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[Once meses sin aportar nada es demasiada vaguería. Quizá lo dejé porque lo que leo no suele estar en las mesas de novedades. ¿Qué importa?, me he dicho esta mañana. Esto es algo íntimo. Todo lo más, para curiosos].
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lunes, 2 de mayo de 2011

día 1964. “The Corrections”, de Jonathan Franzen. FINAL (XIV)

Creo que he contado suficiente (o más) de la trama central; aunque hay muchos asuntos colaterales que ni siquiera he mencionado. Y he copiado extractos de todo tipo, para mostrar los estilos, la perspicacia o intuición para las diferentes descripciones, que ajustan como un guante a la situación.

Quedan dos escenas, la 5 y la 6, de este sexto capítulo, entre las dos las páginas 689-723. La primera mitad de la escena 5 trata trata una acción durante una revuelta en Lituania, y el modo de Chip de escapar. El breve extracto siguiente es el último que voy a copiar.

«Había perdido la pista de lo que deseaba, y una persona es eso, precisamente lo que desea, de modo que la conclusión estaba clara: también había perdido la pista de sí mismo.»

Cuatro líneas maestras para describir el estado del personaje; pero hay algo más, veo aquí tres niveles y me referiré al segundo: la capacidad de escritura de Franzen para describir el estado total de un personaje en solo cuatro líneas.

La escena 6, la última del capítulo, es una obra de arte de la comunicación entre la mente ya casi totalmente confusa de Alfred, los sucesos del hospital y la presencia de Chip como testigo y actor. No digo que el muy breve Capítulo 7 no sea necesario. Pero el libro podría terminar aquí, desconsolado y desesperanzado: no solo el libro, no solo los dos personajes presentes, también el hombre (en el sentido de la humanidad) y el lector quedan desconsolados y desesperanzados.

El Capítulo 7, titulado LAS CORRECIONES, usa 7 páginas para ciertos ajustes: un favor al lector. Porque no todo queda claro. Encontramos en este capítulo algunas líneas maestras que el lector que quiera seguir elucubrando y discutiendo, consigo mismo o con otros, sobre la vida de ese matrimonio y sus tres hijos, pueda hacerlo.

La Contraportada contiene el resumen y elogiosas notas críticas habituales. Leo el resumen y no reconozco la novela (que tengo absolutamente presente). Suele pasar. Aunque sí me resulta exacta la primera mitad de la última frase: «El prodigio de esta novela es la secreta conexión entre el universo de los Lambert y el resto del mundo, la Norteamérica de los últimos noventa, un país irascible que se tambalea hacia un nuevo milenio».

La segunda parte de la frase es un error por redundancia: “conexión entre el universo de los Lambert y el resto del mundo” es lo vital. Esa Norteamérica es el escenario; y la conexión se da con ella como tal, como se puede dar con un español que vive en Madrid.

Algunas afortunadas veces me encuentro con historias realistas que me atraen como voyeur, en las que encuentro diversos niveles de profundidad que ofrecen “el prodigio de una conexión secreta con el mundo”. Y bastantes de esas novelas suelen ser norteamericanas. Quizá pasa como en otras artes, que hay tantos que la competencia por lograr la excelencia es feroz. Aquí, en España, las novelas que cuentan la historia de una familia se limitan a eso; muchas veces, situándolas en episodios históricos de cartón-piedra: “esa una novela de los maquis”, te dice un amigo; y yo siempre pienso que para saber de los maquis es mejor un ensayo, que lo que quiero es lo que hace Shakespeare o Cervantes: que me hablen del ser humano. O, como en el caso de una de mis favoritas, El Watusi, que es la que más me ha enseñado del “espíritu de los primeros tiempos democráticos” (y eso no se escribe en un ensayo), el narrador o personaje lleva una vida rara que le conecta con los mundos más raros. El realismo español es paticorto.

El de esta enorme novela, Las Correcciones, es un realismo de un autor que calza botas de siete leguas.


Jonathan Franzen, Las correcciones; traducción de Ramón Buenaventura. Biblioteca Formentor, Seix Barral, abril de 2002
Ramón Buenaventura, Diario de un traductor: I a L, publicado en la sección El trujamán del Centro Virtual Cervantes entre el 29 de enero de 2003 y el 29 de abril de 2004


domingo, 1 de mayo de 2011

día 1965. “Diario de una traducción”, de Ramón Buenaventura (XIII). Y carta personal al traductor y autor del Diario

Capítulo XLV

También por el Diario pasan los años. Esos alimentos que eran raros en Estados Unidos cuando se escribió la novela, pueden ser comunes allí y aquí en un breve período de tiempo. El término quinoa, raro entonces, te asalta desde decenas de productos desde el momento en que entras en una parafarmacia o un centro vegetariano. Es más, mi pareja desayuna una combinación de cereales en la que nunca falta la quinoa, así que muchas veces veo el paquete en un estante de la cocina. De los problemas que trae el que una personaje sea cocinera, muchos de ellos los he sufrido yo, traduciendo libros de cocina y volviéndome loco porque el 80% de los ingredientes no existían en España; y, claro está, tampoco sus nombres (más de una vez, recuerdo, decidí “pongo tomates y que sea lo que Dios quiera”. Y el remate, como explica Buenaventura, es cuando los lectores objetivo son de España y de Latinoamérica, donde los nombres suelen variar de un país al otro. Ya que al escribir sobre este capítulo me estoy permitiendo referencias a aquellos años prehistóricos en los que comía y pagaba el alquiler gracias a la traducción, me voy a permitir otra. Recibí un día una carta de un centro de estudios amazónicos, con sede en Iquitos. No conseguí saber por qué me eligieron, más allá de una generalidades del tipo “el Padre XXX nos lo recomendó” (generalidades porque no tenía ni idea de quién era el Padre XXX). Querían que tradujera un libro que me enviaban con la carta, de un explorador y naturalista inglés de la primera mitad del XIX. El libro era una preciosidad, no como objeto, sino por su contenido. Pero cuando llevaba leídas tres páginas les escribí diciendo que era imposible que lo tradujera, pues en esas 3 páginas citaba ya 5 tipos de palmera, cuando mis conocimientos al respecto se limitaban a 2: la que da dátiles y la que adorna.

Me respondieron enseguida, diciéndome que no me preocupara, que lo que les interesaba era mi “estilo” en la narración de las aventuras: que tenían catalogados miles de palmeras diferentes, cuyos nombres solían cambiar cada 20 kilómetros. Ellos se encargarína, donde fuera posible, de añadir el nombre latino.


Capítulo XLVI

La gloria de un traductor, el italiano en este caso, cuando contribuye con un punto de vista que el autor no había puesto, pero acepta encantado.

Y ahora, para aliviar un poco la tensión culinaria, acudamos al sexo bruto y duro, que también aparece en The Corrections, aunque nunca con la frecuencia que el lector saludable normalmente ansía. She was haunted, just as she’d feared, by the afterimage of his dick. She felt gladder and gladder that she hadn’t let him put it in her. La frasecita no presenta la menor dificultad, a no ser que uno ignore hasta lo más elemental del vocabulario grosero en lengua inglesa. Si la traigo aquí, es para comentar la ocurrencia del traductor italiano, a quien no gustaba poco ni mucho la traducción literal de «she hadn’t let him put in her» (no le había permitido metérsela) y propone «farglielo assaggiare» (hacérselo probar), que, según él, añade al texto un toque culinario la mar de ad hoc. El autor aprobó la moción con entusiasmo. Ya ven ustedes, pues, hasta qué extremos puede llegar la creatividad de los traductores, cuando nos ponemos a ello.

Capítulo XLVII

Es necesario, poner este capítulo entero. Al final, en unas brevísimas conclusiones, le contesto.


Hay un refrán sefardí que estos oídos han oído, todavía retozón y pronunciable, en el Tánger de la infancia y la adolescencia: «¿Quién alaba a la novia coxa? Su madre la tullida» (es texto cantábile con las inflexiones de la jaquetía; la elle de «tullida» se pronuncia a la bonaerense, pero sin exagerar, che).
No seré yo, madre tullida de esta traducción, quien la alabe, sin embargo. Pusiéronla bien, y hasta muy bien, los pocos críticos que en sus reseñas la mencionaron, y dejáronla en buen sitio quienes, sin mencionarla, alabaron la «extraordinaria riqueza de lenguaje» de Las correcciones (que, claro, tanto o más pertenece al traductor que al escribano original). Pero lo más frecuente es que los críticos no hayan leído dos veces el libro, o séase: que sólo hayan leído el original o sólo la traducción; y, por consiguiente, no es que ninguneen la traducción, como tanto denuncia la trujamanería andante (para coche no da este oficio), sino, sencillamente, que, preguntados, poco podrían decir de ella con verdad.
Quienes realmente conocen el valor de una traducción son los pocos individuos que se han leído el original, que conocen la versión al otro idioma y que, encima, tienen criterio demostrado. García Gual hablando de una nueva versión española de la Iliada, pongamos por caso. No sé si, aparte del neoyorquino Eduardo Calvo y un servidor de ustedes y Elena Ramírez (su editora), habrá alguna criaturita humana que se haya leído The Corrections y Las correcciones, de modo que me van a permitir que pase muchísimo de la opinión ajena sobre mi traducción de esta novela y exprese la mía con rotundidad: non vale un tiesto foradado, que diría el Arcipreste.
No, en serio, no vale gran cosa. Tiene el mérito de la buena voluntad y del esfuerzo, rayano a veces en la cabezonería; pero ya conocen ustedes la vieja máxima sabia: «lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible».
Traducir bien The Corrections es imposible
Capítulo XLVIII

Dedica este y los dos capítulos siguientes, a hablar de las dificultades insalvables de la presente traducción. Imposible resumir lo que dice, así que lo copiaré entero:


Traducir bien The Corrections es imposible por acumulación de dificultades insalvables. Vamos a dedicar los últimos artículos de este ya largo diario de una traducción a repasarlas, como última lección de una experiencia que está bien para haberla vivido, pero que uno preferiría no añadirse otra vez al currículo.
Primera dificultad insalvable. Cuando una editorial decide publicar un libro tan exitosísimo en origen como The Corrections no solo tiene que pagar un buen adelanto, sino que ha de negociar con el autor y demás derechohabientes como si estuviese comprando el birlibirloque original de Midas (lo cual, a la hora de la verdad, puede no ser cierto; de hecho no resultó cierto, en el caso de The Corrections: el éxito europeo fue mucho más de prestigio que de gruesas ventas). Una de las concesiones que hubieron de hacer las editoriales europeas en este caso concreto consistió en aceptar la coordinación del lanzamiento; y ello implica casi siempre, para todos los afectados menos el que más manda, un acortamiento del tiempo disponible para el trabajo de traducción. Servidor de ustedes tuvo que traducir The Corrections a uña de caballo, quadrupedantemente, como quien dice, sin tiempo para asimilar bien los problemas del texto y poner en adobo las soluciones.
¿Culpa? De nadie. Así es la vida.
Segunda dificultad insalvable. El señor Franzen tenía su carrera literaria perdida cuando se puso a escribir The Corrections: sus libros anteriores habían gozado de críticas más o menos positivas, pero no habían superado los mínimos comerciales que permiten sobrevivir en un mercado como el editorial. De modo que decidió echar el resto en su nueva novela, y lo echó con feroz entusiasmo: ahí va todo lo que sé y todo lo que puedo pretender que sé (porque para eso están las enciclopedias y los opúsculos especializados). Medicina, comercio, finanzas, física, economía, sociología, química, ingeniería, cocina, publicidad, márquetin, moda, marroquinería, juguetes, frutos tropicales, automóviles, con un etcétera nada corto, todo ello investigado más o menos a fondo o, por lo menos, todo ello expresado en su jerga correspondiente.
Capítulo XLIX

[Seguimos con la segunda «dificultad insalvable»]
Buena parte de este revolcadero lingüístico es intraducible, porque la jerga ad hoc no se ha desarrollado igual en español. El traductor se encuentra una y otra vez con el mismo problema: sabe lo que el autor quiere decir, pero no puede expresarlo igual, con la misma eficacia; tiene que explicar. Un bono emitido por una autoridad municipal, que deja poco rendimiento pero es muy seguro, y que compran los pusilánimes financieros, puede explicarse, pero no nombrarse en español. Afortunadamente para la traducción, lo cierto es a) que el vocabulario especial se queda, casi siempre, en pura lentejuela literaria, casi enteramente prescindible; b) que, incluso, en algún momento el texto gana cuando de él se eliminan, por necesidad, determinados chistes o asociaciones basadas en términos profesionales y pelín traídas por los pelos en el original.
Pero, ojo: que una traducción pueda funcionar mejor que el original en determinados pasajes no significa que sea buena, sino aún más traidora de lo habitual.
Tercera dificultad insalvable. Una de las muchas y variadas catástrofes sociales, económicas, culturales, etc., que hoy en día vivimos no tiene nombre, porque nadie la ha estudiado aún con el necesario detalle, pero podríamos denominarla «pérdida casi total de las referencias comunes».
Hablo de la comunicación por alusiones que venimos practicando desde los principios de la raza humana (es decir de la lengua). Su máximo ejemplo de eficacia está en aquel metachiste que corrió, en tiempos, hasta por el Selecciones del Reader’s Digest: ese grupo de gente que se conoce tanto, y tan bien, que para contarse chistes sólo tiene que cantar el número. ¡El siete! Y todos se despepitan de la risa, menos los dos o tres a quienes no les hace ninguna gracia esa cifra concreta.
Capítulo L

[Seguimos con la tercera «dificultad insalvable»]
Eso, señoras y señores, c’est fini. Hemos perdido o estamos perdiendo sin que nadie pueda evitarlo las referencias tradicionales de la cultura occidental. Ya casi no podemos abreviar nuestra comunicación mediante los lugares comunes de la religión, la mitología, la literatura, las artes. Persisten algunas referencias (no sé: Adán y Eva, el caballo de Troya, Salomón, Júpiter, Venus, don Quijote, don Juan), pero la mayoría se han trocado en misterios insondables para la gente de nuestra época, cuando no remiten al cine o la publicidad. Por ejemplo: Correcaminos es mucho más rápido que Mercurio, dónde va a parar.
Lo malo de todo sistema de referencias en proceso de creación es que nadie sabe cuánto van a durar los elementos que nos propone. Las gracias publicitarias son como triquitraques y casi ninguna queda. Las gracias cinematográficas persisten algo más («nadie es perfecto», «siempre nos quedará París»), pero tampoco son fiables al cien por cien. Y, ahora, Internet consume cincuenta mil tópicos a la semana sin pestañear.
The Corrections está repleto de referencias postuladas que no sólo son provisionales, sino también locales norteamericanas. Por ejemplo: el lector debe entender que un personaje abunda en horterío porque compra los muebles en tal sitio (una tienda de la que no hemos oído hablar por nuestros pagos, por supuesto). Y ¿qué puede hacer el traductor? No mucho, porque ha de someterse a una decisión totalmente equivocada del autor: como ya contamos en los primeros artículos de esta serie, nada puede explicarse que él no explique.
En fin. El resultado de todo esto es, en mi interior, una extraña combinación de sentimientos. Por un lado, se queda uno frustradísimo, porque las condiciones no le han permitido disfrutar de la traducción y —perdóneseme la arrogancia, creo que justificable, en este caso— lucirse con ella; por otro lado, está uno orgulloso de haber superado parcialmente la imposibilidad, para ofrecer al lector de lengua española un reflejo aceptable de The Corrections.
Termino con una nueva referencia cultural:
That’s all, folks!
Carta personal al autor del Diario

Señor Don Ramón Buenaventura:
De lo que dice en el Capítulo L, y al que no he añadido comentario, no me queda otra que unirme a su lamento: no son los idiomas, que pueden aprenderse, lo que nos separa, sino las referencias: y para desgracia de todos –incluso de la mayoría, que ni siquiera es consciente del problema–, esta Torre de Babel se ha caído ella sola, o al menos se está cayendo.

De la “sensación” que se desprende de sus últimos capítulos, sí quiero decir algo: quiero negar lo que dice. Hay arquitectos que hacen casas “impresionantes”; hay otros que hacen casas perfectas, en las que todo funciona como debe, en las que los que las habitan se sienten felices y a gusto (salvo por motivos ajenos a la casa) y los amigos, cuando visitan a sus habitantes, se sienten relajados.

Es una suerte que a un arquitecto verdadero, funcional, le encarguen una casa que, además, ya desde lejos va a llamar la atención y le va a dar nombre (aunque también conocemos que unos cuantos de los “impresionantistas” no son sino unos papanatas, apoyados por unos políticos, no menos papanatas, que quieren unir su nombre a la Historia local).

Pero a mí, se lo aseguro, que me den profesionales funcionales. Incluso aunque se hayan visto sometidos a limitaciones indebidas (tiempo escaso, no poder quitar ni añadir nada ni avisándolo...). Esa traducción debió resultarle un pequeño martirio.

Leí la novela a poco de aparecer, en su traducción. Por muchas de las cosas que ha contado en el Diario, y algunas más, me declaro incapaz de leerla “de corrido”, como hay que leer, en su lengua original. Y me gustó no mucho, sino muchísimo. Todos hemos oído algo que muchas veces es cierto: la música de una película es buena cuando, la primera vez que ves la película, ni te das cuenta de que tenía música.

De ahí podríamos sacar que una traducción es buena cuando al terminar el libro te das cuenta de que en ningún momento te pareció que estabas “leyendo una traducción”. Ese es su mérito, compañero Buenaventura: es usted el que ha sufrido las dificultades, sin traspasárnoslas a los lectores. ¿Que hubo algunos términos que desconocía? Al menos a mí me pasa mucho: leo una novela de barcos de velas y leo unos palabrazos que no tengo ni idea de lo que significan realmente, pero me digo (hacen eso para navegar más rápido).

Y he vuelto a leerla ahora, otra vez, nueve años después de la primera y unos 7 años después de haber seguido su Diario en el Trujamán. Y el resultado ha sido un placer todavía mayor. Y aunque la estructura, la trama, el ir, venir y volver, son cosa de Franzen, el lenguaje en el que la he leído es suyo.

Sr. Buenaventura. Usted, de ser menos experto, podría haberme “destrozado” este placer, pero lo ha potenciado. Me niego a aceptar esa sensación de “casi fracaso” que nos quiere transmitir en sus últimos capítulos. El placer que me ha dado convierte su traducción en un éxito (al menos para alguien tan egoísta como yo, que acostumbra a pensar en sí mismo).



Jonathan Franzen, Las correcciones; traducción de Ramón Buenaventura. Biblioteca Formentor, Seix Barral, abril de 2002
Ramón Buenaventura, Diario de un traductor: I a L, publicado en la sección El trujamán del Centro Virtual Cervantes entre el 29 de enero de 2003 y el 29 de abril de 2004


domingo, 24 de abril de 2011

día 1966. Penúltimo capítulo de Las Correcciones de Franzen

Capítulo 6: UNAS ÚLTIMAS NAVIDADES (pp.597-723)

Escena 1 (599-606)

Como siempre el primer párrafo, sonoro y cuidadosamente equilibrado, es una pequeña joya de estilo. A veces se abre a lo sorprendente, como en la última línea.


«Abajo en el sótano, en el lado oriental de la mesa de Ping-Pong, Alfred estaba abriendo una caja de whisky Maker’s Mark llena de luces de Navidad. Ya estaban encima de la mesa las medicinas que tenía que tomar y los artilugios para el enema. Tenía una galleta de azúcar que acababa de prepararle Enid y que parecía un terrier, pero que tendría que haber parecido un reno. Tenía una caja de jarabe Log Cabin y dentro de ella las luces grandes de colores que antes adornaba los tejos del jardín. Tenía una escopeta de corredera en su estuche de lona, y una caja de cartuchos del veinte. Tenía una rara lucidez y estaba dispuesto a utilizarla mientras durase.» (p. 599)
Mientras Enid estaba arriba, flagelándose con el arreglo de la casa, Alfred pensó que era mejor apartarse de ella y trabajar con lo que tenía.

«Era mejor mantenerse lejos de su vista, pensó Alfred, en el sótano, y trabajar con lo que buenamente tenía. Ofendía su sentido de la proporción y del ahorro tirar a la basura una ristra de luces que estaba bien en un noventa por ciento. Ofendía su sentido de su propia persona, porque Alfred era un individuo de una época de individuos, y una ristra de luces también era, como él, algo individual. Lo de menos era cuánto hubiesen pagado por las luces, poco o mucho: tirarlas era negar su valor y, por ende, en general, el valor de los individuos; incluir voluntariamente en la calificación de basura un objeto que no es basura, y a uno le consta que no lo es.
La modernidad esperaba esa designación, pero Alfred se resistía.
Pero, desgraciadamente, no se le ocurría cómo arreglar las luces.» (p. 600)
Se da por vencido ante la modernidad, que exige tirar lo que tiene un fallo parcial y salir a comprar. Enfrentarse a la obsolescencia, la vejez.

«Viene uno provisto, desde pequeño, de una voluntad de arreglar las cosas por uno mismo y de un respeto hacia los objetos físicos individuales, pero, al final, hay algo en la maquinaria interna (incluida la maquinaria mental, como esa voluntad y ese respeto) que se queda obsoleto, y, en consecuencia, por mucho que a uno le queden aún ciertas partes que siguen funcionando bien, no sería descabellado defender la opción de arrojar la máquina humana entera a la basura.
Lo cual era otro modo de decir que estaba cansado.
Se colocó la galleta en la boca. La masticó cuidadosamente y se la tragó. Era un infierno envejecer.» (pp. 602-03)
No se ahogó cuando cayó al mar. Tomó la decisión de sujetarse al flotador. Dudaba si había hecho bien.

«Luego lo izaron del agua y lo secaron y lo envolvieron. Lo trataron como a un niño, mientras él reconsideraba la pertinencia de haber sobrevivido. No le había pasado nada, salvo la ceguera de un ojo y el no funcionamiento del hombro y otras cosas de menos consideración, pero le hablaban como si hubiera sido un idiota, o un muchachito, o un loco. En esa fingida solicitud, ese desprecio apenas disimulado, vio el futuro por el que había optado estando en el agua. Era un futuro de clínica geriátrica, y lo hizo llorar. Más le habría valido haberse ahogado.
Cerró con llave la puerta del laboratorio, porque, en el fondo todo se reducía a la intimidad, ¿o no? Sin la intimidad, no tenía sentido ser individuo. Y poca intimidad iban a consentirle en una clínica geriátrica.» (pp. 604-05)

Escena 2 (606-27)

A pesar de que todo va mal, a Enid todo le va muy bien; hasta que se le terminan las pastillas Aslan.

«Enid no se avergonzó en absoluto, ni siquiera un poquito, mientras sonaban las bocinas de aviso y el Gunnar Myrdal se estremecía con la inversión de sus propulsores y Silvia Roth la llevaba por entre la multitud que atestaba el salón Pippi Calzaslargas gritando ¡Es la mujer, es la mujer! [...] Volvió a St. Jude de tan buen talante, que fue capaz de llamar a Gary y confesarle que no había enviado por correo a la Axon Corporation la certificación notarial de cesión de licencia firmada por Alfred, [...] y Enid siguió tan campante hasta que se le terminó el Aslan y creyó morirse de vergüenza.
Era una vergüenza paralizadora y atroz,» (pp. 606-7)
Mala noticia, le había dicho a todo el mundo que iba a venir su nieto Jonah, pero está enfermo: estupendo juego con una frase bíblica:

«Aquel camello de decepción pasó por el ojo de la aguja gracias a la voluntad que puso Enid en enhebrarlo.» (p. 611)
Gary llega sin Jonah:

«El mundo, en las ventanas, parecía menos real de lo que a Enid le habría gustado. El foco de sol que asomaba bajo el techo de nubes era la iluminación soñada para ninguna hora en especial. Comprendió que la familia que se había empeñado en reunir ya no era la familia que ella recordaba, que estas Navidades ya no se parecían a las Navidades de antaño. Pero estaba haciendo lo posible por ajustarse a la nueva realidad. De pronto, le entró una emoción tremenda porque venía Chip.» (p. 618)
Alfred no debe bañarse, porque se le encajan las caderas y no puede salir. Pero no se ducha, se baña. Enid pide ayuda a Gary para sacarlo, y este explica sus condiciones y disposiciones.

«—Vamos a ver. Éstas son las reglas básicas, madre —dijo con su voz de declarar en juicio—. ¿Me estás escuchando? Éstas son las reglas básicas. Durante los tres próximos días, haré todo lo que quieras que haga, menos ocuparme de papá cuando se encuentre en situaciones en que no debería encontrarse. Si quiere subirse a una escalera y caerse, lo dejaré ahí tendido. Si se desangra, que se desangre. Si no puede salir de la bañera sin mi ayuda, que pase las Navidades en la bañera. ¿Me he expresado con suficiente claridad? Aparte de eso, haré todo lo que quieras que haga. Y luego, el día de Navidad, por la mañana, vamos a sentarnos los tres, a charlar un rato...» (p. 619)
El estado de credulidad y autoaminación de Enid:

«El espectáculo no era más que luces en la oscuridad, pero Enid estaba sin palabras. Es mucha la frecuencia con que se nos exige credulidad, y pocas las veces en que podemos entregarla por completo; pero aquí, en el parque Waindell, Enid se sentía capaz de creérselo todo.» (p. 627)

Escena 3 (627-50)

Por petición de Enid, Gary va a la Ciudad Hospital a comprar un baño de asiento para Al. Su problema ante la enfermedad (uno piensa si ese problema no lo sufre la clases media alta y la alta en ese país, y por eso pasa lo que pasa):

«El problema de Gary ante la enfermedad no era sólo el hecho de que suponía grandes cantidades de cuerpos humanos y que a él no le gustaban los cuerpos humanos en grandes cantidades, era sobre todo que le parecía cosa de las clases inferiores. Los pobres fumaban, los pobres comían carretadas de rosquillas Krispy Kreme. Los pobres se dejaban preñar por familiares próximos. Los pobres tenían pobres hábitos higiénicos y vivían en barrios tóxicos. Los pobres, con sus achaques y dolencias, integraban una subespecie de la humanidad que, gracias a Dios, se mantenía aislada en los hospitales y en sitios como este Economato Central, lejos de la vista de Gary. Eran una grey de gente tiste, gorda, estúpida, resignada al sufrimiento. Una clase inferior y enferma de la que Gary se complacía en mantenerse alejado.» (pp. 627-8)
A Gary no le gusta la Denise que recoge en el aeropuerto. Ha abandonado su trabajo, se pinta los labios, lleva anillos en los dedos y fuma. Cuando le cuenta que Bea Meisner le dio para Enid la botella de champán austríaco y un paquetito, diciéndole que esas pastillas eran adictivas, no se las dio a Enid. Denise las reconoce enseguida como Mexican A (las que le hicieron perder los papeles y el trabajo a Chip) y se echa a reír. Le dice que no tiene derecho a no dárselas a su madre. Y le contesta que no, que no toma nada más fuerte que alcohol.

«Denise no discutió con él. Se puso las gafas de sol y miró las torres de Ciudad Hospital, contra el brutal horizonte sur. Gary había esperado más cooperación por parte de ella. Ya tenía un hermano “alternativo” y maldita la falta que le hacía una hermana igual. Le frustraba mucho que la gente se desgajara tan alegremente del mundo de las expectativas convencionales; le echaba a perder el placer que obtenía de su casa y de su trabajo y de su familia; era como si le volvieran a redactar las normas de la vida, dejándolo en desventaja. Y lo encocoraba especialmente el hecho de que el último tránsfuga que se paraba a lo “alternativo” no fuera algún desharrapado “Tercero” de una familia de “Terceros”, o de una clase de “Terceros”, sino su propia hermana, con todo su estilo y todo su talento, que acababa de destacar, allá por septiembre, sin ir más lejos, en una actividad convencional sobre la que sus amigos podían informarse en el New York Times. Ahora había dejado su trabajo y llevaba cuatro anillos y un abrigo flamígero y apestaba a tabaco...» (p. 637)
Todo es desastre y enfrentamiento en Gary. Sabe que es el traidor a la familia de la que viene, por haberse presentado solo, sin su mujer y sin sus hijos. Ni siquiera el más pequeño. Desde esa posición, solo cabe el enfrentamiento:

«—Madre —dijo Gary—, sería muy de desear que no siguieras haciéndote ilusiones con respecto a Chip.
—Me pareció oír un coche.
Vale, no te prives, pensó Gary saliendo de la casa: concéntrate en quien no está y hazles la vida imposible a quienes sí están.» (pp. 639-40)

Escena 4 (650-689)

Otro principio generoso, como si el autor dijera “Os voy a contar esto, que viene de esto otro. Y aunque parezca difícil contarlo, veréis como os lo cuento”. Y al terminar la escena, ves que sí: que te ha contado eso, que te ha contado más y que ha colocado el suelo donde colocar los muebles de otras historias.

«Tras su despido por Brian Callahan, Denise primero se destazó y luego puso los trozos encima de la mesa. Se contó a sí misma el cuento de una hija que nació en una familia con muchísima hambre de hija y que tuvo que salir huyendo para que no se la comieran viva. Se contó a sí misma el cuento de una hija que, en su desesperación por escapar, se iba refugiando en el primer escondite temporal que encontraba: hacerse cocinera, casarse con Emile Berger, vivir como una viejecita en Filadelfia, liarse con Robin Passafaro. Ni que decir tiene, sin embargo, que, a la larga, tales refugios, escogidos a toda prisa, resultaron impracticables. En su empeño por protegerse del hambre de su familia, la hija consiguió exactamente lo contrario. Puso todo de su parte para que el apogeo del hambre de su familia coincidiera con el momento en que la vida se le vino abajo, dejándola sin pareja, sin hijos, sin responsabilidades, sin ninguna clase de defensa. Fue como si se hubiera pasado el tiempo conspirando para estar disponible cuando sus padres necesitaran sus cuidados.
Sus hermanos, mientras, habían conspirado para no estar disponibles.» (p. 650)
[...]
«A falta de un cuento mejor, estuvo a punto de quedarse con este. El único problema era que no lograba reconocerse en la protagonista.» (p. 651)
Denise, fuera de St. Jude, vuelve a ser el centro del narrador.

«..., Denise la emprendió a patadas contra la pared sur de su cocina, hasta que le entró miedo de romperse un dedo del pie. Dijo:
—¡Tengo que salir de aquí!
Pero no era tan fácil. Robin había tenido un mes para que se le pasara el cabreo y para llegar a la conclusión de que si acostarse con Brian era pecado, en la misma culpa había incurrido ella. Brian había alquilado un ático en la parte vieja de la ciudad, y Robin, como Denise imaginó en su momento, estaba totalmente decidida a mantener la custodia de Sinéad y Erin. Para reforzar su posición jurídica, seguía instalada en la casa grande de Panama Street, consagrada otra vez a sus tareas de madre. Pero estaba libre durante las horas de colegio y también los sábados, cuando Brian se llevaba a las niñas, y, tras madura reflexión, había decidido que la mejor manera de ocupar esas horas libres era pasarlas en la cama de Denise.» (p. 655)
El maltrato buscado y ofrecido con agrado sube de tono hasta que un día Denise le pega un puñetazo. Harta de ser tan cruel con Robin, corta con ella: la única persona que le podría haber ayudado en los 6 meses que sus padres iban a pasar en Filadelfia. Después, voló a St. Jude para las navidades.

«En su primer día de estancia, como en todos los primeros días de todas sus visitas anteriores, se dejó caldear el ánimo por el calor de sus padres e hizo todo lo que su madre le pidió. [...] ,amó a sus padres como nunca había amado;
[...]
En la mañana de su segundo día de estancia en St. Jude, como en todas las mañanas del segundo día de sus visitas anteriores, amaneció cabreada. El cabreo, como tal, era un hecho neuroquímico autónomo; imposible cortarlo.» (pp. 659. 660)
El segundo día empeora, pero ya no es ella, es todo. Y ese todo produce un párrafo emocionante que solo Denise (pienso ya en ella como una persona, no como un personaje) puede producir. La frase entra perfectamente en la historia que se cuenta, la dice una hija acerca de sus padres. Pero quiero recalcar que va más allá —posiblemente esto es una percepción subjetiva—, mucho más allá de una relaciones paterno-filiales: es un latigazo a nuestra falta de capacidad de imaginar el infierno en los otros (siempre tan lejos, los otros).

«Mientras subía corriendo a su dormitorio y, luego, mientras se ponía el abrigo y los guantes, sintió una pena enorme por su madre, porque, a pesar de lo mucho y lo muy amargamente que Enid se había lamentado ante ella, Denise nunca había acabado de asimilar que la vida en St. Jude se pudiera haber convertido en semejante pesadilla; y ¿qué derecho tiene nadie a respirar, por no decir a reír o dormir o comer bien, cuando no se es capaz de imaginar las durísimas condiciones en que otro ser humano está viviendo?» (p. 678)
Tras el dolor, el conocimiento. Este orden es espléndido.

«Nunca había conocido de verdad a su padre. Seguramente, nadie lo había conocido. Su timidez y su formalidad y sus tiránicos arranques de cólera le sirvieron para proteger su intimidad de un modo tan feroz, que, queriéndolo como Denise lo quería, uno se daba cuenta de que el mayor bien que podía hacérsele era respetar su intimidad.
Alfred hizo lo mismo, dio pruebas de tener fe en ella, aceptándola tal como ella misma se presentaba, sin tratar de averiguar nunca lo que se escondía tras la fachada. Cuando más a gusto se encontró Denise con él fue reivindicando en público la fe que su padre tenía en ella: cuando sacaba sobresalientes, cuando sus restaurantes tenían éxito, cuando los críticos gastronómicos la adoraban.
Entendía, mejor de lo que le habría gustado entenderlo, el desastre que para su padre tenía que haber significado el hecho de orinarse delante de ella. Estar tumbado sobre una mancha de orina que se iba enfriando rápidamente no debía ser el modo en que Alfred deseaba encontrarse con su hija delante. Solo tenían una buena forma de estar juntos, y no les iba a valer durante mucho tiempo más.
La extraña verdad, en lo que a Alfred respectaba, era que el amor, para él, no consistía en acercarse, sino en mantenerse alejado. Denise lo entendía mejor que Gary y que Chip y, por consiguiente, se sentía en una especial obligación de dar la cara por su padre.
Chip, desgraciadamente, creía que Alfred solo se interesaba por sus hijos en la medida en que tuvieran éxito. Chip estaba tan ocupado sintiéndose incomprendido, que jamás había llegado a darse cuenta de lo más que entendía él a su padre. [...] di había alguien en el mundo a quien Alfred amaba puramente por sí mismo, ese era Chip. [...] Chip era a quien Alfred llamaba en mitad de la noche, aun sabiendo muy bien que no estaba en casa.»

Jonathan Franzen, Las correcciones; traducción de Ramón Buenaventura. Biblioteca Formentor, Seix Barral, abril de 2002
Ramón Buenaventura, Diario de un traductor: I a L, publicado en la sección El trujamán del Centro Virtual Cervantes entre el 29 de enero de 2003 y el 29 de abril de 2004


jueves, 21 de abril de 2011

día 1968, sobre la novela, capítulo EL GENERADOR (X)


NOVELA

CAPÍTULO 5: EL GENERADOR (pp. 443-596)


ADVERTENCIA: el modo en que he tratado este capítulo ha sido r contando prácticamente todo lo que pasa, añadiendo extractos que corroboran lo dicho o están escritos de tal forma que resultan ejemplarizantes. A mí me gusta que me cuenten las tramas, cuando las hay; e incluso el final. Pero al que no le guste, mejor no leer este post. Si es que alguien dispuesto a enfrentarse a su longitud. Desde luego, si no conociera el libro y leyera esto, estaría ya camino de una librería.

Escena 1 (445-460)

Escena de vértigo en la que empieza a hablar de una persona que no conocemos, Robin Passaforo, y recorre a todos los miembros de su familia, hasta que llega al nombre de su marido, Brian, del que sabemos que se ha hecho rico vendiendo un programa de software. Robin no quiere abandonar Filadelfia y Brian, un hombre tranquilo, al que lo que le más le gusta es comer bien, pretender abrir uno a su gusto (para que vivir allí merezca la pena). Lo recorre todos y contrata a la jefa de cocina que más le gusta: Denise. ¡Ah, ahora se entiende! Este es el capítulo de Denise. Copio 4 trocitos: el primer párrafo, por la maestría en que ofrece la información; una brevísima descripción de un primo de Robin, por graciosa; uno que, brevemente, nos dice de maravilla quiénes son Robin y Brian; y la expresión del restaurante que quiere Brian.

Desde ya, pido la compasión de quien pueda leer esto, si hay alguien que lo hace: el capítulo es más extenso que algunas novelas; luego las notas y los extractos serán extensos. De lo que estoy seguro es de que quien llegue al final se sentirá en deuda con Franzen,

«Robin Pasafaro era de Filadelfia y pertenecía a una familia de gente alborotadora y muy arraigada en sus creencias. El abuelo  de Robin y sus tíos Jimmy y Johnny eran todos ellos miembros irreconciliables del sindicato de camioneros. El abuelo, Fazio, trabajó a las órdenes del jefe del sindicato, en calidad de vicepresidente nacional, y llevó la rama más importante de Filadelfia, malbaratando las cuotas de 3.200 afiliados, durante veinte años. Fazio sobrevivió a dos sumarios por asociación para delinquir, una coronaria, una laringotomía y nueve meses de quimioterapia antes de retirarse a Sea Isle City, en la costa de Jersey, donde ocupó su tiempo libre yendo cada mañana al embarcadero a cebar con trozos de pollo crudo sus trampas cangrejeras.»

«Baby Jimmy era famoso en los círculos locales de Drogadictos Anónimos por haberse enganchado a la metadona sin haber pasado por la heroína.»

«Fue muy típico de Brian que, no habiéndole comentado a Robin la inminente venta, tampoco, en la noche del día que se cerró el trato, soltara una sola palabra sobre el asunto hasta que las chicas no estuvieran en la cama, en su modesto halé de adosado yuppie, de las cercanías del Museo de Arte, y mientras ambos cónyuges veían en la tele un documental de Nova sobre las manchas solares.
—Oye, por cierto —dijo Brian—: ninguno de los dos tendremos que volver a trabajar nunca.
Fue muy típico de Robin —de su excitabilidad— que al recibir la noticia se echara a reír y no parase hasta que le entró un ataque de hipo.»

«—Este es el primer restaurante verdaderamente bueno que hay en toda Filadelfia —dijo—. Un sitio de los que haría exclamar a cualquiera: “Oye, pues sí, sí se puede vivir en Filadelfia, si no queda más remedio”. Me trae sin cuidado que haya o deje de haber alguien más de esta opinión. Lo que quiero es un sitio que me haga sentirme a gusto, a mí. En resumen: sea cual sea la cantidad que le están pagando ahora, yo se la doblo. Y luego se va usted a Europa y se pasa dos meses comiendo a mi costa. Y luego vuelve y monta usted un restaurante auténticamente bueno, que también llevará personalmente.»


Escena 2 (461-491)

El primer contacto de Denise con el mundo real y laboral, antes de ir al College en otoño. El consejo de Alfred, cuando la lleva en coche el primer día, dice mucho de él:

«—Verás que algunos empleados hacen una pausa para tomar café —le dijo Alfred a su hija en lo rosado del amanecer, mientras bajaban en coche hacia el centro de la ciudad, camino del primer día de trabajo de Denise—. Quiero que sepas que no se les paga por tomar café. Espero que tú te abstengas de hacer pausas de café. La compañía nos hace un favor al contratarte, y te paga para que trabajes ocho horas. Que no se te olvide. Si pones en esto la misma energía que en tus estudios y en tu trompeta, serás recordada como una gran trabajadora.»

Conoce a todos los delineantes, que babean con ella, menos uno Don Armour, que por eso a la joven Denise la cae mal. Va a regar las plantas del profe de teatro, que estará fuera un mes: él es el que le enseñó todo lo que de glamour tiene la vida. Es un personaje importante para ella. Todas las conversaciones en la oficina son banales(o cargadas de un subsentido banal). Estaba en un banco, comiendo y leyendo, y aparece Don, la víctima del orden social. Han sido muchas páginas de contar la vida superficial del trabajo como es, en honor de Denise, que no la conocía. Hay un largo párrafo, con muchas frases que comienzan con “no se le pasó por la cabeza”, donde se resume el sentido, el pasado el futuro y el presente: se anuncia que algo va a pasar entre los dos, que algo salió mal y que, 10 años después, ella sigue sintiéndose culpable. Cuando Franzen quiere contar la banalidad, escribe muchas páginas

«No se le pasó por la cabeza, a Denise, que la sonrisa de Don era por la vergüenza que le daba haber intentado ganarse su comprensión de un modo tan evidente, por el método tan rancio que había utilizado para acercarse a ella. Tampoco se le pasó por la cabeza que el número del pinacle del día antes lo hubiese montado en su honor. Tampoco se le pasó por la cabeza que Don hubiera adivinado que ella estaba en el cuarto de baño y que se hubiera expresado del modo que lo hacía para que ella lo escuchase. Tampoco se le pasó por la cabeza que la táctica fundamental de Don Armour erala autocompasión y que bien podía, con su autocompasión, haberse ligado a unas cuantas chicas antes que ella. Tampoco se le pasó por la cabeza que él estuviera ya planeando —que llevara planeando desde el día en que se estrecharon la mano por primera vez— cómo llevársela al huerto. Tampoco se le pasó por la cabeza que él apartara los ojos no sólo porque su belleza le causara dolor, sino porque la Regla nº 1 de cualquier manual de los que se anuncian en la contracubierta de las revistas para hombres («Cómo conseguir que se vuelvan LOCAS por ti, cada vez que lo intentes») era Ignórala. Tampoco se le pasó por la cabeza que las diferencias de clase y situación que tanto la incomodaban a ella podían constituir, para Don Armour, una verdadera provocación; que ella podía ser un objeto deseable por su condición lujosa, o que un hombre con proclividad a la autocompasión y con el puesto de trabajo en peligro bien podía obtener todo un surtido de satisfacciones por el hecho de acostarse con la hija del jefe, del jefe de su jefe. Nada de todo esto se le pasó por la cabeza a Denise, ni entonces ni luego. Diez años más tarde, aún seguía considerándose responsable.»

“El resto del verano fue un desastre”. Se acostó varios viernes con él. Se hizo la fusión (despidos) de los ferrocarriles. La despidieron. Su padre  se sintió orgulloso de ella, por lo bien que había trabajado, y le dijo una frase que tenía un sentido por lo que él sabía; y otro por lo que él no sabía:

«—El caso —dijo su padre— es que ahora ya tienes una idea de cómo es la vida en el mundo real.»

Escena 3 (491-500)

Una vuelta atrás a Denise, desde el college, cercana mentalmente de Gary y Caroline, pero los traiciona a ellos, traiciona sus estudios, traiciona a Julia Vrais, con la que veía TV sabiendo que, luego, Julia, no recuperaría el tiempo. Son atractoras de hombres. Genial primer párrafo para contextualizar a Denise en el college, copio el principio (también como prueba del funcionamiento del estilo cuando Franzen enciente los Rayos X):

«Hasta que de veras se instaló en Filadelfia, Denise siempre había deseado estudiar en algún sitio que no estuviera lejos de Gary y Caroline. La casa grande que éstos poseían en Seminole Street era como un hogar sin las miserias propias del hogar, y Caroline, cuya belleza la dejaba sin aliento, por el mero expediente de dirigirle la palabra, era estupenda como confirmación del derecho pleno de Denise a que su madre la sacara de quicio.» (p. 491)

El origen y fundamento de su pasión por la cocina:

«Denise pasó el verano siguiente en los Hampton, con cuatro de sus más disolutas compañeras de pabellón y falseó la situación a sus padres en todos los aspectos posibles. Dormía en un cuarto de estar y ganaba su buen dinero fregando platos y haciendo de pinche de cocina en la Posada de Quogue, trabajando codo con codo con una chica de Scardale que era muy guapa y se llamaba Suzie Sterling, y cayendo perdidamente enamorada de la vida entre pucheros. Le encantaban las horas de agobio demencial, la intensidad del trabajo, la belleza del resultado. Le encantaba la profunda quietud que seguía al barullo. Un buen equipo era como una familia electiva donde todos los integrantes del mundo culinario, tan pequeño y tan caluroso, funcionaban en pie de igualdad, donde todos los cocineros tenían un pasado o un rasgo de carácter extraño que ocultar y donde, incluso en medio de la más sudada intimidad, cada miembro de la familia disfrutaba de su ámbito privado y de su autonomía. Le encantaba todo eso.» (p. 493)

Tiene un lío con el padre de Suzi Sterling (ya van dos líos con mayores). Deja los estudios y se casa, no sabemos con quién).

«La tercera vez que se lió con un hombre que le doblaba la edad también se casó con él. Estaba totalmente resuelta a no convertirse en una liberal de chicha y nabo.» (p. 495)

El marido es Emile Berger, que la había contratado para el Café Louche. Se sienten muy unidos como cocineros. Aunque Emile pensaba que con un matrimonio ya había tenido bastante, se casa con ella y compran un edificio para abrir un restaurante. Hay una frase deliciosa que en dos líneas lo expresa todo:

«Hablaban de sabores como los marxistas hablan de revoluciones.» (p. 495)

Pero cuando él ya le había enseñado todo y ella pretendió enseñarle a él, se convirtió en un viejo cerrado y se volvieron una pareja de viejos:

«Su constreñido mundo de veinticuatro horas diarias en casa y en el trabajo, al mismo tiempo, porque eran lo mismo, se le antojaba idéntico al universo de dos en que vivían sus padres. Tenía dolores de vieja en las jóvenes caderas y rodillas y pies. Tenía manos de vieja, llenas de cicatrices, tenía vagina de vieja, seca, tenía prejuicios de vieja y actitudes políticas de vieja, tenía la misma actitud de rechazo a los jóvenes —a sus productos electrónicos y a su manera de hablar— que tienen los viejos. Se dijo, pues: «Soy demasiado joven para ser tan vieja». Tras lo cual su desterrado sentido de la culpabilidad salió volando de la cueva, sobre vengadoras alas, profiriendo gritos, porque Emile seguía tan devoto de ella como siempre, fiel a su inmutable personalidad, y era ella quien se había empeñado en casarse.» (p.496)

Se separan amistosamente y ella pasa a trabajar a la competencia, el Ardennes, que necesitaba una subjefa de cocina:

«En el Ardennes concibió el deseo de estrangular a la joven encargada de preparar los platos fríos. La chica, Becky Hemerling, estaba en posesión del título de una escuela de gastronomía y de una melena rubia rizada y de un cuerpo pequeñito y plano y de un cutis muy blanco que se tornaba escarlata en el caluroso ambiente de las cocinas. No había nada en Becky Hemerling que no pusiera enferma a Denise:» (p. 496)

Ya sabemos lo que pasa cuando Denise odia a alguien: acabaron siendo pareja. Una pareja que pelaba constantemente, por todo. Hasta que se separaron:

—No sé cómo puedes vivir tan increíblemente alienada de ti misma —le dijo Becky—. Tú eres tortillera, sin duda alguna. Y siempre lo has sido, sin duda alguna.
—Yo no soy nada —dijo Denise—. No soy más que yo.
Quería, por encima de cualquier otra cosa, ser una persona privada, un individuo independiente. No quería pertenecer a ningún grupo, pero mucho menos a un grupo de gente mal peinada y con normas resentidas y extrañas en lo tocante a la vestimenta. No quería ninguna etiqueta, no quería ningún estilo de vida, y terminó por donde había empezado: con ganas de estrangular a Becky Hemerling.»

Convencida de que, dijese lo que dijese Becky, no era lesbiana, pasó de jefa a un sitio nuevo Mare Scuro, de cocina marinera. Y durante un año no salió con nadie. No quería que Emile se enterara de que “había picado con otro hombre”.

«Más le valía trabajar mucho y no ver a nadie. La vida, en su experiencia, tenía una especie de lustre de terciopelo. Si mira uno desde cierto punto de vista, sólo se ven cosas raras. Pero basta con desplazar un poco la cabeza y todo parece razonablemente normal. Actuaba en el convencimiento de que no podría hacerle daño a nadie si se limitaba a trabajar.» (p. 500)

Escena 4 (500-)

Una mañana de mayo, Brian aparece en su casa, la sube el Volvo y le pide que se tape los ojos. ¿Hay algo que surge?

«Brian parecía empeñado en no hacer, ni decir ni obligarla a oír nada que no le gustase. Llevaba tres semanas llamándola por teléfono y dejándole mensajes en voz baja. («Hola, soy yo».) Su amor se veía venir de lejos, como un tren, y le gustaba. La excitaba por delegación [...] pero tampoco evitaba alentar a Brian en sus aspiraciones; y esta mañana se había vestido en consecuencia. No era justo, el modo en que se había vestido.» (p. 501)

La conduce a la antigua nave industrial elegida para el restaurante: para cada problema que ve Denise, él tiene una solución. Se reafirma el viaje a Europa, en el que él la acompañará 15 días, desde París. Conoce un domingo a la familia de Brian. Robin aparece lo justo y tiene la sensación de que está empujando a su marido en sus brazos. Muchas frases ambiguas. Denise piensa que los hijos acabarán por gustarle. Una llamada de Enid, rompe el espacio y la narración. Empieza el instructivo pero aburrido viaje europeo. Hasta Paría y Brian. Siente de nuevo que Robin se lo echa en sus brazos:

«¿A qué idiota se le ocurre, pensó, permitir que su marido se vaya a París con una mujer como yo? (p. 514)

Él no se lanza hasta dos días antes de terminar, aunque al final no pasa nada porque Denise no quiere, la descripción de los trabajos preliminares es deliciosa:

«Brian le puso las manos en todos los sitios en que ella esperaba que le pusiera las manos. Denise le desabrochó la camisa, como corresponde a la mujer, llegados a cierto punto. Le lamió la tetilla diciendo que sí con la cabeza, muy resuelta, como un gato. Le puso una avezada mano, ahuecada, en el bulto de los pantalones. Estaba siendo hermosa y ávidamente adulta, y le constaba. Se embarcó en trabajos de hebilla, en proyectos de ojales y botones, en labores de elástico, hasta que empezó a hinchársele dentro, apenas perceptible, y, luego, de pronto, muy rotundo, y, luego, no ya rotundo, sino cada vez más doloroso por el modo en el que le presionaba el peritoneo y los ojos y las arterias y las meninges, un globo tamaño cuerpo, con la cara de Robin, lleno de no está bien.» (p- 517)

Lo que queda en pie es una guerra abierta: ¿Conseguiría Brian convertir ese especio, en el pequeño tiempo asignado, en una maravilla? ¿Hablarían los periodistas de la comida? Copio un texto algo largo que me rece la pena, porque no solemos pensar en lo que hay detrás de un trabajo bien hecho. Lo que significa preverlo TODO, hacerlo bien TODO.

«Se convenció de que si, cuando abriera El Generador, las reseñas prestaban más atención al espacio que a las comidas, ella habría perdido y Brian habría ganado. De modo que se mató a trabajar. Asaba chuletas en el horno de convección, hasta tostarlas; luego las cortaba muy finamente, al hilo, para mejorar la presentación, reducía y oscurecía la salsa de col, para resaltar su sabor a nuez, a tierra, a repollo, a cerdo, y remataba el plato con un par de patatas nuevas, testiculares, de unas cuantas coles de Bruselas y de una cucharada de judías blancas estofadas que rociaba ligeramente con ajo asado. [...] de cerdo que le compraba directamente a uno de los pocos criadores orgánicos de los años sesenta que seguía en activo, haciendo él mismo la matanza y distribuyendo por sus propios medios. Invitó al tipo a comer, visitó su finca de Lancaster County y trabó conocimiento con los gorrinos en cuestión, pasó revista a su ecléctica dieta (yame hervido y alitas de polo, bellotas y castañas) y recorrió el recinto con asilamiento acústico donde se sacrificaban los animales. [...] Organizó festivales de rellenos a altas horas de la madrugada, ella sola. Sin salir de su sótano, preparaba chucrut en grandes cubos de veinte libras. Lo hacía con lombarda y trozos de col rizada en jugo de repollo, con enebro y granos de pimienta negra. Aceleraba la fermentación con bombillas de cien vatios.» (p.519)

De alguna manera, Robin y Denise intiman (¿desde que la había confesado que no se acostaba con hombres?). Sale la culpa de Robin por su hermano y hay un diálogo que me extrañó, que no sé toda vía si entiendo:

—Pero tú no has hecho nada malo —dijo Denise—. Nada de eso es culpa tuya.
Robin se dio la vuelta y la miró de frente.
—¿Para qué vivimos?
—No lo sé.
—Yo tampoco. Pero no creo que sea para triunfar.
Caminaron en silencio. Denise, a quien triunfar importaba muchísimo, hubo de observar que, para colmo de su colmada suerte, Brian estaba casado con una mujer de principios y con carácter.
Pero también observó que Robin no se distinguía por su lealtad.» (p. 527)

Ese acercamiento, del que también participaban las hijas, iba de maravilla. Pero en el fondo pensaba que Robin y Brian no tenían vida sexual: el día que les ve hacerse arrumacos. Todo es más complicado de lo que parece:

«después de las doce, extrajo su abrigo del fondo del montón de abrigos y salió corriendo de la casa. Se pasó más de una semana magullada como para llamar a Robin o ir a ver a las niñas. Estaba colgada por una mujer hetero casada con un hombre que a ella no le habría importado tener por marido. Era un caso razonablemente imposible. Lo que san Judas da, san Judas quita.» (p.  533)

Enid se le había quejado de que Alfred se pasa el día durmiendo en un sillón. Denise piensa (y calla) y regresa a Filadelfia.

«Si yo viviera con una persona histéricamente inclinada a estarme criticando todo el rato, pensó Denise, me echaría a dormir en un sillón.
A su regreso a Filadelfia, la cocina de El Generador estaba por fin a punto de funcionamiento. La vida de Denise volvió a sus niveles normales de locura, mientras reunía y entrenaba a su equipo, provocaba un competencia frontal entre los últimos jefes de repostería que tenía preseleccionados y resolvía mil y un problemas de suministros, horarios, producción y `recios de carta. [...] Mientras encendía la Garland y fomaba a sus empleados y afilaba sus cuchillos, pensó: Una mente ociosa es el taller del diablo.» (p. 537)

A pesar de escudarse en el trabajo, Robin la persiguió y la cazó. Se hizo amante de la mujer de su patrono.
Numerosas páginas de explicación del deseo, que explotaban y quedaban en nada, tanto trabajo por hacer y recibir una llamada de ¿Tienes un minuto?, estorbándolo todo con ese minuto. La capacidad de introspección de Franzen es asombrosa, como se ve en este extracto.

«Robin venía lista para consumir. No hace falta receta ni preparación para comerse un albaricoque. Aquí está el albaricoque y, bum, aquí está la gratificación. Denise había conocido barruntos de esta facilidad en su trato con Hemerling, pero hasta ahora, a sus treinta y dos años no había entendido bien de qué iba la cosa. Una vez que lo entendió, empezaron los problemas. En agosto, las niñas se fueron a un campamento de verano y Brian se fue a Londres, y la jefa absoluta del más famoso restaurante de la región, entre los nuevos, salía de la cama para al cabo de un rato encontrarse tendida en una alfombra, se vestía para enseguida desnudarse, llegaba hasta el vestíbulo en su intento de huida, para acabar corriéndose contra la puerta principal; con las rodillas temblorosas y los ojos amusgado, regresaba arrastrándose a la cocina adonde había prometido regresar en cuarenta y cinco minutos. Y nada de ello era bueno. El restaurante padecía las consecuencias. Había atascos en la lista de espera, retrasos en el comedor.» (p. 543-4)

El regreso de Brian dificulta las cosas, las hace más peligrosas. Es más, la desatención física/mental al restaurante ponía este en peligro. Una noche que ellos estaban fuera, como tenía llaves, fue a la casa de ellos para dormir en su cama. Encontró condones usados y se volvió loca de celos. De madrugada regresa al restaurante y trabaja brutalmente, poniéndolo todo en orden. La mañana siguiente recibe la visita de Robin.

«Robin se presentó a la mañana siguiente en la cocina, sin avisar. Llevaba una camisa blanca, muy grande, que daba la impresión de haber pertenecido a Brian. A Denise se le puso el estómago boca arriba cuando la vio. La condujo al despacho de dirección y cerro la puerta.
—No puedo seguir haciendo esto —dijo Robin.
—Muy bien, porque yo tampoco.
La cara de Robin era un puro borrón. Se rascaba la cabeza y se estrujaba la nariz, con pertinacia de tic nervioso, y se subía las gafas.
—Llevo desde junio sin ir a la iglesia —dijo—. Sinéad me ha pillado en algo así como diez mentiras diferentes. Quiere saber por qué no apareces nunca. Ya no conozco ni a la mitad de los chicos que colaboran con el Proyecto. Es todo un lío tremendo y no puedo seguir así.
Denise se desatragantó una pregunta:
—¿Cómo está Brian?
Robin se ruborizó.
—No tiene ni idea de nada. Es el mismo de siempre. Ya lo sabes, las dos le gustamos.
—Seguro que sí.
—Todo se ha vuelto muy raro.
—Bueno, tengo muchas cosas que hacer, de modo que...
—Brian nunca me hizo nada malo. No se merecía esto.» (pp. 548-9)

Tras el descontrol emocional, viene el éxito del restaurante. Va a NY a recoger a sus padres tras el crucero. Descubre que sigue deplorando a Enid en lo deplorable; y apreciando a Alfred en lo apreciable.
Una noche, Brian va a casa de Denise y le dice que está pensando abandonar a Robin.
Sorprendente y breve flashback del momento que acompañó a Gary a la presentación de Axon. Posiblemente, aunque eso había sido contado, sucede simultáneamente con lo que está contando del restaurante, Brian y Robin.

«Puede que hubiera habido esperanza para ella si le hubiera sido posible seguir en el tren, pero el trayecto hasta Filadelfia era muy corto, y enseguida estuvo de vuelta en el trabajo y no tuvo tiempo de pensar en nada hasta que asistió a la presentación de la Axon con Gary y se sorprendió a sí misma defendiendo no sólo a Alfred, sino también a Enid, en la discusión posterior.» (p 554)

Brian le pide que lo acompañe a una cena con famosos: su matrimonio está roto. Conversaciones chorras de los famosos. Brian duerme con ella. A las 9 se presenta Robin, que no ha podido dejar de ver, aparcado, el coche de este. En ese momento se produce la llamada de Gary que cuenta el asunto de la llamada de Enid del final del capítulo 3. Denise no quiere que se sepa claramente que Brian está allí. El mejor modo de explicar lo siguiente (lleno de matices y ambigüedades) es copiándolo, aunque sea largo.

«Y sin embargo su cuerpo, nada más abrirse la puerta, supo lo que deseaba. Deseaba a Brian para la calle y a Robin para la cama.
No podía decirse que hiciera frío, pero a Robin le castañeteaban los dientes.
—¿Puedo entrar?
—Estoy yéndome a trabajar —dij Denise.
—Cinco minutos —dijo Robin.
Parecía imposible que no hubiera visto el auto color pistacho, en la acera de enfrente. Denise la hizo pasar al zaguán y cerro la puerta.
—Se acabó mi matrimonio —dijo Robin—. Esta noche ni siquiera ha dormido en casa.
—Lo siento —dijo Denise.
—He rezado por mi matrimonio, pero me distraigo pensando en ti. Estoy de rodillas en la iglesia y me pongo a pensar en tu cuerpo.
El espanto se instaló en Denise. No era exactamente que se sintiera culpable de nada —en un matrimonio tambaleante, el reloj de cocer huevos había agotado su tiempo; ella, si acaso, había hecho que el reloj corriera un poco más—, pero lamentaba haber inflingido daño a esa persona, lamentaba haber competido. Tomó las manos de Robin y dijo:
—Quiero verte y quiero hablar contigo. No me gusta lo que ha pasado. Pero ahora tengo que irme a trabajar.
Sonó el teléfono en la sala. Robin se mordió el labio y dijo que sí con la cabeza.
—Vale.
—¿Nos vemos a las dos?
—Vale.
—Te llamo desde el trabajo.
Robin asintió de nuevo. Denise le abrió la puerta para que saliera y volvió a errar y soltó cinco alentadas de aire,
Denise, soy Gary, no sé dónde estás, pero llámame cuando oigas esto, ha habido un accidente, papá se cayó del barco, desde ocho pisos de altura, acabo de hablar con mamá...
Corrió al teléfono y lo levantó.
—Gary.
—Te he llamado al trabajo.
—¿Ha sobrevivido?
—No debería, pero sí.» (pp. 558-9)

Al acostarse con Brian, Robin monta un lío de mil demonios. A Denise le parece lógico. No esperaba en cambio la reacción de Brian: «Estás despedida».
Algo pasa aquí en la estructura de la escena: un mail a Chip, que responde (tema: “La próxima vez irá mejor, esperemos”); un mail a Chip, con respuesta (tema: “Obligaciones vacacionales”); 2 mails, con respuesta (tema: “Lo único que resultó dañado fue mi dignidad”). Y 4 mails a Chip sin respuesta: “Una bronca muy seria de tu hermana que está harta”, “Remordimiento”, “Preocupación”, “Solo faltan seis días laborables para Navidad”.

A continuación, un texto puesto en Internet, del que es autor Chip. Una mentira tras otra que le divierte y le hace ganar un buen dinero, ayudando a GITANAS a vender Lituania a pequeños inversores antisocialistas. Si un doble espacio que indique que ha empezado una escena. La línea giratoria ha pasado de Denise a Chip.

«La presentación oficial de lithuania.com fue el 5 de noviembre. Un báner de alta resolución —LA DEMOCRACIA PAGA BUENOS DIVIDENDOS— se iba desplegando al ritmo de dieciséis alegres compases del «Baile de los cocheros y de los mozos de cuadra», de Petrushka. En dos columnas paralelas, dentro del rico espacio gráfico de debajo del báner, iba una fotografía en blanco y negro de Vilnius Antes («La Vilnius socialista»: la Gedimino Prospektas con las fachadas corroídas por las bombas y los tilos hechos jirones) y una fotografía en exquisito color de Vilnius Después («La Vilnius del mercado libre: una lonja de boutiques y restaurantes junto al muelle, todo ello bañado en luz de miel). (La lonja, en realidad, estaba en Dinamarca). Chip y Gitanas se pasaron una semana trabajando de noche, cerveza va, cerveza viene, componiendo las restantes páginas, donde se prometían a los inversores las diversas ventajas epónimas e inseminatorias del primer y amargo mensaje colgado por Gitanas,, según el grado de compromiso financiero.» (p. 569)

Chip vive como un rico entre la pobreza, sin que ni por un momento se crea que es especial o que se merezca todo eso.

«Gitanas era el verdadero amor de Chip en Vilnius. Lo que más le gustaba a Chip de Gitanas era cuanto le gustaba Chip a Gitanas. Fueran a donde fueran, la gente les preguntaba si eran hermanos, pero la verdad era que Chip se sentía menos hermano de Gitanas que novia suya. En muchos aspectos se identificaba con Julia [Hay que recordar que Gitanas estuvo casado con Julia Vrais, que fue luego el gran amor de Chip, al que abandonó en la primera parte de la novela]: constantemente agasajado y dependiendo casi por completo de Gitanas en lo tocante a los favores y la orientación y las necesidades básicas. Hacía lo mismo que Julia, cantaba para pagarse la cena. Era un empleado valioso, un encantador y vulnerable norteamericano, un objeto de diversión y de indulgencia e incluso de misterio; y qué placentero le resultaba, por una vez, ser él el perseguidor: poseer cualidades y atributos que otra persona deseaba.
En conjunto, Vilnius se le antojaba un mundo encantador, hecho de carne a la brasa y repollo y pastel de patatas, de cerveza y vodka y tabaco, de camaradería, de acción empresarias subversiva y de coños.» (pp. 573-4)

«La principal diferencia entre Lituania y los Estados Unidos, en lo que a Chip se le alcanzaba, era que en Norteamérica los pocos ricos sojuzgaban a los muchos no ricos por medio de diversiones y cachivaches y productos farmacéuticos capaces de embotar la mente y matar el alma, mientras que en Lituania los pocos ricos sojuzgaban a los muchos pobres por medio de la violencia.
Le reconfortaba el foucaltiano corazón, en cierto modo, vivir en un país donde la propiedad de las cosas y el control del discurso público dependían, a ojos vistas, de quién poseyera las armas.» (p. 577)

«A escala mundial, Lituania venía perdiendo papel desde la muerte de Vytautas el Gran, ocurrida en 1430.» (p. 578)

«Gitanas trató de encontrarle sentido político al mundo que lo rodeaba, y no pudo. El mundo sentido mientras el Ejército Rojo estuvo ahí para detenerlo ilegalmente, pata hacerle preguntas que rehusaba contestar, para orle cubriendo poco a poco el lado izquierdo de quemaduras de tercer grado. Pero tras la Independencia, la política perdió su coherencia. Incluso una cuestión tan simple y tan vital como las reparaciones soviéticas a Lituania quedaba malamente ensombrecida por el hecho de que durante la segunda guerra mundial los propios lituanos ayudaron a perseguir a los judíos y por el hecho de que muchas de las personas que ahora gobernaban el Kremlin eran antiguos patriotas antisoviéticos que se merecían las reparaciones casi tanto como los lituanos.
—¿Qué puedo hacer ahora —le preguntó Gitanas a Chip— que el invasor es un sistema y una cultura, no un ejército?»

«En cuanto a Chip, su sentido de inferioridad ante el hecho de estar en Vilnius y ser un «patético norteamericano» que no hablaba lituano ni ruso, cuyo padre no había muerto prematuramente de cáncer de pulmón y cuyos abuelos no habían desaparecido en Siberia, y que nunca había sido torturado por sus ideales en la celda de una prisión militar sin calefacción, quedaba contrarrestado por su competencia como empleado y por el recuerdo de ciertas comparaciones extremadamente halagüeñas que Julia había trazado entre Gitanas y él. En los pubs y los clubes donde ambos hombres ni se molestaban, a veces, en aclarar que no eran hermanos, Chip tenía la sensación de ser el más exitoso de los dos.
—Fui un viceprimer ministro buenísimo —decía Gitanas en tono lúgubre—. No soy tan bueno como señor de la guerra y delincuente.» (p. 583)

En Lituania se monta un lío de mil demonios con unas elecciones, trucadas; un mafioso va a por Gitanas, Este le da a Chip un abultado sobre con dólares y le pide que vuelva a Nueva York, que también lo hará él más tarde, si puede. Uno d los dos guardaespaldas fieles que le quedan, lleva a Chip al aeropuerto, que es un caos. Llama a Enid para decir que va a pasar las Navidades a St. Jude, aunque no sabe cuándo volverá. El aeropuerto es un caos. Alguien pregunta que qué hace un tanque en la pista de despegue. Se apagan las luces y se cortan las comunicaciones.


Jonathan Franzen, Las correcciones; traducción de Ramón Buenaventura. Biblioteca Formentor, Seix Barral, abril de 2002
Ramón Buenaventura, Diario de un traductor: I a L, publicado en la sección El trujamán del Centro Virtual Cervantes entre el 29 de enero de 2003 y el 29 de abril de 2004