolongación de la guerra por los mismos medios.
Pero con una singular diferencia: en la pequeña Escuela Francesa de Pekín no había alemanes. Ellos iban a la Escuela de Alemania del Este.
Resolvimos aquel incómodo detalle con una reglamentación genial y espantosa: en la escuela, todo el mundo era el enemigo.
Y como el establecimiento era de muy reducidas dimensiones, nos destruíamos los unos a los otros con extraordinaria facilidad: no era necesario buscar al enemigo, estaba en todas partes, al alcance de la mano, de los dientes, de los pies, de los escupitajos, de las uñas, del cráneo, de la zancadilla, de la orina y del vómito. Bastaba con agacharse.
Aquella escuela era tanto más pintoresca por cuanto una cuarta parte de sus alumnos no sabían una palabra de francés, y ni siquiera habían tenido jamás la intención de aprender una. Sus padres los habían aparcado allí porque no sabían exactamente dónde meterlos y porque querían estar tranquilos para poder saborear, entre adultos, los placeres del régimen local.
Así pues, contábamos entre nosotros con pequeños peruanos y otros marcianos, que torturábamos a nuestro antojo y cuyos gritos de horror resultaban totalmente incomprensibles. Conservo inmejorables recuerdos de la Escuela Francesa.

Amélie Nothomb, El sabotaje amoroso; traducción de Sergi Pamies. Editorial Anagrama.

domingo, 16 de enero de 2011

día 1210. Un mail de Pedro Mairal para Orsai: el mar de navegar, entre la Caribdis y la Escila de la banda ancha

Días antes de entrar en máquinas, Hernán y el Chiri reciben un mail de Pedro Mairal que empieza así: “Queridos Hernán y Chiri: no voy a poder escribir el artículo que les prometí para Orsai. Les pido disculpas. Sé que habíamos quedado en que se los mandaba el veinte de noviembre pero hoy es dieciocho y todavía no escribí una línea”. El mail era una larga explicación que empecé a leer con una mezcla de odio y tristeza, escribe Hernán.  Lo cuenta en el pre-texto, del que pongo un trocito. Añado después una parte, un poco larga, sobre la bendición de los nuevos espacios tecnológicos, que forma parte del artículo, o el mail, o lo que sea.

*****
(extractos de la introducción de Hernán y Chiri)

El mail de Pedro, tan a última hora, nos partió al medio. Se lo empecé a leer a Chiri con mucha congoja, mientras él abría su portátil para leerlo por su cuenta. Le leí y le volví a leer el principio de ese mail que parecía no terminar nunca, y entonces Chiri me dijo:
-- Qué excusa más larga.
Y ahí, solo ahí, me di cuenta de que era un mail de cuatro mil palabras. Me di cuenta de que su texto para la revista, su participación en el número uno, era un mail.
[...]
El texto de Mairal es un manifiesto generacional impostergable. Sobre todo por lo espontáneo del planteo y sus entrañas. Para mí, en lo personal, la revista entera vale las próximas diez páginas, Hay tanta verdad ahí dentro, tanta valentía por parte de Mairal, que me saco el sombrero cada vez que leo esas líneas.
No esperábamos menos de él. Susto incluido.

 
*****
(extracto del artículo de Mairal)

«Ahora veo otra razón por la que no quería contar algunas cosas: el tono elegíaco que va tiñendo todo. Como si hubieran sido los mejores tiempos, la juventud perdida, etcétera. Minga. La pasaba mal a veces en esa época. No volvería atrás nunca. Está bien que el tiempo se coma todo. No soporto la repetición, la falta de cambio, el estancamiento invariable de la vida. Me gusta que todo se transforme, se rompa, se gaste. El río que durando se destruye, del que habla Neruda. La transformación es casi lo único que me interesa. Qué liberación poder hablarles así, sin pensar en el artículo, en el cuento. El mail es un género no contaminado todavía. A veces me gustaría recuperar mails que le mandé a la gente en los que me parece que lograba decir algo que quería decir. Pero con la sucesión que hubo de distintas direcciones electrónicas desde el noventa y pico hasta ahora, sería imposible. Además qué papelón pedir años después un mail que me mandaste. Pero los mails son todavía un refugio al que no llega la radiación literaria. La gente escribe mails con toda naturalidad, cuenta con gracia las cosas, y después las quiere poner en un cuento o una novela y las arruina con palabras como “rostro pensativo”, “allí”, “luz cansina”. Esa es la radiación literaria, que va mutando en tics de la época: el superyo que cada generación considera que es Literatura con mayúscula. Eso me gustó de los blogs en su momento, se olvidaban esa mayúscula. LA gente contaba su vida cotidiana sin pretensión literaria, sin darse cuenta de que estaba escribiendo bien. Contaban algo que les había pasado en el colectivo y fluía como ese viaje, lo contaban con la ropa suelta, sin pensar en la solemnidad del papel. A mí los blogs me ayudaron bastante a relajar la mano, a bajar un cambio del motor literario. Y la vez creo que es una búsqueda que no se consigue nunca, ni se abandona. Siempre hay dos fuerzas que tironean: la tradición y la propia época. Cada uno traza donde quiere –pero sobre todo donde puede- la línea resultante; ese es su estilo, ese lugar que uno va encontrando o buscando en cada oración. en cada párrafo.

Creo que como generación tenemos suerte (y algo de desgracia). Los nuevos soportes están provocando algo que no me animo ni a nombrar, porque no sé cómo se dice. Pero tenemos la posibilidad de explorar de explorar nuevas formas, probar, tratar de buscarle la máxima expresión al verbo eléctrico. Escribir on line provoca una energía que a veces me ayuda y a veces me destruye. Como autores todavía no sabemos controlar bien el voltaje, y la tensión nos quema. Estamos en la parte de la película en la que el superhéroe descubre de pronto su superpoder y todavía no sabe cómo manejarlo. No sé si les pasa a todos. A veces siento que entregar el verbo a la banda ancha en blogs y páginas web me permite comunicarme mejor, más efectivamente, más suelto, con más gracia, con más gente. Y a veces la banda ancha me liquida, me atomiza en chats, mails, google, series, música, y eso que me vengo manteniendo al margen de twitter y facebook (“antes me cojía blogueras, ahora me cojo twitteras”, dice un amigo). La banda ancha a veces me atomiza hasta la nada. Queda el cerebro flotando en el gran paraíso narcisista del ciberespacio, en el autogoogleo que me deja saber qué opinió una blogura griega de mi novela porque copio su post en el traductor de google y leo una versión tarzánica de algo que se dijo sobre mí en alfabeto homérico, sobre mi libro traducido allá, la nada flotante, el navegante complacido de sí, dormido en los laureles invisibles de la web, me leen en Grecia, les gusto en Grecia, bravo Mairal, aplausos, no hace falta escribir más, mírate otro capítulo de Mad Men, entremos a xvideos y dediquémosle otra larga paja tántrica a una brasileira infernal, flotemos, flotemos en la banda ancha y amniótica, hay mails que llegarán invitándote una semana a dar una charla de veinte minutos en algún lugar paradisíaco, hay exnovias en el chat, hay más boludeces para ver en Youtube que estrellas en el cielo, hay flotación, ya vas a escribir, ya habrá ganas, la novela ya fue, el cueno ya fue, la literatura no existe más, acaba de estallar en mil pedazos, podés seguir lobotomizándote tranquilo dentro de la matrix, acá dentro están todas las sensaciones que vos quieras.»

 

sábado, 15 de enero de 2011

día 1211. Un viejo de Askildsen revela el sentido social de la soledad y el individualismo

Los viejos de este autor, casi podríamos decir “el viejo”, tienen un amarga visión de lo que les rodea. A uno de ellos, al final del relato La aglomeración, se le escapa, porque Askildsen nunca habla de esas cosas, el sentido de lo que ocurre. Es el párrafo final, tras un lío provocado en la calle por un loco religioso.

*****

[...]

Cuando el grupo se dio cuenta de que el hombre había desaparecido, se fue calmando lentamente, y se fue cerrando una ventana tras otra. También yo cerré la mía, no era un día caluroso. El mundo está lleno de insensatez y confusión, la falta de libertad tiene profundas raíces, la esperanza de igualdad está disminuyendo, la fuerza superior es demasiado grande, eso parece. Tenemos que estar contentos con lo bien que vivimos, dice la gente, la mayoría vive peor. Y luego toman pastillas contra el insomnio. O contra la depresión. O contra la vida. ¿Cuándo llegará una nueva estirpe que entienda el significado de la palabra igualdad, una estirpe de jardineros e ingenieros forestales que talen los grandes árboles que dan sombra a todos los pequeños, y qué quiten los brotes del árbol de la ciencia?
Kjell Askildsen, Cuentos, Edición y prólogo de Fogwill. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Lengua de Trapo, colección Business Class

jueves, 13 de enero de 2011

día 1212. La poeta Inuk, rara y enorme, casi sola en su blog

Sabemos por la foto que es una mujer atractiva y tiene una cámara que debe ser muy buena, con la que hará las fotos que pone. Suponemos que ha leído mucha poesía. Sabemos que el blog es donde las pone, que no hay más contactos. Sé que, en su soledad literaria, ha llegado mucho más lejos de donde ella supone, que tiene un nervio poco frecuente, y unas tijeras o cincel con los que quita hasta dejar el cuerpo exacto. La encontraréis en El viaje de Inuk. Os dejo dos poemas que me han impresionado.

*****

Lo que mueve mi ser

Ni orilla, ni razón, ni límite
No soy animal, sino su zarpazo
No soy noche, sino su voz secreta
No soy lluvia ni arcilla
sino el molde intacto que siempre se desnuda

Confín donde el pájaro ya no es pájaro
sino la rebeldía de su vuelo
Por encima del aire,
de todos los alfabetos,
lejos
lejos.


Juicy Couture

Vengo de cercar la noche
pletórica de cometas,
Aúllo; hierro el cuerpo en las alturas
Que todo arda,
que a los labios le demos el fuego que nos piden
No quiero que me salven de este mundo.


miércoles, 12 de enero de 2011

día 1213. Los viejos y la familia en Askildsen

La soledad del viejo, con su escasa capacidad física, y el distanciamiento entre familiares (y parejas) son temas estrella de Askildsen. El viejo es un personaje que recurrente que deja helado, y sabemos que el número de viejos que viven solos aumenta. La familia es claramente nórdica: cuando se ven, es desastroso, pero pueden estar años sin hacerlo. De la pareja, que no pongo nada, resalta una incomunicación total. No he visto a nadie que los trate así. Hoy pongo el principio de dos relatos con muestras del viejo y de hermanos.

*****

Vaya

Un día de verano que no llovió me entraron ganas de moverme, o al menos, de dar una vuelta por la manzana. La idea me animó, de repente me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no me sentía tan de buen humor. Hacía tanto calor que creí poder ponerme los calzoncillos cortos, pero al ir a por ellos, me acordé de que los había tirado el año anterior en un ataque de melancolía. No obstante, la idea de los calzoncillos cortos se hizo tan imperiosa que corté las perneras de los calzoncillos largos que llevaba puestos. Nunca se es tan viejo como para perder la esperanza.

...

*****

No soy así, no soy así

Estaba bajando por la escalera de un bloque de cinco plantas a este de la ciudad; acababa de hacer una visita a mi hermana y no había sido una visita agradable, pues ella tenía muchos problemas, la mayor parte imaginarios, lo que no mejoraba en modo alguno la situación. Nunca la he querido mucho, ella no me ha tenido en tanta estima como debiera. Fui a hacerle una visita porque uno de sus problemas era más que rwal; se había caído y se había roto el fémur izquierdo.

...

Kjell Askildsen, Cuentos, Edición y prólogo de Fogwill. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Lengua de Trapo, colección Business Class

martes, 11 de enero de 2011

día 1214. Kjell Askildsen, mi gran amor, tan gélido y terrible

Los que me conocen bien, bien, saben que fui abducido por este autor desde que leí el primer relato del primer libro. Ya hablaré de la edición casi completa de sus cuentos que ha hecho Fogwill, y de rasgos de este autor. Hoy me puedo permitir, porque tiene un tamaño que se deja teclear, copiar un cuento que he leído varias veces, Askildsen puro. Cada vez que lo leo no tengo una reacción emocional, sino que me quedo como si estuviera abrigado y sentado en un paisaje de hielo azulado por la luna.


En la peluquería

Hace muchos años que dejé de ir al peluquero; el más cercano se encuentra a cinco manzanas de aquí, lo que me resultaba bastante lejos incluso antes de romperse la barandilla de la escalera. El poco pelo que me crece puedo cortármelo yo mismo, y eso hago, quiero poder mirarme en el espejo sin deprimirme demasiado, también me corto siempre los pelos largos de la nariz.

Pero en una ocasión, hace menos de un año, y por razones en las que no quiero entrar aquí, me sentía aún más solo que de costumbre, y se me ocurrió la idea de ir a cortarme el pelo, aunque no lo tenía nada largo. La verdad es que intenté convencerme de no ir, está demasiado lejos, me dije, tus piernas ya no valen para eso, te va a costar al menos tres cuartos de hora ir, y otro tanto volver. Pero de nada sirvió. ¿Y qué?, me contesté, tengo tiempo de sobra, es lo único que me sobra.

De modo que me vestí y salí a la calle. No había exagerado, tardé mucho: jamás he oído hablar de nadie que ande tan despacio como yo, es una lata, hubiera preferido ser sordomudo. Porque ¿qué hay que merezca ser escuchado?, y, ¿por qué hablar?, ¿quién escucha?,  y ¿hay algo más que decir? Sí, hay más que decir, pero ¿quién escucha?

Por fin llegué. Abrí la puerta y entré. Ay, el mundo cambia. En la peluquería todo estaba cambiado. Solo el peluquero era el mismo. Lo saludé, pero no me reconoció. Me llevé una decepción, aunque, por supuesto, hice como si nada. No había ningún sitio libre. A tres personas les estaban afeitando o cortando el pelo, otros cuatro esperaban, y no quedaba ningún asiento libre. Estaba muy cansado, pero nadie se levantó, los que estaban esperando eran demasiado jóvenes, no sabían lo que es la vejez. De manera que me volví hacia la ventana y me puse a mirar la calle, haciendo como si fuera eso lo que quería, porque nadie debía sentir lástima por mí. Acepto la cortesía pero la compasión pueden guardársela para los animales. A menudo, demasiado a menudo, bien es verdad que ya hace tiempo, aunque el mundo no se ha vuelto más humano, ¿no? solía fijarme en que algunos jóvenes pasaban indiferentes por encima de personas desplomadas en la acera, mientras que cuando veían un gato o un perro herido, sus corazones desbordaban compasión. “Pobre perrito”, decían, o: “Gatito, pobrecito, ¿estás herido?”. ¡Ay, sí, hay muchos amantes de los animales!

Por suerte, no tuve que estar de pie más de cinco minutos, y fue un alivio poder sentarme. Pero nadie hablaba. Antes, en otros tiempos, el mundo, tanto el lejano como el cercano, se llevaba hasta el interior de la peluquería. Ahora reinaba el silencio, me había dado el paseo en vano, no había ya ningún mundo del que se deseara hablar. Así que al cabo de un rato me levanté y me marché. No tenía ningún sentido seguir allí. Mi pelo estaba lo suficientemente corto. Y así me ahorré unas coronas, seguro que me hubiera costado bastante. Y eché a andar los muchos miles de pasitos hasta casa. Ay, el mundo cambia, pensé. Y se extiende el silencio. Es hora ya de morirse.

Kjell Askildsen, Cuentos, Edición y prólogo de Fogwill. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Lengua de Trapo, colección Business Class