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[Once meses sin aportar nada es demasiada vaguería. Quizá lo dejé porque lo que leo no suele estar en las mesas de novedades. ¿Qué importa?, me he dicho esta mañana. Esto es algo íntimo. Todo lo más, para curiosos].

sábado, 24 de noviembre de 2012

Día 1939. "Más lecturas no obligatorias", de Wislawa Szymborska





Wislawa Szymborska, Más lecturas no obligatorias. Ediciones Alfabia; primera edición, marzo de 2012. Traducción de Manel Bellmunt Serrano. 196 páginas.

Poco antes, la editorial sacó Lecturas no obligatorias, de la que el presente libro es una segunda oleada. He buscado el primero, sin encontrarlo; quizá porque lo presté, más probablemente porque desde que reordené la biblioteca personal, no encuentro nada. No tengo acceso, pues, a los subrayados y anotaciones, y tendré que referirme solo al segundo volumen. En realidad no importa demasiado, porque salvo los libros recensados por Wislawa, no hay diferencia alguna en el tratamiento: personal, sabio, amoroso o mordazmente irónico. Escribir de este es hacerlo de los dos.
Me considero un adepto fiel a sus poemas, así que ya estaba ganado para la causa. Si alguien no la ha leído, puede escuchar dos poemas traducidos al español que muestran su dulzura de hierro, la ironía el fondo absolutamente humano de su vida, clicando en este poema (https://www.youtube.com/watch?v=NHH7c5-DQHE&NR=1&feature=fvwp) y en este otro (https://www.youtube.com/watch?feature=fvwp&v=lWE10svTtEg&NR=1), que siempre me ha parecido uno de los más emocionantes poemas sobre la muerte. Ambos recitados por Luisa Pastor, ante la que ya mismo me excuso por reproducirlos sin permiso.
Ya que estoy poniendo enlaces de hipertexto, no me resisto a incluir un chiste sobre la creación, para que se la pueda ver a ella, ya muy mayor, bromeando sobre la humanidad:  https://www.youtube.com/watch?v=gVnb3XXw9Hg.


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Para celebrar la publicación del primer volumen, la Editorial pone en su página web este texto de WS:

« Soy una persona anticuada que cree que leer libros es el pasatiempo más hermoso que la humanidad ha creado. El homo ludens baila, canta, realiza gestos significativos, adopta posturas, se acicala, organiza fiestas y celebra refinadas ceremonias. Para nada desprecio la importancia de estas diversiones: sin ellas, la vida humana pasaría sumida en una monotonía inimaginable y, probablemente, la dispersión. Sin embargo, son actividades en grupo sobre las que se eleva un mayor o menor tufillo de instrucción colectiva. El homo ludens con un Libro es libre. Al menos, tan libre como él mismo sea capaz de serlo. Él fija las reglas del juego, subordinado únicamente a su propia curiosidad.»

No me cabe duda de que en este párrafo la autora explica el entusiasmo con que la autora se entrega a la tarea de recensar todo tipo de libros, pero todos los datos que he leído de ella pasan como sobre brasas por su actividad en la que fue una autora premiada en Polonia con sus dos primeros libros, hechos desde el realismo socialista y desde el apoyo al sistema. Libros que rechazó más tarde, saliéndose de la primera fila de autores protegidos. Solo con la caída del bloque soviético empieza a ser conocida y traducida, recibiendo un premio en Alemania y más tarde el Nóbel (Por su poesía, que con precisión irónica permite que el contexto histórico y biológico sea iluminado en fragmentos de la realidad humana”). No he podido averiguar si sus libros se imprimían, se distribuían. Quizá se vio reducida a vivir de sus traducciones y críticas, que en todo caso hizo con pasión y honestidad.



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Todos los libros “criticados” son polacos o traducciones al polaco. De la cultura universal (los cuatro primeros son El Satiricón, Entremeses de Cervantes, Gilgamesh y Los mitos griegos) o de la cultura polaca, de ciencias o de letras, de asuntos de importancia o de lo más peregrino. Pero siempre aborda la recensión cuando es necesario como una “profesora”, señalando aquello que el lector desconoce, o, en los mejores casos, como una conversación con el autor: lo que importa es sobre todo lo que dice ella impulsada por la lectura del libro.

Como por ejemplo en la página 21, escribiendo sobre el libro Mercaderes en el siglo XVI, de Pierre Jeannin, cuya crítica empieza así, centrándose en el interés por el tema:

«Se han escrito muchas historias de aventuras sobre caballeros andantes, pero sobre mercaderes andantes, que yo sepa, ninguna... y eso que hasta un mercader normal y corriente superaba al noble medio en cantidad y riqueza de sus aventuras, en la necesidad de arriesgar su vida y en iniciativa. El mero hecho de tener que viajar más, con más frecuencia y más lejos, le exponía constantemente a innumerables peligros.»

Voy a hacer una excepción, poniendo entera la crítica que hace a la biografía de Haroslav Hasek escrita por Radko Pytlik: porque su brevedad me lo permite, porque es un ejemplo magnífico del motivo de que sean interesantes incluso aunque el crítico autor del libro nos sea, y seguirá siendo, desconocido, (no así la obra maestra de Hasek, Las aventuras del valeroso soldado Schwejk) pues la lección de humanidad y humanidades queda absolutamente clara, aunque del biografiado conozcamos una obra, pero poco de él mismo. También por la ironía con la que se carga un libro. Por el humor desbordante con el que se atreve a criticar a un crítico cercanos al Régimen, por necio. En este caso se trata de un libro checo traducido al polaco.

«Sea quien sea, el crítico literario debería creer en fantasmas. El miedo a que, de repente, a medianoche, se abra la puerta y aparezca el espíritu del escritor al que se está examinan podría resguardar a los exégetas de no pocos disparates. Lástima que Radko Pytlik no tenga miedo de los fantasmas y proyectara su obra sobre Hasek con una sensación de absoluta seguridad. Como resultado ha conseguido hundir a este gran humorista en el océano de la fraseología. En algún lugar del subconsciente del crítico echó raíces el convencimiento de que revolución y alegría son dos conceptos irreconciliables. Como Hasek era revolucionario, Pytlik consideró que su deber sagrado era justificar de alguna manera el sentido del humor del escritor. Y descubrimos con estupor las diversas “máscaras” de Hasek: la máscara del bromista, la del bufón y la del embaucador. Resulta que solo la cruel necesidad le compelía a reír; de tal modo que si los tiempos hubieran sido menos terribles, Hasek, con un suspiro de alivio, se habría puesto a escribir tragedias. Al crítico le plantea serios problemas la vida personal del escritor, quien no destacaba por su ejemplar comportamiento, era muy dado a organizar escándalos y se le conocía por su amor a la bebida. Como todas esas inclinaciones bohemias no encajan demasiado bien con el modelo del progresista ideal, Pytlik trata de conve3ncernos de que Hasek no juguetea de manera inocente, sino con lúgubre premeditación. Los únicos rayos de luz del libro son las citas del propio Hasek y algunas fotografías suyas. Nos mira el mofletudo rostro de un hombre capaz de reírse de cualquier cosa que se cruzara en su camino. Por desgracia, Pytlik llegó demasiado tarde.»


Otra crítica implacable de la necedad de los críticos impulsados por una idea previa. En este caso, del libro Los viajes con Homero escrito por Ernle Bradford y traducido del inglés. Copio las cuatro primeras líneas y la siete últimas.

«Ernle Bradford anhela exculpar al respetable Homero de la acusación de no conocer de cabo a rabo el mar y de tener una vaga idea sobre el arte de la navegación. Y se entrega en corazón y alma a esta tarea. [...] Lo que no es tanto una prueba del historicismo de Homero, como de la hipersensibilidad de la autora. Y como respetamos a las personas que padecen hipersensibilidad,  disculparemos al autor su más que superficial conocimiento de la mitología y de un tal Cavafi, “un antiguo poeta alejandrino”, sobre el que bien merece la pena saber, por cualquier otra fuente, que el tal Kavafis no es tan antiguo, que digamos.»

También hace críticas muy positivas de libros literarios y de todo tipo, porque esta colección de prosas incluye libros científicos, biológicos, históricos, etc. Por ejemplo, la de la traducción al polaco de nueve de los catorce poemas de El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum, de T. S. Eliot. Tras una reflexión sobre la capacidad del poeta de escribir tanto La tierra baldía como un poemario dedicado a los gatos, termina la crítica con estas 13 líneas:

«Cada gato es una personalidad, por lo que se convierte en un proyecto literario independiente. Algo que el mismo Thomas Stearn Eliot sabía perfectamente. Además de eso, el gato posee determinados rasgos inequívocamente felinos que tampoco ha escapado a la atención del poeta. Presten, por favor, atención a la cita: “Siempre está en el lado equivocado de la puerta / y aunque solo hace un momento que salió, ya vuelve a querer entrar”. Cualquiera que conozca a los gatos aplaudirá dicha observación. La vida del que tiene un gato se convierte en un constante abrir y cerrar de puertas. Con los perros hacemos ejercicio en los espacios abiertos. Con los gatos, dentro de casa. En uno u otro caso salimos ganando, porque no hay nada peor para el estómago y el alma que ser víctima de la inercia y el marasmo.»

He de dejar de poner extractos; con pena, porque tenía marcados tantos, de libros y teorías tan variadas que me molesta que se pierdan este lujo. No tendrán más remedio que buscarlo en una biblioteca o pedírselo prestado a un amigo; no a mí, que probablemente por ese motivo ya perdí el primer volumen.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Día 1940. "Corrección de pruebas en Alta Provenza", de Julio Cortázar





Julio Cortázar, Corrección de pruebas en Alta Provenza. R.M Verlag; primera edición, abril de 2012. Introducción de Juan Villoro. 46 páginas.


En el verano de 1972, Julio Cortázar recibió en su casa de Saignon las galeradas de pruebas de el Libro de Manuel, metió vino, provisiones y la máquina de escribir en su furgoneta Volkswagen, que llevaba la “F” de Francia y para él se convirtió en Fafner, el dragón wagneriano, y se perdió en la naturaleza y la soledad de la Alta Provenza para enfrentarse a esa corrección, reflexionar sobre el libro y anotar en un cuaderno los sucesos y reflexiones. La furgoneta y el paisaje son los de la foto. El cuaderno se convirtió en este libro.
El libro cuyas pruebas iba a corregir era difícil, tanto por la experimentación como por la intencionalidad política. Ya se encarga Juan Villoro en la introducción de considerar que este cuaderno de reflexiones es el “libro bueno”, mientras que el Libro de Manuel es el “libro fracasado”, quizá por introducir las “contingencias políticas”.
No puedo estar de acuerdo con Villoro, porque muchos libros de la historia de la literatura han tratado de contingencias políticas y los autores se descantado claramente por un bando, como hace Cortázar aquí. Tampoco estoy de acuerdo con el riesgo de la experimentación, consistente en puntuar el libro con facsímiles de noticias periodísticas que se produjeron mientras escribía el libro original. Los collages han formado parte de las vanguardias, hasta el punto de que puedo escribir la palabra sin ponerla en cursiva, incumpliendo quizá la norma de la RAE, pero siendo entendido por todos.
El Libro de Manuel fue dado de lado, con razón, por los cortazarianos estrictos, que gozaban de su tipo de escritura sobre todo en los cuentos y, como mucho, por los jóvenes que usamos Rayuela como libro de cabecera (creo que Villoro dice de “autoayuda”). Luego, desapareció. Pero muchos que vivíamos las mismas inquietudes que llevaron a Cortázar a introducir a hierro la política en su literatura, recibimos este libro como un regalo personal y disfrutamos de él.
Fueron tiempos en los que violencia formaba parte de nuestra vida, casi siempre como víctimas, y colapsaba la relaciones sociales. Los años que los italianos describieron como los años de plomo. Pasaron; el poder pudo con todos los movimientos, les puso el marchamo de “terroristas” y el silencio lo cubrió lo que quedaba. El olvido de esa época fue forzoso y el Libro de Manuel se convirtió en una impertinencia burguesa. El propio Cortázar expresa sus dudas fundamentadas sobre el libro que corrige. Pero los que vivimos esa violencia como algo cercano, esperamos que el libro recupere la capacidad de “dar cuenta” de algo que formó parte de la vida de muchos europeos y americanos del sur, del centro y del norte. Algo que suele ser incomprendido por los jóvenes de después (que alguno ya no lo son tanto). La realidad puede girar, como dice Villoro, pero son los escritores los que ponen sobre la mesa los tuétanos de la Historia.
Pero aquí hablamos de Corrección de pruebas en Alta Provenza y tengo que estar de acuerdo con Villoro en que es un libro inmenso y fundamental.

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Cuatro extractos de la Introducción de Juan Villoro

 (pp. 6-7) «El Libro de Manuel llevó a Cortázar a un desafío del que nunca estuvo muy seguro: comentar las noticiosas urgencias del presente desde la ficción. Corrección de pruebas es la bitácora en la que revisa un texto que corre el peligro de envejecer con los giros de la realidad.
Todo comentario político está sujeto a las contingencias que lo explican. Cortázar acepta con franqueza la posibilidad de que la rebeldía armada que reivindica el Libro de Manuel pierda el significado que tiene en días en que parece no haber otro remedio.
Viaja por las fragantes colinas de Provenza, pensando el modo en que esa aventura hecha de papel y tinta se relaciona con su tiempo. Cada quince minutos, la radio le trae noticias que conforman sus intuiciones sobre la violencia: Las Olimpiadas de Múnich son asaltadas por el terrorismo y un grupo de militantes montoneros es asesinado en Trelew, Argentina. Con amarga certeza, el novelista comprueba que, luego de dos años de escritura, su libro no ha perdido actualidad.»

(p. 9) «En Corrección de pruebas, el propio Cortázar entra en tensión con la novela que acaba de terminar. Aunque defiende su vigencia y la necesidad de publicarla, crea un seductor entramado de dudas que expresan la siempre vacilante relación del autor con su público.»

(p. 12) «En otra carta a su amigo Jonquières, escribió Cortázar: “Las obras impuras, pero cargadas de esa tremenda fuerza que tiene la impureza, fascinan más que las ‘regulares’”. Corrección de pruebas pertenece a ese género impar. Como Eladio Linazero, protagonista de El pozo, o como Antonio López en El sol del membrillo, Cortázar cuestiona un texto que se le resiste. No lo rechaza ni abjura de él, pero siente la necesidad de compensarlo con otro texto, más audaz y libre, donde boxea con su propia sombra.»

(pp. 14-15) «En el verano de 1972, Julio Cortázar llevó una singular bitácora de abordo. El saldo de su travesía fue una breve obra maestra. La meta más significativa no iba a ser el libro corregido, sino las reflexiones laterales, el taller secreto que lo sustentaba, el modo de vida que permite una lectura singular.»


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Extractos del pequeño volumen de Cortázar

(pp. 23-24, tras pasar miedo por la lluvia y la crecida del río junto al que está aparcado) «No soy más oquista que otros, si me burlo de mí mismo es porque también esto es Manuel, una manera de reconocer decentemente lo que no siempre se reconoce a la hora de enrostrarles a los demás sus prescindencias y sus cobardías sin primero haber comprobado que no se tiene la viga en el propio. Por lo demás esa noche había trabajado duro en mi burbuja Fafner desamparada en el diluvio, y una cosa estaba clara, la tremenda confusión del principio del libro, esa imposibilidad que tengo de armar una novela hasta que ella lo decida, y a veces le cuesta. Sé que es una imposibilidad, pero conozco también sus causas profundas, la negación de lo literario como proyecto  humanista, arquitectónico, la necesidad de una apertura previa, esa libertad que reclama todo lo que voy a hacer y, para eso, ninguna idea clara, ningún esquema formal: ser intercesor o médium, dejar que un chileno aparezca como si fuera a convertirse en un personaje estable del elenco y verlo desaparecer (más bien no verlo, descubrir en algún momento que ya no está ahí, que abrió la puerta y se mandó mudar), a la vez que algún otro va metiendo los codos para instalarse, como Óscar por ejemplo.»

(pp. 26-27) «En fin, ya que me acuerdo de ese viraje al empezar Manuel, pienso también que tuve miedo y me interrogué en ese nivel que toca una ética, una conducta. Entonces qué, les vas a dar un plato cocinado, vas a escribir para lectores previstos, vas a caer en la trampa de la “realidad” contra la que no hace mucho te levantaste como polenta descuidada. Tuve que luchar contra una sospecha de facilidad (la peor que jamás podría tener en mí mismo), hasta que el mero escribir, seguir adelante, me fue dando razón y paz. Vi bien claro que Manuel vendría en argentino, en mi argentino que estará pasado de moda pero que todavía sirve para jugarse el pellejo cuando llega la ocasión, y que su lectura no reclamaría ningún código, ninguna grilla, ninguna semiótica especial; pero a la vez y entonces, dentro de ese ómnibus lingüístico accesible a cualquier pasajero de cualquier esquina, entonces sí apretar el fierro y acelerar a fondo, entonces sí hablar de tanta cosa que habría que vivir de otra manera (no forzosamente la de Manuel, que es una de las muchas posibles), buscando arrimos y tanteos, asomos a una visión más abierta dentro de la perspectiva revolucionaria, sin pretención  de definir a un hombre nuevo del que tan poco se sabe, dejando apenas caer algunos sueños, algunas esperanzas en su camino futuro.»

(pp. 28-29) «En dos palabras (mentira, ya van tres): se me da que ningún escritor de veras puede ya montar un sistema propio y agazaparse en él. Se acabó el escritor araña, el escritor cangrejo ermitaño, el señor que frente al caos exterior reivindica un humanismo decimonónico, loable en su tiempo, pero pulverizado por los detergentes del vigésimo. Entonces, descubrir en diafragma propio que los nobles reductos huelen cada vez más a rancio, y que eso al fin y al cabo no es una catástrofe ni una derogación, comprender que escribir es hoy otra cosa que arrancar desde una especie de estatuto del intelectual, y que a la vez exige ser más escritor que nunca (porque aquí te veo venir, amiguito demagogo, contentísimo de lo que crees un triunfo de tanto compromiso vociferado por grupos, manifiestos y congresos, y aprobado por mayorías que reemplazan el talento por el número); irse a la montaña sin ser precisamente Zaratustra, a corregir unas pruebas de galera poco importantes, un librito generoso y atorrante como un buen tango, y decirse que a lo mejor no está mal contar lo que pasa, cómo el solitario de los años cincuenta comprende cada día mejor que escribir o corregir lo escrito no es solamente viajar de adentro para fuera sino que las afueras están ahí, como lo estaban para morder cada día en la ración de avance del Libro de Manuel, y ahora se siguen dando en la gente que viene a espiar a Fafner porque desde luego Fafner no es todavía un espectáculo frecuente en las provincias francesas, un auto de donde sale un ruido de máquina de escribir y un blues de Jimmy Rushing sin hablar de la puzza de unos canelones que se me quemaron; la gente asomándose, la música barroca o pop o quechua –de todo hay en las ondas francesas, me crea--, los boletín sobre los juegos olímpicos donde Mark Spitz, pibe, para qué te cuento. Cosas así le pasan a cualquiera que trabaja aunque nadie va a pretender que un novelista incorpore a cada párrafo, además de su tema, lo que le está sucediendo a su alrededor; a menos que –y aquí entro yo de nuevo, usted perdone y disculpe—eso que está sucediendo sea también materia y concomitancia del tema, convergencia misteriosa de acontecimientos y resonancias que suceden el tema y lo acompañan como esos perros o esos gatos que a veces se nos apilan en un paseo, nos siguen un rato con aire de gran adhesión y camaradería, para largarnos en cualquier esquina cuando se les acaba el inexplicable motivo por el cuál nos habían adoptado.

El párrafo final, el de los perros y los gatos, muestra esa escritura suelta de Cortázar que tanto nos gusta y que se esparce por todo el texto. Pero hay además unas enseñanzas profundas que me hacen pensar que si uno escribe aunque sea un cuento al año, haría mal en no leer este libro.


viernes, 2 de noviembre de 2012

Día 1941. "Una puerta que nunca encontré", de Thomas Wolfe






 Thomas Wolfe, Una puerta que nunca encontré. Periférica; primera edición, marzo de 2012. Traducción de Juan Sebastián Cárdenas. 101 páginas. Publicado por primera vez en dos números del Scribner's Magazine correspondientes a 1933 y 1934. Posteriormente pasó a formar parte de Del tiempo y el río

RECOMENDACIÓN DE LECTURA
Es un placer incluir dos libros, este y
El niño perdido¸ como de lectura obligatoria
para todo el que tenga una cultura “terciaria”,
algo menos que “mediana”, de la literatura. el
sentido y el placer que proporcionan los
convierten en “lectura casi obligada.

Prolegómeno prescindible

El nombre de Thomas Wolfe resuena siempre en frases de William Faulkner, que lo consideró un maestro, a pesar de que la primera novela de Wolfe fue publicada en 1929, cuando el otro había publicado ya cuatro, entre ellas El ruido y la furia. Fue el año en que Wolfe publicó su primera, El ángel que nos mira. La leí  cuando la publicó Bruguera, hace muchísimos años, y desde entonces los escritos de Wolfe han formado parte importante de la herencia que he recibido.
Dice Faulkner, y lo avisa la contracubierta, que esta pequeña novela, publicada en 1933, es en realidad la continuación de otra que Wolfe publico en 1937, El niño perdido. Y es cierto, porque el narrador es el mismo, pero en la de 1937 era un niño que vivía con su padre y recordaba a su hermano muerto, mientras que en la de 1933 también el padre ha muerto. No solo eso, los temas de la estructura son mucho más claros y ordenados, están “mejor escritos”, en El niño que en Esta puerta. Con lo que no estoy diciendo que el libro al que hoy me refiero no merezca la más atenta y feliz de las lecturas. Es una pequeña obra maestra que fue seguida, cuatro años después, por otra pequeña obra maestra todavía mejor.
Aunque Faulkner lo reconozca como maestro, y sea su lector fervoroso, aquí es Wolfe el que “usa” la misma estructura que Faulkner en su El ruido y la furia: cuatro partes que llevan por título una fecha no secuencial. Desconozco si esta estructura había sido usada antes por otros, pero es eficaz para contar lo incontable: y si no pretendes contar lo incontable, ¿para qué escribes? Lo que sí sé, como sabe todo el mundo, es que el título procede de un monólogo del quinto acto de Macbeth: “Es un cuento relatado por un idiota, lleno de sonido y furia, sin ningún significado”. Siempre, en privado, he discutido esa traducción, aunque reconozco la “sonoridad” y me pliego al peso de la tradición.
Lo que me importa aquí es que Wolfe homenajea otra vez a Faulkner, en la página 35 de esta edición, cuando dice “una torre de marfil lejos de la furia y el ruido de este mundo”. No me gusta meterme con mis compañeros traductores, porque sé en qué condiciones trabajan. Sé perfectamente que los libros producen eco en los libros y que a los escritores les gusta meter frases de otro escritor, para ver quién lo descubre, y que haría falta una cultura enciclopédica, que no se le puede pedir a un  traductor, para descubrirlo. Pero “el ruido y la furia” es ya una frase hecha lo bastante conocida para no equivocarse en el orden. Quizá esté en otro orden en el original y no debería hacer esta crítica. A cambio, una traducción de 2012 no debería mantener la ortografía que ya en 1998 rechazó la Academia, como el acentuar el adverbio “solo”. No me parece mal, aunque me chocó al principio, el uso del hispanismo “errancia” que, significa algo más que “vagabundeo”, pues incluye un viaje espiritual. Soy de los que creen que va siendo hora de que nos traigamos hermosos y precisos términos de Latinoamérica. He de decir, a pesar de las “pegas” que he citado, y algunas otras que callo, que la traducción se deja leer sin los sobresaltos frecuentes a los que los editores nos tienen ya acostumbrados.

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El libro

Está dividido en cuatro partes, identificadas con número romano y fechas:

p. 11, Capítulo I: Octubre de 1931
p. 35, Capítulo II: Octubre de 1923
p. 57, Capítulo III, Octubre de 1926
p. 85, Capítulo IV, Finales de abril de 1928

Si el libro que escribió cuatro años después trataba de un niño perdido, en dos de los capítulos escribe sobre el hombre en que se convirtió, perdido todavía, el niño que estaba perdido; en el tercero escribe sobre uno de sus viajes, a Inglaterra; y en el cuarto, que significativamente pasa del otoño a abril, se plantea una posible solución o encuentro al enigma de la vida. Los dos primeros, y en cierta manera el cuarto, tratan de la voracidad ante la vida que acosó al autor: querer abarcarlo todo, vivir más allá del límite. Una de las partes coincide punto por punto de su vida gargantuesca, para la que nada era suficiente si había algo que aprender. Quizá un estilo de vida agotador que le llevó a morir de tuberculosis a los 38 años. Pero hay una parte, la del viaje a Inglaterra, que estructuralmente no “casa” con el libro. Para entendernos: mataría por leer ese capítulo, pero fuera de este libro.

Capítulo I

Planteamiento de su ansiedad ante la Ciudad y el Tiempo: la voracidad del joven que quiere abarcarlo todo, conseguirlo todo, con su estilo casi waltwhitmaniano. El capítulo se planeta como contraste entre un millonario que lo tiene todo y le ha invitado a cenar, a él que no tiene nada y vive en el repugnante agujero del Brooklyn armenio. El millonario, sin embargo, cree que el protagonista, que está solo en su agujero, tiene toda la esperanza y vivacidad. Su estilo es voraz, enumerativo. Un calco de su hambre de vida. Grandioso, pero nunca grandilocuente, porque como lector participas de esa ansiedad.


(pp. 13-14) «Cuando vuelves a la habitación [el salón del millonario] te sientes muy lejos de Brooklyn, que es donde vives, y todo lo que la ciudad te hacía sentir cuando eras niño, antes de que pudieras saber nada al respecto, ahora te resulta no sólo posible sino inminente, a punto de ocurrir.
La grandiosa imagen de la ciudad vive en tu corazón con sus colores fantásticos, tal como ocurría cuando tenías doce años y pensabas en ella. Crees que esa felicidad gloriosa que dan la fortuna, la fama y el triunfo será tuya de un momento a otro, que estás a punto de ocupar tu sitio entre los grandes hombres y las mujeres cariñosas, una vida afortunada y feliz como jamás has visto. Todo eso está allí, esperándote de algún modo, al alcance de la mano, al alcance de una palabra, sólo tienes que pronunciarla. Apenas un muro, una puerta, un paso de distancia, sólo te falta saber dónde se encuentra.
Y de algún modo renace en ti la vieja, indomable y muda esperanza de que finalmente hallarás la puerta por la que debes entrar, que este hombre te dirá dónde encontrarla.»

(p. 14) «Entonces, la vieja perplejidad, la vieja confusión del alma que sentías cada vez que pensabas en el misterio del tiempo y en la ciudad vuelven a ti.»

(p. 32) «Una ventana se cierra. Y otra vez el silencio, la tarde y los sonidos remotos y las voces entrecortadas de Brooklyn; Brooklyn en la informe, incalculable y corrosiva brutalidad de la vida.
Y recuerdas cómo la vieja luz roja se apaga rápidamente en el ladrillo rojo de las viejas casas y hay voces en el aire y la música que viene de no se sabe dónde.
Y recuerdas cómo nos quedamos allí tumbados, átomos ciegos en la oscuridad de nuestros pequeños cuartos, grises y mudos átomos en medio de la hormiguente desolación de la tierra.
Y recuerdas cómo nuestra fama se desvanece, nuestros nombres caen en el olvido, despojados de nuestros poderes como tierra saqueada mientras nos quedamos allí tumbados.
¡Por Dios, nos estamos muriendo todos en la oscuridad!...»


Capítulo II
Es el capítulo más intenso, memorable (digno de recuerdo), el que araña, el que explica por qué, de los 4 capítulos, tres están dedicados a octubre, cuando cree que su proyecto está agotado y regresa a casa, cuando el padre ya había muerto.

(p. 35) «Mi vida, más que la vida de cualquiera que haya conocido, ha transcurrido en medio de la soledad y la errancia. Por qué o cómo llegó a ocurrir es algo que nunca he sabido. Pero así son las cosas.. Desde los quinces años, excepto por un breve intervalo, he vivido una vida tan solitaria como sólo la puede tener un hombre moderno.  Con esto quiero decir que el número de horas, días, meses y años, el tiempo real que he pasado solo, ha sido extraordinariamente inmenso. [...] Amaba la vida con tanto ímpetu que me volví loco por la sed, por el hambre que tenía de vivirla; un hambre tan literal, cruel y física que quise devorar la tierra y a toda la gente que vivía en ella.»

(36-37) «Pero esta furia que me llevó a leer tantos libros no tenía nada que ver con la educación, nada que ver con los honores académicos, nada que ver con el aprendizaje formal. Yo no era, en absoluto, un hombre de la academia y no quería serlo. Sencillamente, quería saberlo todo, y me volví loco cuando descubrí que no podría conseguirlo. En medio de un rapto furioso de lectura en la gigantesca biblioteca la idea de las calles y de la gran ciudad me atravesó el cuerpo como una espada. Ma pareció entonces que cada segundo que pasara entre aquellos libros sería un desperdicio, que en ese mismo momento algo que no tenía precio, algo irrecuperable estaba sucediendo en la calle, y que si lograba llegar a tiempo para verlo, de algún modo obtendría el conocimiento que buscaba; la fuente, el pozo, el manantial del que procedían todos los hombres y las palabras, todas las acciones y todos los planes de este mundo.»

(p. 41) «la gigantesca planta del tiempo, el deseo y la memoria floreció y se alimentó con su tumos canceroso a través de los tejidos de mi vida, hasta que la tierra de la que vengo y la vida que había vivido hasta entonces me parecieron algo tan remoto y perdido como la ciudad sumergida de la Atlántida.
Un buen día, sin embargo, me desperté y pensé en mi casa. Un cerrojo se desatascón en mi memoria y la puerta se abrió. [...]
  Me dije: “¡Debo volver a casa!”. Todos los hombres que han vagado sobre la faz de la tierra dicen estas palabras en algún momento.»

(pp. 43-44) «Había vuelto a casa y no podía creer que mi padre estuviera muerto: a veces creía escuchar en la calle la llamada de su portentosa voz y pensaba en que lo vería caminar hacia mí por la plaza, con su desgarbado paso de trotamundos, o que me toparía con él cada vez que doblara una esquina, o que lo vería correr hasta casa con la lengua fuera y toda su descomunal provisión de comida y carne; llevándonos a todos la seguridad inmortal de su fuerza, su poder y su pasión; llevándonos a todos una vez más el mensaje atronador de su fuego, que hacía tambalear hasta el tubo de la fogosa chimenea con su formidable estruendo; dándonos una vez más el exultante placer de saber que los buenos días, los mágicos días, los tiempos dorados de nuestras vidas volverían de nuevo, y que este mundo fantasmal y de ensueño donde me hallaba daría paso de inmediato a toda la gloria de la tierra sólo si mi padre volvía para revivrlo, para hacernos vivir una vez más. [...] y recordaba mi vida, la casa familiar y el millón de extraños y secretos rostros del tiempo, pensando, sintiendo, pensando: “He vuelto a casa una vez más y mi padre está muerto... y ése era el tiempo... el tiempo... el tiempo... ¿Adónde iré ahora? ¿Qué debo hacer? Pues octubre ha vuelto una vez más, pero algo de la riqueza de la vida tal como la conocíamos se ha desvanecido y estamos perdidos.»

Capítulo III

Tras la intensidad del capítulo II, del que solamente he copiado un mínimo de párrafos ardientes, no se entiende este capítulo. Habla de un viaje a Inglaterra, quizá porque en su vida hizo seis viajes a Europa y, presa como siempre de la ansiedad y la voracidad, se quejaba del tiempo perdido en los trayectos. Fuera de este libro, habría celebrado el texto, sobre todo por la crítica humorística de la comida inglesa.

(p. 74) «La comida tenía muy buen aspecto y era, como el espíritu de la nación, sosa. De qué manera lo conseguían era algo que nunca sabré decir: todo era de primera calidad, pero uno siempre acababa masticando sin ganas, desconsoladamente, tragando con la paciencia tediosa del hombre condenado a una dieta perpetua de espinacas hervidas sin sal. Había una especie de magia negra en el modo en que conseguían elegir las mejores carnes y vegetales para extraer de ellas toda su suculencia y luego servírtelos con magnificencia pero sin sabor; o con  el sabor del heno estofado o de la franela bien cocida.»

(p. 76) «Ahora me parecía que los ingleses habían escrito de un modo tan maravilloso sobre la comida, no porque disfrutaran de ella a todas horas, sino porque era algo tan excepcional que elaboraban grandes fantasías sobre ella.»

Capítulo IV

El único abril (primavera) del libro. El capítulo termina con un discurso soberbio del que, como ya he puesto muchos extractos, pondré un  trocito.

(pp. 97-99) «Todo el saber de sus millones de lenguas se hallaba en aquélla única voz inefable: el conocimiento que un hombre acumula a lo largo de toda una vida de trabajo, rabia y desesperación me hablaba al atardecer y permanecía dentro de mí durante toda la angustia de la noche: “Hijo, ten paciencia y fe, porque la vida es larga y todo este dolor y esta locura que vives ahora pasará pronto. Has caído en la furia, te has llenado de odio y de angustia y de todas las oscuras confusiones del alma. Tu sed y tu hambre eran tan grandes que creíste que podrías tragar la tierra entera, pero es así como les ha ocurrido a todos los hombres, vivos o muertos, durante su juventud.
[...]  Porque no volveremos a marcharnos, no nos marcharemos más, porque nuestra errancia por el mundo ha terminado y nuestra hambre ha quedado saciada.
[...] Pero sabemos que los niños desaparecidos, los ancianos desaparecidos, nuestros padres, nuestros hermanos, los llevados a toda prisa al cementerio para ser rápidamente enterrados, permanecerán aquí cuando este mundo hecho de cemento o de hormigón no sea más que ruinas, Sabemos que el polvo de los amantes enterrados durará más que el polvo de las ciudades.»

(p. 101) «Bajo las pulsaciones del pavimento, bajo los edificios que se estremecen como en un llanto, bajo los restos del tiempo, donde el casco de la bestia se junta con los huesos rotos de las ciudades, algo está creciendo como una flor, siempre brotando de la tierra, siempre inmortal y obstinado, algo que vuelve a la vida una vez más, como abril.»


Quien después de esto no lea estos dos librillos, ya sabe lo que se pierde.





jueves, 25 de octubre de 2012

Día 1942. “El frío”, de Marta Sanz



Marta Sanz, El frío. Caballo de Troya; enero de 2012. Primera edición, 2005, en Mondadori

Una de las grandes felicidades de los libros es cuando encuentras en uno ecos de otro; o de otros. Esta vez, además, se me ha producido casi consecutivamente entre el del día 1943, de Fleur Jaeggy, y este de Marta Sanz. Son dos escrituras claramente de mujer: en el primer caso, de una joven que pasó de los 8 a los 17 años en internados de señoritas y ya no supo salir del mundo de mujeres; en el segundo, el desamor de una mujer tenaz.

Tenía en el de Jaeggy un subrayado que no copié, sobre el lamento por la pérdida de la fuerza mental de los 8 años; vuelvo a encontrar eso en el de Sanz. Cada autora con su estilo, su contexto: pero la misma idea.

Fleur Jaeggy (pp. 18-19)

«La señora Hofstetter me llamó a su despacho. Era ancha como un armario, con traje de chaqueta azul, camisa blanca y un alfiler. Me amenazó. Le dije que era solo un pariente. En realidad: la madre del pariente le había escrito justamente recomendando que estuviesen atentos para que no le viese. Fingí llorar. Ella se conmovió. ¿Adónde había ido a parar toda la fuerza que tenía a los ocho años, la seguridad, el autocontrol? [...] Una mañana, el desayuno era fragante, mojé el pan en la taza. La directora, después de golpearme la mano con que mojaba el pan, me hizo poner de pie. A los ocho años habría agarrado la taza y la habría lanzado sobre la cara de la directora.»

Marta Sanz (p. 69)

«Otra vez tenías razón. Yo era mejor que ahora, nada de fuera podía herirme, criatura depredada, niña de los siete años que hoy me provoca pesadillas porque ya no tengo tanta fuerza. [...] Abajo el cerco protector, la construcción de ficciones. Dijiste “estoy aquí” y yo perdí la capacidad antigua de transmitir desde dentro. Porque quería salir de los sótanos, creyendo que al otro lado estaba la luz, perdí la manera de mirar.»

Aunque recuerdo algunos ejemplos de escritores que se apenan por la pérdida de la fuerza de la infancia, pero no es lo mismo: en los hombres es una pérdida entre ganancias. En la mujer, según estas dos autoras, es una dación de la fuerza.


*****

Esto es lo que dice Wikipedia de Marta Sanz:

Doctora en Literatura Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid, su tesis se trató sobre La poesía española durante la transición (1975-1986). La carrera literaria de Marta Sanz comenzó cuando se matriculó en un taller de escritura de la Escuela de Letras de Madrid y conoció al editor Constantino Bértolo, quien publicó sus primeras novelas en la editorial Debate. Quedó finalista del Premio Nadal en 2006 con otra novela: Susana y los viejos. En su novela La lección de anatomía (RBA, 2008) utilizó su propia biografía como material literario. En la novela negra Black, black, black (Anagrama, 2010) creó el personaje del detective homosexual Arturo Zarco, que recuperó en su novela Un buen detective no se casa jamás (Anagrama, 2012).[]
De su última novela, Un buen detective no se casa jamás, se ha dicho que "...es un libro lúcido y rabioso, extraño y exigente, muy exigente. Toda una experiencia que se atreve a meterse en mil charcos y asumir mil riesgos."[5] Y también que "La novela, que renuncia a ser convencional, se lee con avidez y crecido interés precisamente por la confianza que te da saberte ante alguien que se ha tomado su reto literario con mucha seriedad..."

*****
Esta novela contiene 35 capítulos numerados. Los impares están narrador en primera persona, como una queja larga y razonada a veces, otras veces delirante, no solo por su abandono, sino por cómo se sintió tratada en la relación: ninguneada con su aceptación. Los capítulos pares los narra un autor omnisciente, en tercera persona, y son la historia de Miguel, él, que está en un centro psiquiátrico de internamiento. Un artista del dibujo. La narración en tercera persona cuenta también su relación con Blanca, la enfermera.
Podría parecer que esa queja puede hacerse pesada, pero sucede (quizá por la pausa de los capítulos pares) todo lo contrario: la queja cobra tanta velocidad que la terminé leyendo como si se tratara de un thriller.

(pp. 115-116)
«Parece que todos los hombres hayáis estudiado en el mismo colegio de curas. Sois tan clementes, misericordes, tenéis es camaradería tan vuestra que nos da la espalda, que pocas veces nos deja penetrar en vuestra jerga de niños y lagartijas sin rabo, en esas conversaciones de razón pura y negocios que terminan siendo el reflejo del cromo que se ha cambiado, de las pajas que te has hecho con miedo a quedarte paralítico, de las chicas que se dejaban meter o no mano en el cine.
Y para qué tanto meter la mano donde no debíais si en el fondo estabais deseando ver a Pepe que os llevaba a pescar y os enseñaba los diferentes tipos de anzuelos.
[...]
Parecéis tan estúpidos y en realidad sois tan listos. Hacéis de todas nosotras una logia de misóginas que únicamente piensan en la rivalidad. Nos enzarzáis y nos dejamos. Después permanecéis al margen de la lucha, de la soledad que jamás compartimos con otra mujer.»
(p. 106; capítulo impar, de ella, pero narrado en tercera persona, porque no es una queja de ella, sino de sucesos entre los dos)
«Olvidar que, después de haber ido a verte, relegar los libros propios en el fondo de un armario, probablemente estará encerrada el fin de semana.
Cuando él no está en clase, llega a la casa y duerme y entonces ella no se atreve a tocarle para no despertarle, es tan feliz cuando duerme que no importa que ella tenga el clítoris de punta y una gran necesidad de que la abracen. La muchacha se retira a la sala de una casa con ratones y lámparas de cristal y polvo. Habitaciones donde huele a ceniza y tabaco negro requemado, colilla a medio apagar y sábanas sucias.
Ella recuerda alacenas de madera donde el chico guarda recortes agusanados de jamón para hacer tortillas, habas, cacerolas monstruosas de espagueti que maten el hambre.
El chico le dice muchas veces a ella que no tiene dinero, que no puede salir por las noches, ni ir a verla a su ciudad, que el dinero solo le da para comer los menús universitarios.
Y ella mira detrás de las puertas y encuentra telas nuevas y cajas de colores y aparatos aerográficos y llega a pensar qué extraña y selectiva es la mezquindad.»

(pp. 129-30)
«Siempre has hecho lo que te daba la gana. Te tenías que marchar y te marchabas. Nada nunca te hizo cambiar de idea. Ya estoy harta de tus decisiones. No sé si mi voluntad es más fuerte, pero aun así hoy entras en la parte inconsistente de mi biografía.
Porque nunca más soportaré a un imbécil que se crea que ha sido el primero en descubrir que siempre hay que estar en funcionamiento, viviendo, atravesando países, bebiendo absenta y fumando hachís de importación, bailando por bailar, viendo amaneceres por verlos, aguantando colas para escuchar a hombres que rasgan guitarras o puntean mandolinas, conociendo a personas que te cruzas por la calle, oyendo a predicadores de plaza, discursos de tres duros que se elevan a la categoría de lo eternamente respetable, dándonos besos con gente que hace mimo en los parque públicos, consolando a taberneros llenos de problemas conyugales, deudas, ludopatías, asistiendo a exposiciones llenas de chicas con las uñas marrones y el pelo color vino burdeos que pintan manchas o esculpen úteros que jamás terminarán de llenarse, charlando, oyéndote contar la triste historia de tu madre, abriéndome forzosamente, comiendo conejo, callando cuando todo me parecía absurdo, maquillándome los ojos de morado, subiendo en bicicleta a fiestas de pueblos en la cima de una montaña, de noche, teniendo que creer que todas las flores de la montaña se te habían hecho mariposas.
[...]
Siempre existen preferencias dentro de las excentricidades y a ti te hubiera gustado más bañarte desnudo a la luz de la luna bajo la peligrosa mirada de un policía, que sencillamente bañarte conmigo a la luz de la luna. Pero todo eso me interesa ya una mierda.»

Cierto que no he puesto párrafos de la historia de Miguel, porque esto se habría hecho eterno. También, quizás, porque soy varón y en el fondo Miguel me resulta romántico... aunque me alegra que ella lo ponga a la altura merecida. En los capítulos impares, como en los pares, la riqueza del uso del castellano es un valor añadido.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Día 1943. “Los hermosos años del castigo”, de Fleur Jaeggy


Fleur Jaeggy, Los hermosos años del castigo. Tusquets; enero de 2009. Traducción de Juana Bignozzi. 118 páginas. Título original, I beati anni del castigo; primera edición original, 1989


Este libro es un bombón suizo relleno de amargura, de dureza, frío: la vida apartada de las señoritas de buena familia dejadas en los internados suizos. Un análisis implacable de la vida echada a perder. La protagonista pasó en ellos desde los 8 a los 17 años. La forma de narrar parece hecha exprofeso para este libro. Una lección de cómo se adapta  al estilo a la narración y al espíritu de la protagonista. No hay quejas, solo frías descripciones que ningún lector capacitado debería perderse, con un punto de vista que es glacial, como corresponde al paisaje exterior e interior. Está contado por la protagonista, ya en la madurez, y empieza así, con este ambiente de nieve, naturaleza sola, frío, muerte y manicomio, introduciendo los colegios:

«A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell. El lugar por el que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto. Murió en la nieve. Hay fotografías que muestran sus huellas y la posición del cuerpo en la nieve. Nosotras no conocíamos al escritor. Ni siquiera nuestra profesora de literatura lo conocía. A veces pienso que es hermoso morir así, después de un paseo, dejarse caer en un sepulcro natural, en la nieve de Appenzall, al cabo de casi treinta años de manicomio en Herisau. Es una verdadera lástima que no hubiésemos conocido la existencia de Walser, habríamos recogido una flor para él.»

Dos párrafos resumen a su maman, quien desde Brasil toma todas las decisiones sobre su educación y los cambios de colegio, y a su padre, a quien dedica algún párrafo más, porque es el que la recoge para las vacaciones de Navidad y de verano. Vive solo y melancólico en un hotel, pero el que mejor define la situación es el que he elegido. El de la maman está en las páginas 85-6; el del padre, 80-1.

«Llevábamos entonces una gorra azul con las iniciales del colegio. Estaba en la estación, con el distintivo y la gorra, esperaba el tren del Gotardo, que se detendría durante tres minutos, junto a la marquesina ventosa. Me dieron salida libre, cuidaron de que estuviera impecable, con los zapatos lustrados. Estaba allí, en orden, para verla pasar, transitar, y luego ella tomaría el Andrea Doria y se iría al otro lado del océano, ella, maman

«Para las vacaciones de Pascua volví a casa, al hotel. Unos señores nos invitaron a comer, luego nos mostraron las diapositivas de un viaje con ruinas y paisajes y ellos mismos. Era una anciana pareja, de ejemplar virtud, gente bien, ricos, avaros con discreción, gentiles con discreción, recalcitrantes, sobre todo la mujer, al buen humor, o al buen vivir, si es que existe un buen vivir. La mujer, seca y rígida, con vestidos largos y sin forma, el cabello recogido, miraba mal a la juventud, con su cabeza empequeñecida y los ojos sin color. El marido, por bonhomía o indulgencia, si había que reírse, dejaba surgir de su boca bien dibujada y un poco carnosa una risa profunda y sus ojos se volvían pícaros, como si la risa estuviera unida a una malicia. ... Eran los mejores amigos de mi padre.»

Así, en las pp. 9-10, describe el espíritu de los colegios. Aunque deben portarse con decoro, tienen cierta libertad y ella se despierta a las cinco de la mañana y sube la montaña hasta ver al otro lado el lago Constanza. En cierta manera, es una rebelde respetuosa (segundo extracto, de la p. 12). El paseo matinal es lo que le da vida:

«En Appenzell no se puede dejar de pasear. Si se miran las pequeñas ventanas con franjas blancas y las laboriosas e incandescentes flores en los balcones, se advierte un remanso tropical, una lujuria sofrenada, se tiene la impresión de que dentro sucede algo serenamente tenebroso y un poco enfermizo. Una Arcadia de la enfermedad. Podría parecer que allí dentro hay paz e idilio de muerte, en la pureza. Una exultación de cal y flores. Fuera de las ventanas, el paisaje nos reclama; no es un  espejismo, es un Zwang, se decía en el colegio, una imposición.»

«En aquella época no estudiaba y nunca estudié, porque no tenía ganas; recortaba reproducciones de los expresionistas alemanes y crónicas de delitos. Y las pegaba en un cuaderno. Le di a entender que me interesaba el arte. Y así fue como Frédérique me concedió el honor de dejarse acompañar por los corredores y mientras paseaba.»


Es un mundo de niñas y jóvenes mujeres, cerrado como un sepulcro. Frédérique, que estuvo allí el año que la protagonista tenía 14, la conmueve. Pero la de nombre francés solo vive en y para el mundo de las ideas. Ya fuera del colegio, pasan pequeñas cosas de las que no hablaré. Pondré un extracto más, una reflexión desde la madurez de lo que sentía allí, de niña (pp. 22-3), en ese mundo de mujeres:

«Es curioso que en los colegios donde he estado hubiera penuria de hombres en los alrededores. O viejos o locos o guardias. En Appenzell recuerdo viejos, enclenques, una pastelería y una fuente. Si se quería un poco de mundo, se iba a la pastelería; no había nadie, pero por la calle pasaba un viejo. Durante mucho tiempo creí que las que han estado en colegios, como Frédérique y yo, y un día lo recordaran, podían vivir con nada cuando estuvieran viejas y desilusionadas, Suena la campana, nos levantamos. Vuelve a sonar, dormimos. Nos retiramos a nuestros cuartos, la vida la hemos visto pasar a través de las ventanas, de los libros, de la alternancia de las estaciones, de los paseos. Siempre en un reflejo, un reflejo que parece relegado a los balcones. Y a veces vemos una alta figura marmórea que se recorta delante de nuestros ojos: es Frédérique, que ha pasado por nuestra vida, y tal vez queremos retroceder, pero ya no necesitamos nada. Hemos imaginado el mundo. ¿Qué otra cosa puede imaginarse si no es la propia muerte? El sonido de una campana y todo ha acabado.»

Esta nouvelle, de apenas 120 páginas, un trabajo prodigioso de interiorización de unas vidas, y de creación del estilo apto para representarlas, no lo puedo recomendar salvo a quienes hayan encontrado la recomendación en la lectura de los extractos.



viernes, 12 de octubre de 2012

Día 1944. “Imposturas”, de John Banville


John Banville, Imposturas. Anagrama; 2005. Traducción de Damián Alou. 280 páginas. Título original, Shroud; primera edición original, 2005



Para no tener que spoilear la historia, pero explicar el sentido de esta exploración de conciencia y vida, copio el resumen de la contraportada:

«Alex Vander es un prestigioso filósofo y académico belga que, poco después de la Segunda Guerra Mundial, emigró a Arcadia, que es como él llama a los Estados Unidos, y a la prestigiosa Universidad de California, donde se ha hecho célebre. Un día recibe una carta de una desconocida que le dice que ha estado en Amberes y sabe quién es él. Y Alex Vander, que ha construido toda su obra –o la ha deconstruido– para renegar de la prisión del Yo, comienza a temblar. Porque él no es quien dice ser, y ha pasado toda su vida en el temor y el temblor del descubrimiento, en la impostura. Decide conocer a su corresponsal y para ello acepta una invitación a un congreso en Turín. Se encuentran, y él, que no es él, descubre que ella tampoco es ella. O al menos, que no es la vieja y vengativa académica que había imaginado, sino una extraña joven, Cass Cleave, ferviente lectora de sus libros. Y Vander y Cass comienzan una peculiar relación , ambos absolutamente extranjeros de sí mismos: Vander, apresado por la impostura, la minuciosa construcción de una identidad falsa, y quizá por las ignominias del pasado; Cass, en la trampa de la enfermedad mental, del insoportable amor por su padre.»

De la habitual tralla contraportaderil de críticos-escritores prestigiosos que han hecho críticas del libro, en contra de lo habitual voy a poner dos, por el respeto que siento por ellos, pero sobre todo porque centran en pocas palabras algo que a mí me costaría más y estoy totalmente de acuerdo con lo que dicen, refiriéndose uno al fondo, y el otro al estilo:

«Banville es grande porque desciende al fondo más oscuro de la existencia, se enfrenta a la medusa sin nombre de la abyección y de la tragedia, pero conserva una profunda, indestructible humanidad (Claudio Magris, Corriere della Sera)

Una frase tan devaluada como “maravillosamente bien escritas” recupera todo su valor cuando nos referimos a las novelas de John Banville. Es un maestro, y su prosa es un deleite incesante (Martin Amis)»

*****

He recuperado la crítica del libro que hizo Rodrigo Fresán el 2 de abril de 2005, con el título La belleza del monstruo. Enmarca la novela en la obra de Banville y, sobre todo, como una segunda parte de Eclipse, donde “el actor retirado Alex Cleave invocaba una y otra vez la figura de una hija académica "con problemas": la elusiva figura de Cassandra Cass Cleave”.

Añade después dos frases: “De ahí que, en numerosas oportunidades, se haya dicho que Banville es un escritor difícil o para escritores” y, líneas abajo, añade que “es verdad que Banville no hace concesiones a un lector cómodo”. Dejo aquí a Fresán y me refiero a mi impresión personal de la lectura.

De acuerdo en que no es “cómodo”, pero tampoco es “difícil”. Para leerlo, he tenido que armarme de lápiz y papel. El libro tiene 3 partes y cada una de ellas está subdividida, sin subtítulo algunos, en pequeñas secciones (separación de un espacio de varias líneas) y secciones capitulares (se interrumpe la narración en la página par y recomienza en una impar con un espacio superior de un 25% de página.
La primera parte tiene 17 secciones, de las que 4 son capitulares; la segunda tiene 10 secciones, ninguna capitular; y la tercera tiene 12, dos de ellas capitulares. Sin este pequeño esfuerzo de “marcaje”, a alguien como yo es posible que por fallo de memoria se le escape la “estructura”. Además, y por el mismo motivo, una vez leída cada sección, yo mismo la “titulaba” a lápiz.
No será “cómodo”, pero tampoco requiere un esfuerzo descomunal. La única “dificultad” ha consistido en saber quién “habla” en cada sección, porque no siempre se sabe desde las primeras líneas. También lo he hecho y, con todo lo dicho, la lectura se convierte en un gozo constante. Hay referencias culturales. Cass es Casandra, y Alex se considera a sí mismo una figura arlequinesca; conviene saber quiénes fueron los modelos.
Ahora ya todo es placer: sumergirte en las profundidades de lo humano que en nuestra vida cotidiana nos pasan desapercibidas (la belleza del monstruo de la que hablaba Fresán) y disfrutar de un estilo que, en sí mismo, es una muestra de impostura: resulta deliciosa la sensación de “no saber” siempre el nivel de credibilidad de lo que los personajes te están contando; la sensación de que debes permanecer alerta y de que, mientras lees, no hay otro mundo que el libro que estás leyendo (admirado de la capacidad del autor).

Y desde luego, subrayar enloquecidamente los párrafos que en ese momento te parecen especialmente brillantes, o llaman a puertas oscuras dentro de ti mismo.

Primero copio uno porque es como una clave que da el autor del estilo del libro: «la verosimilitud se halla en los detalles, ésa era la lección que había aprendido sobre las rodillas de un maestro». A continuación copio una pequeña selección de párrafos subrayados, como prueba de todo lo que he dicho.

«Está claro que les intereso. Quizás lo que les llama la atención es que mi aspecto les recuerda la commedia dell’arte: mi mirada tuerta es iracunda, y esa cojera cómica, el bastón y el sombrero ocupando el lugar del garrote y la máscara de Arlequín. No parece importarles que esté loco. Pero tampoco estoy loco de verdad, es solo que soy muy, muy viejo» (p. 11)

«No, no lo haría [huir], no le daría la satisfacción de oír las pisadas y los traspiés de mi pie de barro al huir. Mejor enfrentarme a ella, reírme de las acusaciones... ¡ja! Le mentiría, por supuesto; la mendacidad es mi segunda, no, mi primera naturaleza. Toda la vida he mentido. Mentí para escapar, mentí para ser amado, mentí por conseguir una posición y poder; mentí para mentir. Era una manera de vivir; por algo riman mentir y vivir. Y ahora mis primeros ejercicios en ese arte, mis falsedades de aprendiz, se vuelven contra mí para destruirme.» (p. 17)

«Eché la cabeza hacia atrás sobre el plástico pringoso del asiento y volví a cerrar los ojos. En la oscuridad fluían las preguntas de siempre. ¿Qué sé? Ahora menos que ayer. El tiempo y la edad no me han traído sabiduría, como se supone, sino confusión y una incomprensión cada vez más generalizada, donde cada año se deposita otra capa de nesciencia. ¿Qué sé?» (p. 25)

«Los Estados Unidos, en la pantalla, me habían resultado mucho más familiares que las calles de la ciudad donde nací y viví. Y así, en Nueva York, el Nueva York real, fue como escogí presentarme, como un personaje salido de las películas, con un grueso cigarrillo en los labios y un vaso de bourbon en la mano. E incluso lo acompañaba con el vestuario completo: sombrero flexible marrón, terno ajustado y zapatos de dos colores. Oh, sí, menuda pinta tenía. El intelectual como un tipo duro, esa era la moda de la época. Lo único que me faltaba era una acompañante, una tía buena, disoluta y bebedora, y tan dura como se suponía que yo era. La gente se quedaba de una pieza, sobre todo las chicas, cuando resultó que la mujer que elegí para ser mi chati, mi compañera, fue la dulce, callada e inexpresiva Magdalena.» (p. 47)

«No soy el primero en cantar los placeres de la vida en Londres durante la guerra. No me refiero a esa nueva y cálida sensación de de solidaridad que se supone que todo el mundo experimentaba, ni a mantener la moral ni el fuego del hogar ni todas esas chorradas; no, a lo que me refiero es al libertinaje, voluptuoso y lánguido, con cierto tufillo a azufre, que se nos concedía debido a la posibilidad de una muerte inminente, indiscriminada y violenta. Vivir ahí con Lady Laura y su dinero era como hallarse a bordo de un transatlántico fuera de control e irremediablemente a la deriva, a bordo del cual, son embargo, se observa puntillosamente el indulgente decoro de un crucero de lujo. ¿Qué más daba que en el puente estuviera borracho y que abajo, en las sentinas, la tripulación estuviera jodiendo frenéticamente? A pesar de las bombas y de los rumores de las bombas, a pesar de las estrecheces y las fastidiosas restricciones de la vida cotidiana, revoloteábamos, mi pequeña amante y yo, de bar en bar, de club en club, de fiesta en fiesta, como un par de inconscientes, y no podíamos ser más felices.» (p. 196)

«No sé decir cuándo exactamente me convertí en Alex Vander, quiero decir cuando comencé a pensar en mí como él, y no ya como yo. ... A lo mejor no es posible identificar el momento concreto de la decisión. ¿Acaso, en incontables ocasiones, cada día, no nos introducimos sin esfuerzo en otros yos sin darnos cuenta?» (pp. 197 y 198)

«Algunas cosas, cosas reales, parecen ocurrir no en el mundo, sino en ese espacio vacío que existe entre la realidad y la mente que lo capta; el ojo registra el hecho, pero el entendimiento va rezagado.» (p. 243)

«Los muertos, sin embargo, tienen su voz.» (p. 278)


lunes, 1 de octubre de 2012

Día 1945. “Soldado de poca fortuna”, de Jesús M. Tessier, Jorge M. Reverte y Javier Reverte



Jesús M. Tessier, Jorge M. Reverte y Javier Reverte, Soldado de poca fortuna. RBA; Barcelona, junio de 2011.

Recomendación de lectura:
Un libro raro y extraordinario
que todos deberíamos leer





Aunque no lo parezca, Jesús es el padre de Jorge y Javier. Padre e hijos comparten la señal de borrar el rastro del apellido paterno, dejando la inicial en los dos primeros casos y eliminándola en el tercero. Es raro cómo me llegó el libro: Jorge es vecino de barrio y a veces nos encontramos tomando el vermú o vino; tuve que confesarle que en épocas prehistóricas leí uno de sus Gálvez, pero que no había leído ninguno de sus libros de fondo, porque son de la Guerra Civil y no leo ni veo películas de esas época, porque me ponen de mala leche. Hace tres meses me trae el libro y me dice “Este lo vas a leer”. Lo empecé con aprensión y a las pocas páginas me encontré con un relato vital de un joven que no cargaba las tintas. Prácticamente, un libro de aventuras. Las de un joven de ideas nacionales que le pilla la guerra en Madrid y lo destinan a la Brigada de Choque de El Campesino. Y, como cuenta, se pasó la primera mitad de la guerra “chocando”, hasta que lo pasaron a Comunicaciones, “donde también morían, pero morían menos”. En cualquier otro país, por el tono de aventuras se habría convertido en un bestseller. En nuestro país, seguimos amargados los de uno y otro lado; y los que no, han preferido olvidar, o desconocer totalmente, lo que pasó.


A pesar de sus ideas, pocos soldados tan leales y valientes debió tener la República. Al fin y al cabo, las bombas, disparos y ametrallamientos de los ideológicamente suyos caían sobre él y sobre aquellos con los que compartía la vida. Terminada la guerra, cuando había vuelto al periodismo y la corbatas de seda, fue declarado “desafecto” (por razones largas de explicar) y después purgó su desafección yendo a Rusia con la División Azul y muy pocas ganas de ir.

El libro lo escribió, ya muy mayor, a petición de su hijo Jorge, porque nunca había contado nada de la Guerra. Lo dice en el primer párrafo:

«Jorge, el tercero de mis vástagos, que es un verdadero plomo, me viene pidiendo con insistencia infinita que le haga un relato de mis vivencias de la Guerra Civil, y yo, que cuando eran pequeños no les conté a mis hijos ninguna de mis batallitas, me veo hoy, 20 de marzo de 1993, sentado ante una Olivetti Linea 98 para intentar complacerlo. No trataré, pues, de aquí en adelante, de hacer la historia de aquellos años, ni de las razones que los dirigentes de ambos bandos tuvieron para hacer unas cosas u otras; no voy a desentrañar las causas de los acontecimientos. Voy, sencillamente, a contar lo que me pasó. No esperes, por tanto, Jorge, más que la exposición de unas vivencias de un muchacho de veinte años, educado en el seno  de una familia humildísima y a quien la suerte empujó al centro de una vorágine de las enormes dimensiones que tuvo la Guerra Civil española.»

Y a este primer párrafo le sigue una narración extraordinaria de alguien que seguía creyendo en los suyos pero veía lo que veía, que conoció las condiciones más duras sin que en ningún momento se queje de su perra suerte más de lo que pudieron quejarse todos y cada uno de los que vivieron aquello en ambos bandos. Sin moralinas. Añadamos que fue una buena persona, de lo que dará fe algunos de los extractos que voy a poner de él y de la continuación del libro.

Porque este libro es extraordinario porque contiene una segunda y una tercera parte escritas por sus hijos Jorge y Javier; y hasta una cuarta, publicada en El País, sobre un encuentro de estos hijos con los de un compañero, cuyo contacto se había dificultado por la pérdida del apellido real.

El libro tiene, pues, cuatro partes. La más larga, escrita por Jesús; un addendum, titulado Noticia de la guerra, de Jorge M. Reverte, otra, titulado Un elegante superviviente, de Javier Reverte, y Padres e hijos, de Xavier Moret.

No voy a contar la historia, que espero que algunos leáis algún día, sino que pondré algunos, poquísimos, extractos clarificadores de quién fue Jesús. M. Tessier. La parte de la desdicha, la desventura y la aventura de un joven lleno de vitalidad y buen humor, hay que leerla entera.

I, Soldado de poca fortuna

«Y aunque mi corazón y mi cerebro estaban en las filas nacionales, mis piernas, mi estómago, mis huesos y mis entrañas estaban en las filas rojas. Y esta sensación de alegría por las victorias de los de enfrente y de pena por las nuestras es indescriptible, horrorosas. Porque no te alegras por la muerte o las heridas de tus compañeros de trinchera; pero tampoco celebras las bajas que pueda sufrir el de la trinchera de enfrente. Y de ahí sale un rencor por los que tú crees culpables de esta tremenda situación que no pasa ni con el transcurso del tiempo.»

Sobre los 80.000 muertos de la Batalla del Ebro escribe (el hombre que “chocó” con las fuerzas de El Campesino, arregló en campo abierto los cables de comunicación destrozados por los proyectiles, vivió la Batalla del Ebro y, finalmente, pagó por ello yendo a Rusia con la División Azul):

«Yo me resisto a considerar a esos ochenta mil hombres como meros guarismos, contados como granos de arroz en una paella. En mis largas noches de insomnio, los he visto desfilar, todos juntos, nacionales y rojos, rotos, verdes, con las miradas fijas en no sé dónde, reptando los destrozados, a paso lento todos, silentes, con las heridas ya secas de sangre y, no me avergüenzo diciéndolo, he llorado muchas veces por ellos, por todos, por lo que sufrieron y por lo que han dejado de vivir, por las madres y las novias, por los hermanos y los padres de los rojos y de los azules. De todos cuantos formaban en la lenta procesión  de los muertos. A pesar de los sesenta años transcurridos, a pesar de la enorme capacidad de olvido que tenemos los humanos.»

En una parte del libro cita a un intelectual que escribió “La guerra no la ganó Franco, sino que la perdió Stalin”, añadiendo que comparte plenamente la idea. También yo la comparto (de ahí la mala leche que me produce leer sobre ese período). Sus bestias negras son los comunistas. Yo no me meto con los compañeros comunistas que creían de buena fe en una liberación de la clase trabajadora, pero sí con Stalin, un asesino de masas brutal, que traicionó a la clase trabajadora del mundo con su tesis sobre el socialismo en un solo país, privándola de la mejor herramienta: el internacionalismo. Stalin metió a sus hombres en la guerra para tener controlado el país “cuando la guerra se ganara”. Mil veces se enfurece Jesús con los comisarios políticos, que no tenían ni idea de lo militar. Pero, como contrapartida, dedica los mismos improperios a los “enchufados” del otro lado, como Serrano Súñer y Dionisio Ridruejo.

En un libro tan duro por el tema, no falta el tratamiento humorístico, como los uniformes que les hacían las mujeres antifascitas, que picaban como mil demonios. Y la versión segunda, para la Batalla del Ebro, que seguían picando pero además llevaban 6 botones dorados que permitían al enemigo hacer puntería fácilmente. En una ocasión, se encontró un italiano muerto en un granero y se puso su estupendo uniforme, hasta que lo vio El Campesino, le amagó un golpe en broma al estómago y le preguntó: “¿Qué haces tú vestido de italiano?”.

Dice mucho de él cómo conoció a su gran amigo en la orilla del Mediterráneo, donde había ido a parar y descansar cuando la buena suerte le metió cuatro trocitos de metralla en el cuerpo. Empezaron a caer bombas y todos se echaron al suelo menos Jesús y el que sería su amigo. Uno le preguntó al otro, “¿Por qué no te has echado?”; y el otro le respondió: “Por la misma razón que tú”. La amistad duró toda la vida y el amigo catalán puso a su disposición un apartamento en Blanes para que pasara las vacaciones todos los veranos.

El libro de Tessier tiene ocho capítulos, todos contando la dureza y, al mismo tiempo, muchas de las veces con un buen humor desbordante (no quiero spoilear). Al principio llenos de datos y precisiones; los del final, afectados por la edad y una enfermedad. Estos son los títulos:

1. El personaje
2. Una mañana de julio
3. En primera línea
4. Frente de Teruel
5. La madre de las batallas
6. Camino de Montjuic
7. Gott mit uns
8. La Guerra Mundial

Al final del 8, todo se acelera. Finaliza una subsección titulada RELEVO con el párrafo corto que transcribo y añade una brevísima despedida.

«Lo único que recuerdo de mi fobia a la nieve y el hielo es que a mi vuelta del Vóljov estuve varios años bebiendo whyski solo, sin hielo. En cuanto a las marchas, me dejaron la poca afición por los paseos que aún perdura, como protesta física por los mil kilómetros a pie.

ADIOS
Pero no sé si voy a poder seguir con el relato. Estoy muy cansado y me siento incapaz de hilar las historia.
Adiós, Jorge. Cumplido mi encargo.»

***

Sé, porque Jorge me lo ha contado, que durante cinco años no fue capaz de leer esta historia. Luego hicieron los añadidos que aumentan lo extraordinario del libro. La visión del padre de cada uno de los hijos escritores.


Noticias de la guerra, por Jorge M. Reverte

Es una tierna y cálida historia de un niño del bando nacional, que sabe que su padre fue un “héroe de Rusia”, pero desconoce que luchó en el bando republicano y no entiende que su padre, como su tío, no le enseñe las medallas conseguidas. Unos párrafos resumen muy bien la situación. Hijo de periodista, con nueve años lee todos los días de cabo a rabo Arriba y la sección de sucesos sangrientos del ABC.

«Hay días en los que me leo el periódico de cabo a rabo. Y uno de esos días me topo con el asunto de Gibraltar, que yo sé que es una roca amada por todo español, como asegura la canción. Me aplico a ello, y me indigno como el columnista por lo que ha sucedido. Si España hubiera entrado en guerra junto con Hitler, podría haber cambiado el rumbo de la contienda mundial, y Gibraltar sería español.
Desde luego, se lo comento a mi padre cuando vuelve a casa, muy tarde. Él asiente con gravedad: lo de Gibraltar es humillante, pero me dice que no sabe si habríamos ganado la guerra, y que habríamos tenido muchos muertos. Arrastrado por el espíritu patriótico que el articulista me ha metido en el cuerpo, le digo que sí, pero que habría sido por la patria.
Mi padre me abraza con ternura, me sube sobre sus rodillas, pese a mis años, y me dice entre risas incontenidas que él ya ha muerto mucho por la patria, que con ese muerto en la familia basta.
Puede en mí la tibia sensación de sus brazos sobre la humillación de mi incipiente pero arrollador patriotismo guerrero, y la ligera decepción que la actitud tan poco ejemplar me provoca.»


Un elegante superviviente, por Javier Reverte

A diferencia de Jorge, que cuenta la historia desde su infancia, Javier lo hace desde el momento en que está escribiendo. Recuerda al padre enigmático, melancólico y, sin embargo, la persona más alegre que ha conocido, junto con su madre, Josefina. Se amaron la mitad de su vida y dejaron de hacerlo, durante la mayor parte de la vida de Javier. Pero juntos o separados, les agradece a ambos que “nos hicieron a todos los hijos gente alegre”. Se centra en el atractivo de su padre Jesús, en su elegancia. Es muy interesante el análisis que hace de los “falangistas camuflados”, a los que detecta inmediatamente porque los conoció durante dos décadas. Pero elijo un párrafo que me hizo reír especialmente. Conforme los hijos van creciendo, la casa del padre se vallenando, sin que él lo impida, de pósters del Che Guevara y Ho Chi Min.

 «Todos los hijos le salimos de izquierda. Y él se lo tomó con humor, porque no creía ni en la izquierda ni en la derecha. En las primeras elecciones democráticas de 1977, votó una lista de extrema izquierda, porque Jorge formaba parte de la lista como candidato imposible. En las segundas, votó al Partido Comunista, porque yo era miembro del partido y, según me dijo: “Ahora te toca a ti”. Eso nos dijo, al menos. Después votó a Miguel Roca y debió ser el único voto que Roca sacó en Madrid. Mi padre, que era honradamente castellano, sin embargo admiraba a Cataluña más que a ninguna otra región de España. Quizá porque el mejor amigo que tuvo en su vida, junto al que combatió en el Quinto Regimiento de El Campesino, era catalán. Se llamaba Vaqué y, tras la guerra, puso en marcha la fábrica de plumas Inoxcrom y se hizo millonario. Todos los veranos, Vaqué le dejaba a mi padre una casa en Blanes, al lado del mar, y allí veranearon todos mis hermanos –yo ya no estaba en su casa—y luego él solo con su novia, con la que se casó poco después de morir mi madre. Mis hermanos y yo, nacidos todos en Madrid, compartimos el mismo cariño y admiración hacia Cataluña que él profesaba.»

domingo, 23 de septiembre de 2012

Día 1946. Montero Glez y “Pistola y cuchillo”



Montero Glez cuando Sed de champán

Montero GlezPistola y cuchillo. El Aleph Editores, del Taller de Mario Muchnik; Barcelona, febrero de 2011 (la primera edición es de noviembre de 2010.

Recomendación de lectura:
gran literatura;
el jondismo de un gran y vivo artista.

Montero Glez es un hombre decente. Me explico: nada tan peligroso como un adjetivo innecesario o situado en un contexto erróneo. Si hubiera dicho que M.G. es “un escritor decente”, todo el mundo lo entendería como “pasable”, “que se puede leer”. Pero un hombre decente es el que juega con la verdad incluso cuando es mentira: y si resulta que es escritor, en lo que escribe pone esa verdad, aún cuando es mentira, y se la juega.
Fue terminar Pistola y cuchillo, que he leído dos años tarde (siempre le leo tarde) y releerme como un poseso la primera, Sed de champán. Todavía recuerdo la sensación de haber encontrado oro en cuanto terminé la primera frase de este su primer libro: «El Charolito solo se fiaba de su polla. Era lo único en el mundo que jamás le daría por el culo». Y a partir de ahí, pico y pala; y a acarrear mineral precioso.

Vuelvo a lo de hombre-escritor decente: son pocos los escritores españoles que transmiten la lengua de esos parias o reyes de la noche oscura. Esto significa ya que tiene una voz aparte; y su sitio en lo que se escribe en España. Mi querido Pijoaparte de Marsé se queda en su justa y grande medida. Pero el Charolito es un gigante. Montero nos deja ver lo que no podemos (ni debemos) ver: por eso la recomiendo, aunque no sea la lectura del día.


Montero Glez, en foto de Miguel Núñez, cuando Pistola y cuchillo

Pistola y cuchillo es una ficción sobre José Monje, Camarón, que entrega algo más que una biografía (ya anuncia él que las ha acuchillado todo lo que ha podido). Tras leerla, con un José Monje que apenas habla (pero repite varias de sus escasas frases, como repetía su padre los golpes en la fragua, y de ahí se le metió el ritmillo), pero que piensa en voz alta cuando quiere, Montero Glez nos ofrece un atajo directo al personaje. En realidad, es una inmersión moralmente autorizada en el mundo jondo.

Montero deja para el capítulo 10, el último, explicar y explicarse; así que no lo voy a estropear yo. Seguro que el que lo empiece llega por sí solo hasta la página 120 del librito (que son como 240, porque terminar y empezar de nuevo es todo uno).

Ni cuento de qué va lo que sucede en esa única noche, con desvíos al pasado y al futuro, pero copio algunas de las frases subrayadas. Ese lenguaje, la jondura de la vida, no es pan de cada día. Digamos que se repite mucho cómo empezaba los conciertos: “Primero voy a cantar un poco por alegrías y luego por to lo que ustedes quieran".


«Mirado con el tiempo de por medio, lo que el cantaor buscaba era llevar una vida que ninguna ley prohíbe, lo que pasa es que no está del todo permitida, siendo en una de esas corrientes donde se encontraría de nuevo con el Viejales. Si en un principio, cuando era niño, el cantaor le fue al Viejales con la guitarra rota, ahora que acababa de romper con su guitarrista, el cantaor le venía con el mismo cuento, pero contado de forma diferente. Bien sabía José que la invención no es otra cosa que un modo alterno de decir la verdad.» (pp. 15-16)

«Pero aquella noche José no parecía dispuesto a ceder sitio al recuerdo. Había que entenderlo. Iba y venía, se dejaba caminar sin rumbo como dicen que hacía ese otro cantaor antiguo, apodado el Mellizo por ser mellizo de su padre del que también heredó el oficio de matarife gaditano. El tal Mellizo cuando se ponía lunático se dejaba llevar hasta donde el mar se confunde con arena y ahí que iba a cantarle al esqueleto de algún barco. Otras veces se perdía por la muralla a cantarle al agua o le entraba la inspiración y se iba hasta la tapia del loquero a cantar a los encerrados. Cuando se ponía así, ya le podías dar tú al Mellizo todos los dineros del mundo que no te cantaba. Para qué, si prefería perderse, irse a caminar él solo a cantarles a los locos o al agua.
En eso se le parecía José, pues cuando a José le tocaba cantar en los Madriles, llegaba hasta los poblados de los desmontes cabileños, donde rebuscaba lo jondo entre atisbos de miseria pura y se ponía a rumiar goloso el dolor, de espaldas a la vía del tren y a la autopista, junto a las hogueras de neumáticos en llamas y niños en bicicleta cubiertos de roña bíblica. Reservas de mugre y olvido hasta donde José llegaba a curar esa nostalgia cósmica que no podía compartir con nadie por no ser peso y sí medida: la de todas las cosas.» (pp. 26-27)


«Tenía esas salidas, esa gracia personal que le permitía saltarse la ley de la gravedad a la torera. Al fin y al cabo, la verdad no era más que una mentira puesta en su boca y José mentía con la habilidad del que conoce a fondo el alma del embuste. Mejor así, pensé entonces, mejor la broma que empezar con la retahíla» (p- 28)


Y ya solo añadir que desde la página 79 a la 93, Camarón se enreda a contar un sueño que ha tenido en un viaje estrambótico que ha tenido en la furgoneta del Viejales, para llegar a la Venta Vargas, donde se “produce” esa noche. Él había cantado el poema de Lorca, “El sueño va sobre el tiempo / flotando como un velero / flotando como un velero”, y en ese sueño de una hora, a meses de morirse, lo entiende. 15 páginas para recordar.