Este blog

[Once meses sin aportar nada es demasiada vaguería. Quizá lo dejé porque lo que leo no suele estar en las mesas de novedades. ¿Qué importa?, me he dicho esta mañana. Esto es algo íntimo. Todo lo más, para curiosos].

sábado, 17 de septiembre de 2011

Día 1950. “Los caballitos de Tarquinia”, de Marguerite Duras




A Gonzalo y Sandra, que me regalaron el libro

Da gusto, cuando lo ha escrito una maestra, leer una novela que no necesitas leer dos veces, que cuenta lo que cuenta y lo hace bien. Y te interesa lo que cuenta, porque los personajes resultan creíbles: hasta representativos de una época que yo, casi viví… con un poco de retraso. Burgueses franceses que se van de viaje al extranjero y son de izquierdas en los años 50.

Precisamente del año 50 es el affaire Mourre (ver http://en.wikipedia.org/wiki/Notre-Dame_Affair), que casualmente podemos ver en la Wikipedia en casi todos los idiomas menos en español. No tiene que ver con la novela, pero sí con los “estilos” de la izquierda francesa de la época: el mandarinato intelectual de Sartre, que sigue al pie de la letra al PC francés, partido que se mantiene pegado como una lapa a la URSS, negando cualquier evidencia de que el estalinismo soviético fuera una dictadura brutal; el Hombre Rebelde todavía no ha muerto en un accidente sospechosamente provocado; Argelia sangra las conciencias de los franceses de izquierdas. Mourre pertenecía al movimiento Letrismo, que fue la base desde la que se construyó la Internacional Situacionista que tanto influiría.

Quizá este párrafo anterior parezca una introducción petarda, pero me parece necesaria como “fe de credibilidad”. Sin esos antecedentes políticos, sin esa necesidad de llevar la liberación a la esfera personal (dejemos fuera a los prochinos y a un 50% de los del PC), la libertad con la que hablan en grupo los personajes de sus sentimientos, del amor, de la fidelidad e infidelidad, no resultarían creíbles hoy. Ahora ya no se habla así entre en los grupos de amigos. Pero durante unas decenas de años fue así. También aquí, en España (ya en los 60 y 70).

En ese “ambiente” intelectual, nuestros personajes marxistas, burgueses y rebeldes se reúnen de vacaciones en un lugar sofocante, junto a la ancha desembocadura de un río. Solo ellos tienen nombre, Sara y Jacques, su hijo el “niño”, en cuya casa  vive la “chica” que ha de cuidarlo (pero que apenas lo hace por la mala conciencia de “tener” chica). Ludi y su mujer Gina, mayores de edad y los que fueron atrayendo al grupo, que se completa con Diana, de la misma edad que Sara y Jacques. Probablemente ha tenido “historias” con él; como Sara la tiene o puede tener con “el hombre”. Debe ser rico, no es intelectual, tiene un fueraborda y se une al grupo. A todos los parece bien, divertido, esa breve experiencia con quien sin duda pertenece a los “otros”… y montar en el fueraborda, les gusta. Después, está “el tendero”, que sabe de la vida, de lo insufrible que es mentalmente, más que ninguno; y otros personajes secundarios, sin nombre (solo una vez en todo el libro, en el momento de la relación física con Sara, “el hombre” es Jean.

La libertad con la que hablan de sus sentimientos, con la que dicen lo que piensan, sería en todo caso el “tema” del libro. Creo que en ese aspecto hemos retrocedido.

La atmósfera es sofocante en ese lado del río; hay un incidente en la montaña, donde un zapador buscaminas de la guerra reciente es despedazado; hay un incendio en la montaña situada a media distancia, que nadie apaga. Y hay mucho bitter Campari: centenares de botellines; dos de las chicas toman un mínimo de 10 al día.
La he leído con placer, de dos tirones. Está dividida en 4 partes: mañana del primer día, que acaba en la siesta; tardinoche del primer día; mañana del segundo día; tardinoche del segundo día. Suficiente para que conozcamos esas vidas y, luego, nos contemos un poco de la nuestra ante el espejo.

Antes de poner algún extracto, como muestra de cómo Duras construye la historia con los diálogos, y ligeras notas de atmósfera e incidentes del pueblo, una ADVERTENCIA: la traducción que hizo Tusquets en 1989 es deficiente, y la revisión es descuidada (te puedes encontrar un “dijo el vicio” en lugar de “dijo el viejo”). Hay veces que tropiezas, que avanzas a trompicones: y enseguida ves los “calcos del francés”, que no cuajan en nuestra lengua. No culpo a Caridad Martínez, que puede que ahora sea una traductora excelente, o no se la apoyó en su momento. Pero me parece que esa buena editorial no debería haber sacado al mercado esa traducción. Y 22 años ya es demasiado tiempo para mantenerla.

«–Para el amor no hay vacaciones –dijo–, no existen. El amor hay que vivirlo totalmente, con su aburrimiento y todo; para eso no hay vacaciones posibles.
Hablaba sin mirarla, de cara al río.
–Y el amor es eso. Sustraerse no es posible. Ocurre lo mismo con la vida, con su belleza, su mierda y su aburrimiento.»

«–Yo creo –dijo Ludi–, que el mal viene de que lo hacemos todo demasiado tarde, cenamos tarde, vamos a la bolera tarde. Y así, por la mañana, no hay quien se levante, y nos vamos a bañar tarde, y vuelta a empezar…
–Qué duda cabe –dijo evasivamente Diana–, pero ¿qué es lo que no hace uno demasiado tarde en la vida? ¿Qué importancia tiene levantarse a su hora?

lunes, 12 de septiembre de 2011

Día 1951. Realidades de humo, de María Zaragoza



Curioso libro compuesto por tres historias largas o tres novelas cortas. Esta joven autora me ha interesado mucho solo con este libro editado en febrero de 2007. Sin duda repetiré con uno más actual. Formalmente, las tres historias están construidas mediante pequeños textos separados unos de otros al menos por el especio de tres líneas: como un patchwork de trozos que el lector puede ir cosiendo a su gusto (o intuición) para obtener la colcha que desea… o incluso la que no desearía, pero la fuerza de “esa” desagradable realidad se le impone. Con sus textos no se camina sobre suelo firme, pero las atmósferas que crea han dejado en mí una sensación de verdad más fuerte que otros libros que cuentan hechos.

Es un trabajo sutil, y Sutileza es el nombre de una historia cruel: una repetición sanguinaria que pasa de madres a hijas sin padre. La segunda, que da título al libro, se dice inspirada en un relato de García Márquez que no he leído: dos personas se encuentran en los sueños y se convierten en amantes; pero como la construcción a base de extractos permite que unos nieguen la realidad de los otros, cuesta decidir el nivel de realidad de la historia.

Me impresionó sobre todo la primera: Cuna de cuervos. Comparte con las otras dos el modo de construcción del relato y que las realidades pueden evaporarse en cualquiera de los párrafos. Una prostituta fea, con medio rostro quemado por su padre, acoge a un joven que le paga cinco días, tras los que se suicidará. Se cuentan historias; en realidad solo ella las cuenta, e incluso las varía, haciéndolas más o menos amables según el momento. A eso dedican los cinco días.

Lo mejor de María Zaragoza, lo que tiene de única, es la facilidad para convertir la Realidad en Humo. Copio a continuación algunos extractos, que dan una idea bastante aproximada de las conversaciones de esos cinco días.

«Tú fumabas y reías como ahora peinas el pelo de la parte sana de tu cabeza, indolente. Y le llamabas Niño o Chico. O cualquier otra cosa que se te pasase por la cabeza, como Corazón, Tesoro o Cielo. Y entonces él decía:
–Prefiero Niño o Chico. Es más impersonal.
Y a veces añadía:
–Después de todo he venido a matarme.»


«La piel de tu cara es brillante en su mitad derecha. Está abrasada por un accidente de tu más tierna infancia. A ti te gusta llamarlo accidente provocado, aunque fuese más lo segundo que lo primero.
–Las cosas son como las llamas que lo que son –le decías al Chico.»


«Acogiste al Chico porque te pareció dulce. Porque era tan joven y tan triste que te pareció inofensivo. Dijo que tenía dinero para pagarte cinco días. Que cuando te marcharas se ahorcaría.»


«Él dijo que llevaba viéndote por la calle desde niño, con esa mitad tuya quemada y ese pelo rojo cubriéndote sólo media cabeza. Y ese ojo seco y el otro inteligente y vivo. Y pensó que eras perfecta. Que podrías entenderle porque estabas viva y muerta al mismo tiempo.»


«–Cuéntame la historia de los niños que te gritaban en el colegio –pedía el chico.
Pero la historia había cambiado y ya no te tiraban piedras. Incluso habías aprendido a leer y escribir.
–Me gustaba más cuando era una historia triste –decía él.
–A veces las historias cambian solas cuando las cuentas, Tesoro.
–Llámame Chico.
–Está bien, Chico. La niña de la cara quemada, esta vez, consiguió no temer a los demás. Y aprendió mucho.
–¿Leyó la historial del Loco?
–Leyó un libro en el que no recuperaba la cordura antes de morir.
–Entonces leyó la versión piadosa.»


«Luego, cuando te despertaba de tus constantes pesadillas, te deba de beber y te preguntaba por qué te había quemado tu padre.
Si tenías fuerzas para mentir le decías que por fea. Si te sentías imaginativa le contabas que había sido un accidente. Si estabas lo bastante borracha ni siquiera contestabas.
Él te acariciaba las quemaduras y decía:
–Ni siquiera tú lo sabes, ¿verdad?


Lo cierto es que tu padre murió antes de dar explicaciones. Y tú quisiste ser monja exactamente durante dos horas. El tiempo justo para contárselo a tu tía, que se hizo cargo y te quitó la idea de la cabeza a pescozones, Cuando murió y empezaste a cobrar por el sexo, era demasiado tarde para recuperar la fe.»


«Dijo:
–Nos estamos empezando a creer nuestras propias mentiras.
Dijo:
–Claro que, quizá sea mejor así.
Dijo:
–La mentira siempre amortigua la caída.
Dijo:
–Me hace feliz no morir solo.
Dijo:
–Gracias.»


Y entre estas realidades de humo, lees y te das cuentas de que alguien te está leyendo; alguien que eres tú y no lo eres. Cerca ya del final, en uno de los párrafos, hay una frase que me asustó: «Y te aterra pensar quién podrá ser la primera persona de esta historia. La que te la está contando.»

sábado, 3 de septiembre de 2011

Día 1952. “Las aventuras de Huckleberry Finn”, de Mark Twain



Esta es una novela sobre la amistad, la adolescencia y la felicidad, dice la contracubierta. No puedo recordar si cuando lo leí tenía once o trece años, pero por ahí sería. Lo que recuerdo es que lo leí con el corazón en un puño: esa libertad, tantos peligros en los personajes con los que sin duda me sentía unido producían miedo. Ahora lo he releído, en verano, bajo un cerezo enorme que nunca ha sido podado (hemos sacrificado las cerezas a cambio de la belleza espléndida), y la sensación ha sido de sonrisa, de risa, de felicidad. Es un libro para releer en un mal momento y regresar a la plenitud dela infancia y el principio de la adolescencia.

Roberto Bolaño empieza el prólogo con estos párrafos:

«Todos los novelistas americanos, incluidos los autores de lengua española, en algún momento de sus vidas consiguen vislumbrar dos libros recortados en el horizonte, que son dos caminos, dos estructuras y sobre todo dos argumentos. En ocasiones: dos destinos. Uno es Moby Dick, de Herman Melville, el otro es Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain.
El primero es la llave de esos territorios que por convención o por comodidad llamamos los territorios del mal, allí donde el hombre se debata consigo mismo y con lo desconocido y generalmente acaba derrotado; el segundo es la llave de la aventura o la felicidad, un territorio menos acotado, humilde e innumerable, donde el personaje o los personajes ponen en movimiento la cotidianidad, la echan a rodar, y los resultados son imprevisibles y, al mismo tiempo, reconocibles y cercanos.»

Por esta vez, no voy a poner ningún párrafo del libro, lo dicho por Bolaño es más que suficiente para saber lo que uno va a encontrar. Por otra parte, todo es una aventura disparatada (y peligrosa) vista y comentada desde la mente de un jovencito: no he podido elegir unos párrafos sobre otros. Y además, apuesto a que al menos los chicos lo leísteis todos cuando erais pequeños y felices.

Traducción de J.A. de Larrinaga, para la colección Grandes Clásicos de Mondadori, 2ª edición de agosto de 2009



domingo, 28 de agosto de 2011

Día 1953. “Los pozos de la nieve”, de Berta Vias Mahou, una Maestra en el tratamiento literario de la memoria.




Hay una literatura plana, heredera de la que se practicó hasta aproximadamente  poco antes de la IGM. Entonces, con la fotografía, los pintores empezaron a pintar de otra manera (otras cosas), los músicos componían de otra manera. Y los escritores dejaron de escribir esas novelas lineales en las que tenían que describir todo, porque los lectores aprendían y veían las cosas a través de esas descripciones.

Todavía se escriben muchas novelas de XIX, lineales (aunque ya se eliminan esas descripciones; si se habla de una autovía, el autor no nos explica qué es una autovía: la TV nos lo ha enseñado ya todo). De hecho, todos “los más vendidos” son escritura a la manera del XIX.

Los escritores de verdad, los que no se venden a ellos mismos y venden menos libros, empezaron a escribir de otra manera: a exigir el concurso, el trabajo, del lector. No es cierto, como dijo alguno, que el Autor ha muerto; lo que pasó es que el Lector ha nacido.

Cuando encuentras un escritor así, pasa algo en tu interior. A mí me ha pasado al leer esta novela, que exige un enorme esfuerzo de atención (y en mi caso, torpe, una segunda  lectura más atenta todavía que la primera). ¿Y qué se gana con tanto esfuerzo? El sentimiento de participar en algo verdadero; lo que no es poco en estos tiempos en que la falsedad se ha impuesto como un sistema. Además, a poco que hurgues en una historia verdadera, te vas encontrando con aproximaciones a tu propia historia: sientes escalofríos que llevabas tiempo queriendo sentir.

Es la historia de una familia con muchos apellidos germánicos (quizá no todos de rigurosa ariedad) que han vivido en España su propia historia desde principios de los años 20 hasta los 80 o 90.  Con nuestra guerra y la IIGM por en medio, y sus consecuencias.

Técnicamente, hay una narradora que inicia todo, hablándole de tú al personaje principal, el que diríamos que ha convivido con nosotros, hablándole de tú, animándole a recoger los fragmentos de más de sesenta años para conocer y escribir esa historia familiar, persiguiéndola como un sabueso o un detective: reuniendo los fragmentos, casi todos de dolor, para llegar al descubrimiento más doloroso. Técnicamente, los pensamientos, las descripciones son de una intensidad poética que toca el corazón del lector. En ocasiones, cuesta diferenciar la voz de la narradora de la del personaje. Quizá esa voz femenina se explica en la misma novela, porque todo lo que llegó a descubrir fue oyéndoselo a las mujeres de la casa; y ese tono femenino se cuela en la voz del hombre que busca y escribe.

Humanamente, tanta verdad no puede ser en balde: se sufre, pero en lo más hondo del lector nace una serenidad; a mí me ha transformado, me ha quitado algunas de las aristas frentistas que me quedaban y, como le dice la narradora al protagonista enun momento: «Paz, piedad y perdón. Vamos, S., inténtalo».

BVM, la autora que controla a la narradora, ya nos enseña en las páginas 18-19 que estas búsquedas, irremediablemente necesarias, no son fáciles. Aunque el Lector no tiene que hacer tanto esfuerzo, ya lo ha hecho la autora por él.

«Para leer una fotografía, como un buen libro, es necesario registrar las imágenes miles de veces, y hacerlo como quien busca huellas, víctimas y verdugos, repasándolas una y otra vez, a diferentes horas del día, desde distintos ángulos, bajo estados de ánimo diversos, a diferentes edades. Sólo entonces, cuando aprender a recoger cada imagen como si fuera una calle muy larga de una ciudad por la que caminas por primera vez en tu vida o las páginas de un libro que no quisieras olvidar nunca, las figuras, las escenas no te abandonan jamás. Y tal vez hasta puedas descubrir algo que de otro modo habría quedado habría permanecido oculto para siempre, entre líneas, en algún rincón de la fotografía».

Hay personajes de los dos bandos, y me he propuesto no hablar de ellos, que seáis vosotros, los que leáis el libro, los vayáis conociendo. Sólo me referiré a uno, Konrad o Conrado según el país en el esté: el centro de la sensibilidad humana del que parte, para algunos personajes y también para el lector, todo sentimiento sereno. Páginas 31-2.

«Este no ha sido el triste final de una familia, tan sólo el de una fortuna. Conrado hace tiempo que se ha establecido en Madrid, entrando a trabajar como ingeniero jefe en otra fábrica de cerveza. La mayor de sus hijas, Bertha, se ha casado con uno de los hijos del dueño. Aunque la familia perderá también esta otra fábrica. Por suerte para los herederos. Lo que desde un punto de vista mundo se suele considerar como una tragedia, puede resultar una bendición. Cuando eres rico aprendes a hablar idiomas, a tocar delicados instrumentos de música, a probar platos exquisitos in mover una ceja. Cuando no lo eres, cuando has visto a tu madre trabajando día tras día, sin tiempo siquiera para enfermar, madrugando para no regresar hasta la noche, cuando la has visto zurciendo la ropa interior con una sonrisa en los labios, aprender otros valores, aprendes a disfrutar de la espera, de la ilusión, a tener paciencia, algo que tal vez no todos comprendan, que tal vez casi nadie aprecie, que sin duda nadie envidiará, pero que a ti te ha hecho más hombre.
                           
Tengo el libro lleno de subrayados de las historias cruzadas, de pensamientos rigurosos, de sensaciones delicadas. Pero me parecería un sacrilegio poner demasiado sobre aviso a cualquiera que, por este post mío, decida enfrentarse a esta obra maestra de la literatura española contemporánea.


jueves, 23 de junio de 2011

día 1954. “Ya nos morimos de tiempo”, el One Hit Wonder de Adolfo Velázquez Garaña


Estaba ya teniendo alguno problemas de organización (recién me he referido a un libro de una amiga, ¿conviene hablar del de otra, recién publicado?; y zarandajas así), cuando me surge un problema “verdadero”. He leído un magnífico libro mexicano, editado en España en 1976, cuyo autor, cercano a Rulfo en la textura, le gana en que nada más escribió un libro: este. A no ser que A. V. Garaña sea el heterónimo usado una vez de un autor más prolífico. O el nombre verdadero de quien después escribió con otro nombre.

De él, he encontrado un cuentito-nana (algo aterrador), en la web de una asociación folklórica asturiana (http://danzatradicional.com/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=956&te=16&idage=958&vap=0), y este libro. Como un arquitecto mexicano del mismo nombre estudió por acá y acostumbra a pasar algún verano en Celorio, cabe pensar que estamos hablando del mismo. ¡Ah, y de este libro, solo quedan 3 ejemplares! Uno en una librería de viejo de Torrelodones, por 19 euros; otro, en Jaén, por 8; y un tercero en Mataró, por 5.

Y mi problema era, ¿cómo voy a hablar de un libro si quien me lea no lo va a poder leer? Pues hablando, con desvergüenza y sin miedo a estropear finales o principios.

El título está sacado de una frase de uno de los cuentos. Son nueve, los cuentos; más un prólogo de Sabino Alonso-Fueyo, quien se lució al escribir en él: «Se trasluce una vocación literaria irresistible». Luego, informa de que es arquitecto y que se considera al mismo tiempo asturiano, porque sus padres eran de Celorio de Llanes.

Todos los relatos tienen esa textura rulfiana del desierto, el sol, la sequía, la pobreza (hay uno de pescadores). La pobreza, me repito, la muerte y la rareza. Y una escritura que a veces te saja como el bisturí de un cirujano muy hábil.

Ante de poner extractos, diré que el último cuento alterna dos historias, prácticamente cada párrafo es de una. En la primera se describen los sufrimientos de un hombre mordido por una serpiente coralillo; en la segunda, la violencia de una pelea de gallos. Como no es fácil que lo leáis, estropeo el final al decir que estas dos historias son la misma, y que la escena de la pelea de gallos antecede en 18 horas a la otra, porque fue el ganador, que consiguió el premio que le permitiría el sueño de comprar sus tierras rentadas, fue el hombre mordido a muerte por la serpiente. ¡Y no me di cuenta de ello hasta la última página! Aunque no sea yo muy listo, nunca presumí de ello, que el “truco” funcionara a lo largo de 20 páginas da idea del autor “que prefirió resistirse a su vocación literaria”, y del que, a falta de otras cosas, puedo poner su foto de cuando era un guapo mozo estudiante y escritor.



«Cuando venía para acá corriendo como loco, para darles razón de lo que me dijeron, se me azotaban a la cabeza muchos pensamientos, que de tantos que eran ya no sabía ni lo que pensaba, pero aluego me di cuenta que el que más clarito sentía era uno que me decía y me repetía que el Tadeo casi se miraba contento; y ahora que estaba yo ahí, en el rincón, parado, viéndolos rezar, creo que puede que tenga razón, debe de estar contento, pues ahora ya no pasará más hambres, ni fríos, ni penas como nosotros, ni verá cómo se seca la cosecha por falta de agua, ni sentirá cómo se va muriendo la piel sobre los huesos poquito a poco. Se quedará joven, fuerte y duro como la tierra, entero con su voz de trueno... “Me llamo Tadeo Covarrubias”, les dijo, y ellos se quedaron mudos, fríos, como si fueran de palo, sin decir palabra. Sí, está contento; no se ríe pero está contento... Yo no. Yo ya nunca lo estaré.»

«Escuriéndose como la noche, sale Manuel de la casa sin que nadie lo note siquiera, mientras el siseo de las oraciones continúa adentro, hinchando las paredes.
En la oscuridad ya duelen seis tiros sin disparar todavía.
[...]
–¿De veras crees que es inocente?
–Cállate, por el amor de Dios, ¿es que no te de miedo hablar tanto, oliendo la muerte tan cerca?
–Me da más miedo el silencio, nuestro silencio inútil, ese me da más miedo que todas las muertes.»

Ya luego, me quedaba soñando y me perdía en el tiempo, que no tiene rumbo ni olor. Y mis sueños mojados caían pesados hasta el suelo, que los chupaba para convertirlos en ríos. Yo creo que los sueños de la gente pobre son como corrientes de agua de cristal, que van por la milpa y no la mojan, porque huyen de sí mismos sin poder volver. Por eso las piedras que se topan al paso no se mueven por más que les peguen, porque están hechos de nada. Qué solo mi sombrero, colgado de un clavo en la pared.
Pero los sueños del pobre no tenían entrada en la casa del patrón, y el trabajo se venía duro y argo a cambio de unos golpes y unas hambres.»

«Don Etelvino bajará al atrio de la iglesia para conversar por única vez en el año con sus vecinos. La plaza vestirá banderitas de colores y algún balazo atronará el aire festivo para ser escuchado por todos con indiferencia. Fiesta sin difunto no es buena fiesta, pregona el refrán.»

jueves, 16 de junio de 2011

día 1955. Tres libros INMENSOS sobre los pueblos USA. El segundo, “Cannery Row”, de John Steinbeck.


En 1919, Sherwood Anderson publicó Winnesburg, Ohio, sobre un pequeño pueblo, con relatos en los que se entrecruzan historias de los habitantes, que vivían como en el siglo XIX. En 1945, John Steinbeck, con la guerra terminada, publica Cannery Row, un pueblo de 1.400 almas cercano a Monterrey. En 2008, Donald Ray Pollock, después de dejar el Instituto para trabajar en una planta cárnica, y otros 32 años en una fábrica de papel en una hondonada llamada Knockemstiff (“déjalo tieso”), se graduó en la Universidad Estatal y, con cincuenta y muchos, empezó a escribir y sacó el bestseller Knockemstiff. En este ya no hay gente convencional, como en el primero, ni buena gente como en el segundo del que toca hablar hoy: son los USA que a todos nos dan miedo.

Pero hoy toca el libro de Steinbeck, aconsejado por Molinos (de momento, tres consejos y tres aciertos, un pleno. Steinbeck, en estos libros, fluye mansamente de un brazo de agua salido del río Walt Whitman. Un río en el que se cree en el valor de los hombres y la mujeres valientes y honrados, sin necesidad de que “honrados” tenga nada que ver con la “honestidad” farisaica que proclaman las convencionales buenas gentes de las iglesias americanas. Este libro nos habla de corazón a corazón (que sea de hombre o de mujer, no importa). Está construido a partir de relatos centrados en un personaje, que sale en múltiples relatos de otros personajes, porque en un pueblo todos están relacionados. Y nos habla de la “santidad” del que la buena gente llama “hijo de puta”. Esto lo he leído tantas veces en la Beat Generation que, aunque en juegos tontos con mis amigos yakuzas he perdido ya dos dedos de la mano izquierda, me juego los tres que me faltan a que Kerouac y sus amigos leyeron Cannery Row 10 veces antes de escribir una sola línea de su obra.

Tengo todo el libro subrayado, así que solo pondré el capítulo segundo entero, que es como un poema donde revela sus intenciones. Cuánta diversión, humanidad, horror de la vida y recuperación de la alegría se ofrece a partir de este capítulo que he copado entero. No me importaría nada pasarme la noche copiando subrayados y más subrayados. Pero espero que más de uno de los que lean esto, leerán el libro, y no quiero privarle del placer de hacerlo virginalmente. El de Andersen, lo leí en su momento, prestado, así que lo he comprado para subrayar a gusto. El de Ray Pollock, lo tengo casi terminado. Pero pondré muchos libros por en medio, estas tres joyas no deben disfrutarse simultáneamente

Una última cosa: este libro tiene un prólogo: todo el mundo sabe que prólogos y prefacios se leen, si es caso, tras haber terminado el libro.


«La palabra es un símbolo y una delicia que absorbe  a hombres y paisajes, árboles plantas, fábricas y pekineses. Luego la Cosa se convierte en la Palabra y luego de nuevo en la Cosa, pero transformada en una urdimbre fantástica. La Palabra absorbe Cannery Row, lo digiere y lo vomita, y la barriada ha adquirido el brillo de las praderas verdes y los mares que reflejan el cielo. Lee Chong es más que un tendero chino. Debe serlo. Quizá lo equilibra el mal y lo sostiene el bien: un planeta asiático al que mantiene en órbita la atracción de Lao Tsé y al que arranca de Lao Tsé la fuerza centrífuga del ábaco y la caja registradora. Lee Chong suspendido, girando, dando vueltas entre alimentos y fantasmas. Un hombre duro con una lata de judías... Un hombre suave con los huesos de su abuelo. Porque Lee Chong cavó en la tierra del cementerio chino y encontró los huesos amarillos, la calavera con restos de pelo gris adheridos a ella. Y Lee empaquetó cuidadosamente los huesos, los fémures y las rectas tibias, poniendo la calavera en el medio, con la pelvis y la clavícula alrededor y las costillas curvándose hacia un lado. Luego Lee Chong envió a su quebradizo y empaquetado abuelo a través del Océano Pacífico para que yaciera finalmente en tierra bendecida por sus antepasados.
Mack y los muchachos también giran en sus órbitas. Son las Virtudes, las Gracias, las Bellezas de la descascarillada locura vertiginosa de Monterrey y del Monterrey cósmico, donde los hombres asustados y hambrientos destrozan sus estómagos en la lucha por asegurarse algo de comida, donde los hombres hambrientos de amor destrozan todo lo que hay de amable en ellos mismos. Mack y los muchachos son las Bellezas, las Virtudes, las Gracias. En el mundo gobernado por tigres ulcerados, surcados por toros constreñidos, hostigados por chacales griegos, Mack y los muchachos cenan gentilmente con los tigres, acarician a los frenéticos terneros, recogen migas para alimentar a las gaviotas de Cannery Row. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero para poseerlo con una úlcera de estómago, la próstata enferma y gafas? Mack y los muchachos eluden la trampa, rodean el veneno, pasan sobre el lazo, mientras una generación de hombres entrampados, envenenados y atados les gritan y les llaman inútiles, perdedores, borrones de la sociedad, ladrones, granujas, holgazanes. Nuestro Padre que está en la naturaleza, que ha concedido el don de la supervivencia al coyote, a la rata parda común, al gorrión, a la mosca y a la polilla, ha de sentir un amor grande e ilimitado por los inútiles y por los borrones de la sociedad y por los holgazanes y por Mack y los muchachos. Virtudes y gracias y pereza y deleite. Nuestro Padre que está en la naturaleza.»

 John Steinbeck, Cannery Row; traducción de José Luis Piquero. Col. Reencuentros de la editorial Navona

sábado, 11 de junio de 2011

día 1956. “Veinte años sin lápices nuevos”, de Aroa Moreno Durán


Vaya esto por delante: Aroa es mi amiga. Sirva esto de contrapeso: me hice amigo de ella virtualmente, porque me gustaba lo que escribía, y después, fuimos ya amigos y vecinos.

Es decir, no tenía ninguna necesidad de escribir sobre este, su primer libro, de 2009. Seguro que en su momento escribiría algo como amigo y como lector bastante apasionado de sus poemas. La traigo aquí porque a veces recorro las estanterías y saco un libro que tengo de tiempo, a veces leído y a veces no. Me lo leí una noche y lo he vuelto a leer dos veces.

Unir poemas en un primer libro de poesía debe ser un quebradero de cabeza: llenar de cuartillas una mesa grande de una cocina pequeña, formar la imagen de un puzzle que se está todavía formando (la imagen, no el puzzle). Sin embargo, ha sabido dividirlos en cuatro partes que contienen, cada una la suficiente unidad. Creo que esa unidad procede de que tiene un cuerpo mental, aparentemente no diferenciado del físico, con muchas terminaciones nerviosas al aire. Basta tocar descuidadamente una, con un dedo, para que se dispare el dolor, o la conciencia, o la imagen: por eso tiene, desde su primer libro, su propia VOZ. El librito, como objeto, es perfecto, y habrá que dar también las gracias a su editora, la poeta Carmen Moreno (con la que supongo que para que quedara así saltarían muchas chispas y enfrentamientos: los editores y los autores no han nacido para quererse). No digan que yo lo he dicho, pero desde su blog (http://dehuida.blogspot.com/) pueden comprarlo, o leerlo o descargarlo gratis estén donde estén.

Dice Aroa en la contracubierta que “Cuando escribo un poema, cualquiera de esos que están ahí, no trato de hacer metáforas incomprensibles”. Y usted me perdonará, poeta Aroa, que le replique: a veces las sensaciones transmitidas son más fuertes precisamente porque al menos yo no entiendo una imagen suelta en un poema.

El libro, como dije, contiene cuatro partes de varios poemas cada una. El primero y el último, van en cursiva. He elegido tres para ponerlos enteros; y algunos versos de otros. Empiezo a fusilar.

Este es el primero:

«Los neurotransmisores flaquean.
Las venas pulsan las articulaciones con espinas.
El dolor nace.
Cuando el pelo hunde su raíz en el cráneo,
busca el tacto de la sangre.
Las oficinas están envenenadas de desilusiones.
Los señores de la guerra son hoy los que llevan carpetas bajo el brazo.
En ellas no están ni tu nombre
ni el mío escritos. Ni esta historia de amor sin barracudas cercando.
Pobres rotos diablos.
Prehistoria de los sueños.
No recordar.
Desarmar el diario de los imposibles.
(La escolar y el deseo. Libertad inconsciente.)
Entramar las aceras de los vampiros.
Sustraerse de todos los horarios y las flaquezas.
Comerse el sol.
Indigestarse de pasiones. De sábanas y líquidos.
Qué hay del contrabando.
Contratiempo.
La gitana palmea. Lleva un pañuelo largo de trenzas del deshielo.
Los señores me llaman.
Me dicen, vuelve. Eres cómoda.
Plácida. Tranquila.
Y los niños, les digo. A ellos qué les queda.
El veneno climático, la carrera y arriba, la luna en vacaciones.
(Su carita palideció de pronto como una espera agotada.)
Y entonces érase un cuento. Y un nudito.
Y un velcro sujetando los zapatos a la calle.
Ahora vuelvo a ser yo Barbie de día.
Ahora eres tú, desnudo de noche.
Si aprietas la boca se disuelve el mundo en una felicidad de carreteras
y puertos y nubes.
Pero adentro un poco más el corazón revienta.
Y en la caja de herramientas de mi padre no hay clavo que desquite
la desgana
ni instrucciones que reparen lo quebrado.
Ahora sí. Se asustaron.
De esta gramática coja, de este vocablo pretérito, de esta semántica
tuerta de optimismo. La soledad madrileña sin otra morfología que
el dícese del nacido en.
Y les digo qué quieren.
Para la felicidad a mí me basta la vida.
Déjenme matar, al menos, en palabras.»

Y dos pasajes del segundo (no teman, que luego bajo el nivel de copypaste:

«Ha vuelto al amanecer como un gato.
Vuelve y restriega
su lomo tibio por mis pies. De pronto
hay leche por todas partes derramada y un olor
a piel tostada en ciudades
a las que no les queda nada
de costa ni de humor
ni silencio para pensarse dos veces el mañana.
[...]
en esta nada gris de tantos años
de pétalos crujiendo y sábanas
cuencos de anís caliente
avena
y el estallido del pan
dilatando la leña y los suspiros
donde yo quiero vivir el resto de mi vida.
En esta nada tuya sin palabras ni música
ni sueños tan absurdos de niña puño en alto.»


«Las guerras son las mismas.
Una casa.
Tendré niños con parches
en los ojos.

Vigilaré
–entre humo–
su juego y su memoria
tras ventanas redondas.

Espero la llegada de mis padres
tan trémula y perdida
como esperé una manta
un brazo sobre el hombro
ese instante en que tú
arriesgas todo el orden
y detienes»
Este el es final, escueto y espacioso, de “Revienta Beirut”:

«Han herido la vida desde toda la muerte
y no hay guerra
que explique tu vacío en mi cama.»
Del poema 1 de la segunda parte, dedicado a un hombre que la siguió, aunque supongo que muchos hombres se acobardarían de mirar las cosas frente a frente:

«Yo sólo mido en culpas.
Ni me importa qué tengo.
Este ansia absoluta
de destrozar las normas.
No pienso, luego vivo:
sobresaliente en pérdidas.
¿Me sigues?
O ¿te quedas?»
Y como esto se alarga (y es fácil para todos leerlo entero), me desdigo de lo dicho y pongo para terminar, entero, uno poema de su otra corriente: la que tiene menos imágenes y más cotidianeidad. La que es un afluente de un afluente de un afluente que hizo brotar Walt Whitman. Es el primero de la cuarta parte, titulada “Lápices nuevos”:

INSTRUCCIONES DE LUNES FRÍO.
«Sírvase una copa de vino dulce.
Deje caer el bolso sobre el suelo.
Deje que todo caiga
lo que la lluvia de noviembre recogió
de sus hombros. No es fácil
le advierto
si recuerda
que tan sólo ha terminado una jornada:
el trabajo.
No recuerde los restos
de la cena de ayer abandonados
la mermelada roja
donde anida una hormiga.
Olvídese del mundo.
Del hombre que doblado le estiró del abrigo.
De la mujer que cuenta cómo perdió una casa.
Y abra la botella.
Elija un rincón donde haya poca luz.
No se moleste en espantar las sombras.
Alguna melodía,
sonidos de gramófono antiguo.
Tal vez un fado, Gardel, una canción francesa.
Por supuesto, no escuche la letra.
Ni atienda a melodías. Su cerebro
está blanco.
Olvide las denuncias, las mentiras, las reuniones, la falsa
sonrisa de cristal de despacho.
Cierre los ojos. Le dije, no era fácil.
Permanezca inmóvil.
Cuando la noche le devuelva el aliento,
llene la bañera.
Mucha espuma. No
coja ningún libro. Tal vez
un cigarrillo pero sólo
si no va a preocuparse de cenizas
de humedades.
Sumerja la cabeza.
Escuche la oquedad de los vecinos de
abajo
la niña patalea en ruido sordo.
Mantenga la cabeza sumergida. Deje
que emerja a flotar alguna parte
del cuerpo
que roce los vapores.
Y cuando salga, el agua caerá como riachuelos
pierna abajo, sienta
las cosquillas del agua.
Cene algún fruto.»



No me parece necesario que los poetas repitan libros como los autores famosos con agente literario. Pero dada la diferencia de esta voz generosa, quizá conviniera ir pensando, poco a poco, como unificar un tema, una mirada.
De uno de los que más me gustó oírle, “Tú y yo y la guerra fría”, copio la segunda parte entera (menos el último verso, que como lector tengo derecho a preferir dejarlo colgado en el anterior: