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[Once meses sin aportar nada es demasiada vaguería. Quizá lo dejé porque lo que leo no suele estar en las mesas de novedades. ¿Qué importa?, me he dicho esta mañana. Esto es algo íntimo. Todo lo más, para curiosos].

domingo, 11 de noviembre de 2012

Día 1940. "Corrección de pruebas en Alta Provenza", de Julio Cortázar





Julio Cortázar, Corrección de pruebas en Alta Provenza. R.M Verlag; primera edición, abril de 2012. Introducción de Juan Villoro. 46 páginas.


En el verano de 1972, Julio Cortázar recibió en su casa de Saignon las galeradas de pruebas de el Libro de Manuel, metió vino, provisiones y la máquina de escribir en su furgoneta Volkswagen, que llevaba la “F” de Francia y para él se convirtió en Fafner, el dragón wagneriano, y se perdió en la naturaleza y la soledad de la Alta Provenza para enfrentarse a esa corrección, reflexionar sobre el libro y anotar en un cuaderno los sucesos y reflexiones. La furgoneta y el paisaje son los de la foto. El cuaderno se convirtió en este libro.
El libro cuyas pruebas iba a corregir era difícil, tanto por la experimentación como por la intencionalidad política. Ya se encarga Juan Villoro en la introducción de considerar que este cuaderno de reflexiones es el “libro bueno”, mientras que el Libro de Manuel es el “libro fracasado”, quizá por introducir las “contingencias políticas”.
No puedo estar de acuerdo con Villoro, porque muchos libros de la historia de la literatura han tratado de contingencias políticas y los autores se descantado claramente por un bando, como hace Cortázar aquí. Tampoco estoy de acuerdo con el riesgo de la experimentación, consistente en puntuar el libro con facsímiles de noticias periodísticas que se produjeron mientras escribía el libro original. Los collages han formado parte de las vanguardias, hasta el punto de que puedo escribir la palabra sin ponerla en cursiva, incumpliendo quizá la norma de la RAE, pero siendo entendido por todos.
El Libro de Manuel fue dado de lado, con razón, por los cortazarianos estrictos, que gozaban de su tipo de escritura sobre todo en los cuentos y, como mucho, por los jóvenes que usamos Rayuela como libro de cabecera (creo que Villoro dice de “autoayuda”). Luego, desapareció. Pero muchos que vivíamos las mismas inquietudes que llevaron a Cortázar a introducir a hierro la política en su literatura, recibimos este libro como un regalo personal y disfrutamos de él.
Fueron tiempos en los que violencia formaba parte de nuestra vida, casi siempre como víctimas, y colapsaba la relaciones sociales. Los años que los italianos describieron como los años de plomo. Pasaron; el poder pudo con todos los movimientos, les puso el marchamo de “terroristas” y el silencio lo cubrió lo que quedaba. El olvido de esa época fue forzoso y el Libro de Manuel se convirtió en una impertinencia burguesa. El propio Cortázar expresa sus dudas fundamentadas sobre el libro que corrige. Pero los que vivimos esa violencia como algo cercano, esperamos que el libro recupere la capacidad de “dar cuenta” de algo que formó parte de la vida de muchos europeos y americanos del sur, del centro y del norte. Algo que suele ser incomprendido por los jóvenes de después (que alguno ya no lo son tanto). La realidad puede girar, como dice Villoro, pero son los escritores los que ponen sobre la mesa los tuétanos de la Historia.
Pero aquí hablamos de Corrección de pruebas en Alta Provenza y tengo que estar de acuerdo con Villoro en que es un libro inmenso y fundamental.

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Cuatro extractos de la Introducción de Juan Villoro

 (pp. 6-7) «El Libro de Manuel llevó a Cortázar a un desafío del que nunca estuvo muy seguro: comentar las noticiosas urgencias del presente desde la ficción. Corrección de pruebas es la bitácora en la que revisa un texto que corre el peligro de envejecer con los giros de la realidad.
Todo comentario político está sujeto a las contingencias que lo explican. Cortázar acepta con franqueza la posibilidad de que la rebeldía armada que reivindica el Libro de Manuel pierda el significado que tiene en días en que parece no haber otro remedio.
Viaja por las fragantes colinas de Provenza, pensando el modo en que esa aventura hecha de papel y tinta se relaciona con su tiempo. Cada quince minutos, la radio le trae noticias que conforman sus intuiciones sobre la violencia: Las Olimpiadas de Múnich son asaltadas por el terrorismo y un grupo de militantes montoneros es asesinado en Trelew, Argentina. Con amarga certeza, el novelista comprueba que, luego de dos años de escritura, su libro no ha perdido actualidad.»

(p. 9) «En Corrección de pruebas, el propio Cortázar entra en tensión con la novela que acaba de terminar. Aunque defiende su vigencia y la necesidad de publicarla, crea un seductor entramado de dudas que expresan la siempre vacilante relación del autor con su público.»

(p. 12) «En otra carta a su amigo Jonquières, escribió Cortázar: “Las obras impuras, pero cargadas de esa tremenda fuerza que tiene la impureza, fascinan más que las ‘regulares’”. Corrección de pruebas pertenece a ese género impar. Como Eladio Linazero, protagonista de El pozo, o como Antonio López en El sol del membrillo, Cortázar cuestiona un texto que se le resiste. No lo rechaza ni abjura de él, pero siente la necesidad de compensarlo con otro texto, más audaz y libre, donde boxea con su propia sombra.»

(pp. 14-15) «En el verano de 1972, Julio Cortázar llevó una singular bitácora de abordo. El saldo de su travesía fue una breve obra maestra. La meta más significativa no iba a ser el libro corregido, sino las reflexiones laterales, el taller secreto que lo sustentaba, el modo de vida que permite una lectura singular.»


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Extractos del pequeño volumen de Cortázar

(pp. 23-24, tras pasar miedo por la lluvia y la crecida del río junto al que está aparcado) «No soy más oquista que otros, si me burlo de mí mismo es porque también esto es Manuel, una manera de reconocer decentemente lo que no siempre se reconoce a la hora de enrostrarles a los demás sus prescindencias y sus cobardías sin primero haber comprobado que no se tiene la viga en el propio. Por lo demás esa noche había trabajado duro en mi burbuja Fafner desamparada en el diluvio, y una cosa estaba clara, la tremenda confusión del principio del libro, esa imposibilidad que tengo de armar una novela hasta que ella lo decida, y a veces le cuesta. Sé que es una imposibilidad, pero conozco también sus causas profundas, la negación de lo literario como proyecto  humanista, arquitectónico, la necesidad de una apertura previa, esa libertad que reclama todo lo que voy a hacer y, para eso, ninguna idea clara, ningún esquema formal: ser intercesor o médium, dejar que un chileno aparezca como si fuera a convertirse en un personaje estable del elenco y verlo desaparecer (más bien no verlo, descubrir en algún momento que ya no está ahí, que abrió la puerta y se mandó mudar), a la vez que algún otro va metiendo los codos para instalarse, como Óscar por ejemplo.»

(pp. 26-27) «En fin, ya que me acuerdo de ese viraje al empezar Manuel, pienso también que tuve miedo y me interrogué en ese nivel que toca una ética, una conducta. Entonces qué, les vas a dar un plato cocinado, vas a escribir para lectores previstos, vas a caer en la trampa de la “realidad” contra la que no hace mucho te levantaste como polenta descuidada. Tuve que luchar contra una sospecha de facilidad (la peor que jamás podría tener en mí mismo), hasta que el mero escribir, seguir adelante, me fue dando razón y paz. Vi bien claro que Manuel vendría en argentino, en mi argentino que estará pasado de moda pero que todavía sirve para jugarse el pellejo cuando llega la ocasión, y que su lectura no reclamaría ningún código, ninguna grilla, ninguna semiótica especial; pero a la vez y entonces, dentro de ese ómnibus lingüístico accesible a cualquier pasajero de cualquier esquina, entonces sí apretar el fierro y acelerar a fondo, entonces sí hablar de tanta cosa que habría que vivir de otra manera (no forzosamente la de Manuel, que es una de las muchas posibles), buscando arrimos y tanteos, asomos a una visión más abierta dentro de la perspectiva revolucionaria, sin pretención  de definir a un hombre nuevo del que tan poco se sabe, dejando apenas caer algunos sueños, algunas esperanzas en su camino futuro.»

(pp. 28-29) «En dos palabras (mentira, ya van tres): se me da que ningún escritor de veras puede ya montar un sistema propio y agazaparse en él. Se acabó el escritor araña, el escritor cangrejo ermitaño, el señor que frente al caos exterior reivindica un humanismo decimonónico, loable en su tiempo, pero pulverizado por los detergentes del vigésimo. Entonces, descubrir en diafragma propio que los nobles reductos huelen cada vez más a rancio, y que eso al fin y al cabo no es una catástrofe ni una derogación, comprender que escribir es hoy otra cosa que arrancar desde una especie de estatuto del intelectual, y que a la vez exige ser más escritor que nunca (porque aquí te veo venir, amiguito demagogo, contentísimo de lo que crees un triunfo de tanto compromiso vociferado por grupos, manifiestos y congresos, y aprobado por mayorías que reemplazan el talento por el número); irse a la montaña sin ser precisamente Zaratustra, a corregir unas pruebas de galera poco importantes, un librito generoso y atorrante como un buen tango, y decirse que a lo mejor no está mal contar lo que pasa, cómo el solitario de los años cincuenta comprende cada día mejor que escribir o corregir lo escrito no es solamente viajar de adentro para fuera sino que las afueras están ahí, como lo estaban para morder cada día en la ración de avance del Libro de Manuel, y ahora se siguen dando en la gente que viene a espiar a Fafner porque desde luego Fafner no es todavía un espectáculo frecuente en las provincias francesas, un auto de donde sale un ruido de máquina de escribir y un blues de Jimmy Rushing sin hablar de la puzza de unos canelones que se me quemaron; la gente asomándose, la música barroca o pop o quechua –de todo hay en las ondas francesas, me crea--, los boletín sobre los juegos olímpicos donde Mark Spitz, pibe, para qué te cuento. Cosas así le pasan a cualquiera que trabaja aunque nadie va a pretender que un novelista incorpore a cada párrafo, además de su tema, lo que le está sucediendo a su alrededor; a menos que –y aquí entro yo de nuevo, usted perdone y disculpe—eso que está sucediendo sea también materia y concomitancia del tema, convergencia misteriosa de acontecimientos y resonancias que suceden el tema y lo acompañan como esos perros o esos gatos que a veces se nos apilan en un paseo, nos siguen un rato con aire de gran adhesión y camaradería, para largarnos en cualquier esquina cuando se les acaba el inexplicable motivo por el cuál nos habían adoptado.

El párrafo final, el de los perros y los gatos, muestra esa escritura suelta de Cortázar que tanto nos gusta y que se esparce por todo el texto. Pero hay además unas enseñanzas profundas que me hacen pensar que si uno escribe aunque sea un cuento al año, haría mal en no leer este libro.


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